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domingo, 17 de agosto de 2025

El fugitivo (1993)


Primero la televisión bebió del cine y después este lo hizo de aquella, cuando acudió a las series para inspirarse y jugar (lo que las productoras suponían) una apuesta segura, al menos a priori, puesto que se trataba de adaptar seriales cuya popularidad atrajera a las salas a su público, a menudo nostálgico —y el de la nostalgia es un buen negocio—, y a otro tipo de espectadores. Valgan de ejemplo Star Trek (Robert Wise, 1979), La familia Addams (The Addams Family, Barry Sonnenfeld, 1991), Maverick (Richard Donner, 1994), Misión imposible (Mission Imposible, Brian de Palma, 1996), Corrupción en Miami (Miami Vice, Michael Mann, 2006) o El equipo A (The A-Team, Joe Carnahan, 2010). Salvo excepciones, los resultados no deparan películas que se alejen de la mediocridad imperante en los medios de expresión más populares: cine, cómic, música o narrativa. Tal vez por gusto, más que por una mirada objetiva, diría que Misión imposible y Traffic (Steven Soderbergh, 2000) superan la media, y que algunas logran conquistar al público: la saga de Agárralo como puedas (The Naked Gun, David Zucker, 1988) o la de Misión imposible. Una de las más exitosas adaptaciones de teleseries a la gran pantalla ha sido El fugitivo (The Fugitive, 1993), basada en los personajes creados por Roy Huggins, también productor ejecutivo de la película dirigida por Andrew Davis, a partir del guion de David Twohy y de Jeb Stuart. La trama fílmica recoge la propuesta del falso culpable, Richard Kimball (Harrison Ford), que escapa para dar con el verdadero asesino de su mujer y demostrar su inocencia, pues fue hallado culpable de asesinato. La policía apunta que su móvil fue el dinero, pero esto choca con la realidad económica del buen doctor, en la que su labor de neurocirujano le permitía ganarse muy bien la vida. ¿Qué más quería, si tenía cuanto necesitaba? Sobre todo, para el público, resulta chocante tal idea, la descarta porque, desde el primer instante, Davis muestra la inocencia de un personaje enamorado de la víctima. Así nos posiciona a favor del protagonista, simpatizamos con él…

Las pruebas le señalan, a pesar de ser inocente, porque esa es la interpretación de la policía, del tribunal y se supone que del jurado (que no vemos en pantalla). El veredicto dictamina su culpabilidad y se le condena a muerte. Así, de ejecutarse la sentencia, no dejaría de ser un homicidio a sangre fría, un asesinato no muy diferente del que le acusan. La ley, sus ejecutores, estaría matando a una persona que, además, resulta ser inocente. En este punto surge una de tantas contradicciones “legales”, pero lo que prima en El fugitivo es la acción, la persecución, la fiesta; no el entrar a debatir cuestiones incómodas como el matar bajo el amparo de la ley, tema que sí abordaría Tim Robbins en Pena de muerte (Dead Man Walking, 1995). A Davis, que venía de rodar dos thrillers de acción con Tommy Lee Jones, A la caza del lobo rojo (The Package, 1989) y Alerta máxima (Under Siege, 1992), (y a los guionistas) le interesa poner trabas en el recorrido del héroe inocente hacia su meta: dar con el verdadero culpable; hasta entonces, lo único que Kimball puede hacer es huir e investigar por su cuenta. Escapa aprovechando la situación generada por varios convictos, los que intentan fugarse del autobús que los traslada, y así el falso culpable también se convierte en fugitivo y en perseguido. Ahí, en la persecución, entra en juego Samuel Gerard (Tommy Lee Jones), una mezcla de cazador, asesino legal y agente federal a quien no le importa si su presa es culpable o inocente.

Cinco años después del estreno de El fugitivo, Gerard tendría su propia película, la menos afortunada US Marshall (Stuart Baird, 1998), pero en esta el protagonista es Harrison Ford, y la misión de Jones es la de ser su antagonista, aquel que debe atraparle y devolverle al corredor de la muerte. Aunque implacable, el agente no es un obcecado, ni un inepto, sino un tipo duro (y un personaje un poquito menos simple que Kimball, aunque para nada poliédrico) que va reflexionando el caso durante la búsqueda; al fin y al cabo, un poco de reflexión es lo que debería exigir cualquier búsqueda. Como en todos estas películas, el culpable ya ha salido al inicio, de modo que todo gira alrededor de la sorpresa que implica el descubrimiento de lo inesperado; aparte, resultan fundamentales el montaje, para conferir al conjunto apariencia de tensión, y el fondo musical de James Newton Howard, similar a tantos otros de la época, que abandona el fondo y, en no pocas ocasiones, cobra estruendo para enfatizar y condicionar esta película dirigida por Andrew Davis, responsable de varios éxitos comerciales en los 90, siendo El fugitivo la más exitosa de todas las suyas; aunque, si uno se detiene y contempla más allá del espectáculo y el ruido propuestos, ¿que queda? ¿Algo?

miércoles, 27 de marzo de 2024

¡Han llegado! (1996)

Aparte de lo creíble o poco creíble que Charlie Sheen pueda estar en el papel de científico (o en cualquier otro), con perilla y gafas, pero sin la bata, ¿¡Han llegado! (The Arrival, 1996) entretiene más que otras producciones de ciencia-ficción realizadas en la década de 1990 en Hollywood? Lo dudo, es más de lo mismo. Excepciones al margen, la redundancia, la repetición, ha sido la nota predominante desde hace años; apenas importan las ideas o los conflictos, se prima la acción o la intriga y, más allá, el vacío. Décadas atrás, en Hollywood, se habían producido algunos de los grandes títulos del género; sin ir más lejos, Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951) o La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Donald Siegel, 1956), en la que vainas venidas del espacio exterior se metamorfoseaban en seres aparentemente humanos. En el film de Wise el extraterrestre llega para advertir a la humanidad mientras que en el de Siegel los extraterrestres no vienen con buenas intenciones, salvo para ellos. Pero lo cierto es que habían llegado y se hacían pasar por humanos. Años después, cuando la época dorada del género tocaba a su fin, Kubrick y Tarkovski, incluso Truffaut, lo llevaron a una cota de madurez y de lirismo inusitado, tanto que ya no se ha vuelto a ver en la pantalla; ni siquiera en la popular Interestellar (Christopher Nolan, 2014), tal vez sí en La llegada (The Arrival, Denis Villeneuve, 2016). Tras Farenheit 451 (François Truffaut, 1966), 2001, una odisea del espacio (2001. A Space Odyssey, 1968) y Solaris (1972), Naves misteriosas (Silent Running, Douglas Trumbull, 1972) aportaba ecología a su drama, e insistía en la soledad y la existencia, pero, ¿y después? ¿Qué le aguardaba al género?

Atrás quedaban estos y otros títulos fundamentales, delante a la ciencia-ficción le esperaba lo que a Benjamin Button: caminar hacia la niñez que el género luce en E. T. (Steven Spielberg, 1982) —infantil, sí, pero más inspirada que Encuentros en la tercera fase (1977), que aspira a transcendente y resulta todo lo contrario— y el infantilismo que se impone definitivamente a raíz de la exitosa La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977). Ese fue el punto de (quizá) no retorno, a pesar de excepciones como la soviética Stalker (Tarkovski, 1979) o de los intentos de Ridley Scott de recuperar la edad adulta en Alien (1979) o Blade Runner (1982). Lo que dominaba y domina en el género (y el cine en general) son el ruido y el infantilismo potenciados por Hombres de negro (Men in Black, Barry Sonnenfeld, 1997), que lleva el chiste fácil a cotas extraterrestres, o la patriótica y pirotécnica Independence Day (Roland Emmerich, 1996), rodada el mismo año que esta película con reminiscencias a la serie B en la que se fraguó lo mejor de la ciencia-ficción durante la década de 1950, al menos lo más entretenido del género al que, unos años después, John Carpenter aportó Están vivos (They Alive, 1988), una de las mejores películas de ciencia-ficción de los ochenta (siglo XX). El film de Emmerich arrasó en la taquilla, todo lo contrario sucedió a este escrito y dirigido por David Twohy, quien correría mayor suerte comercial con Pitch Black (1999), una cinta de ciencia-ficción que bebe del western. No cabe duda de que ¡Han llegado! es una producción más modesta en efectos especiales que Independence Day o el film de Sonnenfeld, pero resulta más ambiciosa a la hora de contar una historia, aunque sea la de ese científico, Zane Zaminsky, cuya metamorfosis no lo transforma en insecto, sino en héroe de acción, en falso culpable y en rebelde de ciencias que se embarca en una aventura tras ser despedido del observatorio donde descubrió la señal que procedía de algún lugar del espacio exterior. Fue tal descubrimiento el que le valió el despido, pues su jefe (Ron Silver) quiere silenciarlo y hacer desparecer cualquier prueba que confirmaría que existe vida fuera de la Tierra que ya esta en ella… Así, sin pruebas de una teoría de la conspiración, ni de nada que se le semeje, sin la colaboración de su compañero (Richard Schiff), que cae a las primeras de cambio, y sin apenas opciones de éxito se lanza a descubrir y desvelar el misterio que le conduce a México donde, inesperadamente se encuentra con la doctora Green (Lindsay Crouse), con quien se toma unas cervezas e intercambia información sobre lo que han descubierto: él, la señal del espacio y ella, las anomalías climáticas y el campo de amapolas en el Ártico…



miércoles, 4 de septiembre de 2013

Pitch Black (2000)

Un poco de serie B, algo de western y una pizca de Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) fueron algunos de los ingredientes que David Twohy entremezcló para dar forma a Pitch Black, un modesto film de ciencia-ficción en el que el espacio físico y una especie alienígena juegan un papel fundamental en el desarrollo de los acontecimientos que se producen después del aterrizaje forzoso de la nave en la que viaja el convicto que se presenta a sí mismo como un animal, aunque no tarda en desvelarse como el héroe de la función. Riddick (Vin Diesel) es un tipo en apariencia capaz de matar sin plantearse cuestiones morales, pero no es el único que puede hacerlo. Carolyn (Radha Mitchell), la piloto, intenta deshacerse de los viajeros porque también ella es una superviviente cuyo instinto le aconseja que haga algo que finalmente no puede poner en práctica. Durante su estancia en el planeta los remordimientos se apoderan de este personaje, en quien se fuerza el sentimiento de culpa y su intento por redimirse. A lo largo del film se observan características que no desentonarían en un western, ya que la acción transcurre en un espacio arenoso donde se produce el enfrentamiento entre el preso, Riddick, y Johns (Cole Hauser), una especie de marshall con placa que resulta ser un cazarrecompensas a quien no le queda más alternativa que pactar con el criminal cuando descubre que existe una amenaza mayor que el convicto. Pitch Black muestra una fotografía árida acorde con el espacio físico por donde transita el grupo que finalmente alcanza una base donde no encuentran rastro de vida, pero sí de agua y de una lanzadera que podría significar su salvación. Durante este instante de calma, que precede al eclipse que se avecina, tanto Johns como Riddck se muestran como dos niños que se acusan de esto y de aquello, situando en medio de su enfrentamiento a Carolyn, a quien revelan secretos como la adicción a las drogas y la falta de ética del primero o la posibilidad de que el segundo les abandone en cuanto cumpla su objetivo, que no sería otro que sobrevivir. La situación a la que David Twohy expuso a sus personajes no planteó nada nuevo dentro del panorama de la ciencia-ficción cinematográfica, aunque por momentos la película resulta un entretenimiento eficaz, sobre todo al emparentar a Riddick con marginados del estilo de Comanche Todd, el asesino y guía de La ley del talión (The Last Wagon, Delmer Daves, 1956) o Snake Pilksen, el solitario y duro antihéroe de 1997, rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1980). Además de combinar en Riddick aspectos de éstos y de otros personajes de celuloide, Twohy intentó dotar de fuerza y de identidad dramática a la heroína de la función, como habían hecho Ridley Scott o James Cameron en la saga Alien, pero sin la fortuna de aquéllas dos primeras aventuras de la teniente Ripley. Y así entre tanto toma y daca los náufragos espaciales se encuentran transportando las células energéticas del lugar del accidente al campamento improvisado donde aguarda la nave que deben reparar antes de que sea demasiado tarde, porque el eclipse de los tres soles se acerca, y con él la oscuridad que domina el planeta cada veintidós años. ¡También es mala suerte que se hayan estrellado en ese preciso momento!, ¿no?. Pero así es el cine o las coincidencias. A partir de ese instante de oscuridad, Pitch Black muestra a los depredadores nocturnos como el peligro que reduce al grupo, de un modo similar al que se ha expuesto en tantas y tantas películas de este tipo, y como en todas ellas se busca una sorpresa final que no sorprende, al menos no debería hacerlo.