viernes, 17 de julio de 2026

Una invención diabólica (1958)



La imaginación: una invención diabólica


Por Antonio Pardines




Presumo sencillo responder un interrogante como por qué el imaginario popular se queda con la aventura y olvida el didactismo y magisterio perseguido y exhibido por Julio Verne en sus novelas. La explicación que me doy sería algo así: a la gente le gusta más la diversión y la evasión que el atender y profundizar en explicaciones que amenazan su tiempo de ocio, su divertimento. Claro que hay otros motivos, por ejemplo el cine, la constante repetición de la inventiva (que no niego) del autor de 20.000 leguas de viaje submarino y la memoria personal de quienes lo leyeron en su ya lejana juventud. En el cine, ya el avispado y osado Georges Méliès tomó lo lúdico de Verne, prescindiendo de la ciencia que el autor de Nantes priorizaba en sus aventuras literarias, para viajar a la fantasía desvergonzada, aquella que no debe ninguna explicación para existir. Un discípulo aventajado de ambos, lo encuentro en el checo Karel Zeman, quien desde sus inicios profesionales se distanció del realismo socialista dominante —por imposición estatal— en la Unión Soviética y sus países satélites, entre los que se contaba la extinta Checoslovaquia. Zeman se decantó por la fantasía y la animación, logrando cotas de elevada inventiva visual como Una invención diabólica (Vynález zkázy, 1958), una de sus primeras adaptaciones de Julio Verne, pero sin el afán científico, pedagógico y magistral que el francés introducía en sus narradores y personajes —tampoco hay cabida para los discursos políticos que H. G. Wells introducía en sus novelas de ciencia-ficción—. En Zeman prima la fantasía y las formas que mezclan imagen real con la animada que domina los decorados —en esta película imitan los grabados decimonónicos que acompañaban los libros de Verne— y las criaturas, los mundos desbordantes que, si pensamos fuera y dentro de la pantalla, nos descubren la capacidad de este cineasta para hacer de la carestía material virtud artística, pues un decorado de cartón, maquetas de madera y algunos viejos trucos visuales logran crear una fantasía que no desmerece a la realizada por Richard Fleischer con los millones de dólares de Disney. Su valentía de dejar volar la imaginación, sin tener que explicar el porqué científico de los hechos que expone, es una de sus mayores riquezas, la que le permite ir allí donde la realidad no puede llegar —al menos hasta que, con los peligros que también implica, algún soñador la ensanche—. Sencillamente, sucede. El cineasta sueña porque es un modo de rebelarse a la realidad impuesta, también un modo de vida si, como rezaba Calderón, la vida es sueño

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