jueves, 28 de mayo de 2026

Topaz (1969)


El vicio de espiar (de Hitchcock)


Por Antonio Pardines 


Aunque generalmente no se nombre entre sus grandes obras, Topaz (1969) es un ejercicio narrativo cinematográfico de primer orden en el que Alfred Hitchcock, a partir del guion escrito por Samuel Taylor —basándose en la novela del hacedor de superventas Leon Uris— despliega su talento para llevar la situación a donde quiere. Tras más de cuatro décadas generando tensión, desplegando sus obsesiones sobre la pantalla y jugando con la ilusión-percepción del público, Hitchcock sabe qué se trae entre manos y cómo manejarlo. El mundo del espionaje no tiene secretos para él; y si los tiene, lo disimula. Su adaptación de Uris funciona sin las irregularidades de Cortina rasgada (Torn Curtain, 1966), la otra película suya con la Guerra Fría como decorado principal. Sitúa ambas de lleno en el conflicto geopolítico que marcó la segunda parte del siglo XX, pero la ambientada en la Europa tras el «Telón de acero» es más popular entre el público por su pareja protagonista, los mediáticos Paul Newman y Julie Andrews.


En Topaz no hay estrellas, hay solvencia y la presencia de actores de la talla de Philippe Noiret, Michel Piccoli o John Vernon. Mas lo mejor de este film es que Hitchcock hace de toda la intriga la excusa que le posibilita hablar de la infidelidad-fidelidad, al conflicto matrimonial, entre amigos, con la idea de la patria…, de cómo unos usan a los otros, y estos a aquellos, para obtener el benéfico que persiguen; o de cómo uno mismo se traiciona. Todos quieren algo, todos pierden algo, aunque son más de lo que quieren y pierden. Son personas atrapadas en una coyuntura que escapa a su control durante ese periodo que Hitchcock ubica en los instantes previos a que Kennedy ordene el bloqueo de Cuba durante la crisis de los misiles soviéticos —ese embargo y cierre duraría y duraría más allá del momento—, las trece jornadas expuestas por Roger Donaldson en Trece días (Thirteen Days, 2000).


A simple vista, quizás Parra (John Vernon), a quien se supone el villano por castrista, resulte ser quien se rige por sentimientos ajenos a los intereses de la política. Su enamoramiento de Juanita de Cordoba (Karin Dor) así lo atestigua, pero también el resto de personajes principales se encuentran condicionados por aquellas circunstancias que no logran controlar. Juanita también ama, pero es a otro a quien entrega su amor, también su vida, pues ella es la amante de André Devereaux (Frederick Stafford), el agente francés protagonista, para quien la cubana espía. Mas este protagonista no es un James Bond, sino el centro sobre el que gira la idea de que todos utilizan a alguien. Además, semeja un adicto a su oficio y esto le acarrea sus problemas matrimoniales y que los estadounidenses sepan que pueden utilizarlo para que les haga el trabajo. No puede detenerse y eso afecta a su matrimonio, pues ama más a su profesión que a Nicole (Dany Robin), su mujer, o a su amante, de quien quizás le importe más el contenido del libro que su propia vida. ¿Cuánto vale la vida de un ser humano en un mundo de espías y de política en guerra fría? Hitchcock no se esconde, no crea un héroe simpático como el de Cary Grant en Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), sino un tipo que incluso llega a caer algo antipático por su distanciamiento emocional, por su comportamiento, el cual no resulta cínico en superficie, ni irónico, como puedan serlo los de 007 o el propio Roger Thornhill, sino frio, capaz de utilizar a Juanita —que a su vez usa a su servicio doméstico—, a su yerno o a cuantos necesite para lograr su objetivo y seguir espiando. Y es que algunos tienen un vicio…

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