Cual Conejo en los sesenta, Ulises corrió a por tabaco algunos milenios antes
Por Antonio Pardines
A Odiseo/Ulises le gustaba hablar y escucharse. Tenía la idea de que lo suyo era más importante e ingenioso. Cabe pensar que lo era, al menos así lo apunta el poema atribuido a Homero, incluso en la Ilíada asoma en brevedad pero brillando su intelecto y apuntando la astucia que desarrolla en plenitud en varios momentos de la Odisea, su viaje de vuelta al hogar tras veinte años lejos de Ítaca. ¿Por qué ahora y no antes? Si el aqueo hubiera deseado partir, ¿los olímpicos habrían podido impedírselo? No eran tan listos, aunque sí muy caprichosos, eróticos y mundanos. Dudo que Ulises estuviese atrapado casi una década sin que hiciese nada para evitarlo. Si lo estuvo, fue porque quiso y también partió de los brazos de su última amante porque ya le había llegado la hora de retornar. La vejez le amenazaba, no la nostalgia de la bella Penélope, la esposa abandonada, la mujer que quiero creer que no pierde el tiempo con sollozos ni costuras, ni la oportunidad de gozar su juventud no con uno sino con cien de los gorrones que le hacen la corte.
¿Y a Telémaco, el hijo ya hombre, que lo busca y no lo encuentra en casa de Menelao de Lacedemonia? En parte, gracias a su visita al mayor cornudo reconocido de la mitología, el joven, a quien Odiseo no ha cambiado los pañales ni escuchado sus berrinches infantiles, va descubriendo aspectos de su progenitor, de quien no guarda más imagen que la deseada. Y es que Ulises era un pretendiente y un vividor, un engañabobos, el rey de la mentira, como demostró con su idea del caballo o en su encuentro con el cíclope Polifemo. «Nadie» fue uno de sus nombres. ¿A quién se le habría ocurrido? ¿Y la idea de atarse a un mástil para escuchar el atractivo canto de las míticas sirenas? Conociendo al rico en ardides, parece lícito imaginar que si le llegan a gustar, y tuviese fuerza para satisfacerlas, como sucedió en su año con Circe y los siete en el lecho de Calipso, hubiera retrasado su retorno al hogar otros diez años. De haber sido así, la inocente Nausícaa, no la de Miyazaki, sino la homérica quizás habría abandonado su tierra o ya sería una mujer con sus canas y su recua de pequeños y futuros saqueadores o saqueados. Así de duros eran aquellos tiempos mitológicos, de dureza distinta pero no mayor ni menor que la de la actualidad que se nos vela y que ni siquiera Ulises habría sabido manejar a su antojo. ¿O sí?
Imagen de cabecera: Ulises y las sirenas. Detalle de un estamno griego de figuras rojas atribuido al Pintor de las Sirenas (c. 480-470 a.C.), conservado en el Museo Británico. El héroe, atado al mástil para disfrutar del concierto sin dejarse llevar por su legendaria libido, mientras sus hombres reman sordos, aunque ojipláticos. Uso libre/Dominio público.

No hay comentarios:
Publicar un comentario