(1) René Clair: Cine de ayer, cine de hoy (traducción de Antonio Alvárez de la Rosa). Inventarios Provisionales Editores, Las Palmas de Gran Canaria, 1974.
sábado, 6 de abril de 2024
Una noche de misterio (1922)
viernes, 19 de enero de 2024
Sally, la hija del circo (1925)
Simplificando la complejidad que forman negocio cinematográfico y creatividad, podría decir que Griffith había sido un ejemplo de equilibrio entre la independencia creativa del cineasta y la dependencia comercial y popular. Su fórmula parecía sencilla: era grande en formas y simple en contenido, quizá porque creía que era lo que el público esperaba del cine y, por lo general, no se equivocaba. Le daba entretenimiento, ritmo, épica, melodrama, héroes, heroínas, romance…, a cambio de unas monedas, de sus caras de sorpresa y de sus aplausos. Pero a medida que avanzaba el silente, el público y el cine maduraban, más si cabe a partir de la posguerra y la irrupción en las pantallas del expresionismo o de las vanguardias soviéticas y francesas. Griffith se sentía cada vez más descolocado. Había pasado de ser el más grande a ser un cineasta que buscaba su lugar en la modernidad cinematográfica y dentro del nuevo cine de Hollywood, en el que ya destacaban directores como King Vidor, Frank Borzage, Erich von Stroheim o el recién llegado de Suecia Victor Sjöström, cuyas películas resultaban más complejas en sus tramas y más interesantes para quienes acudían a las salas a ver El que recibe el bofetón (He Who Gets Slapped, Víctor Sjöström, 1924), el primer film estrenado por la MGM. Si el mayor éxito comercial de la década de 1910 había sido suyo, con El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 1915), el éxito de la siguiente era para El gran desfile (The Big Parade, King Vidor, 1925), cuya complejidad, antibelicismo, cernía —los personajes podrían ser cualquiera del público— y modernidad habían conquistado a un público que parecía cansado de Griffith y de sus historias. De modo que buscando la conexión con los espectadores, el prestigioso realizador de Intolerancia (Intolerance, 1916) firmó un contrato con Adolph Zukor, mandamás de Paramount Pictures, por entonces el estudio más grande y con más salas de exhibición dentro y fuera del país. Esto significaba una distribución en las mejores condiciones y Griffith rodó Sally la hija del circo (Sally of the Sawdust, 1925), que pasó sin pena ni gloria, aunque la película no carece de atractivo, pero también sonaba a repetida.
La orfandad en el cine de Griffith, más que un tema es una situación de la que parten algunas de sus protagonistas femeninas; dicho de otro modo, se trata de un estado de partida del melodrama que apunta al inicio del film, pero el tono melodramático se relaja, casi hasta desaparecer, con la presencia de W. C. Fields, actor que aporta comicidad y picaresca a la trama, que no deja de ser igual de simple que otras películas de esta gran cineasta. Si Fields aporta personalidad a la película, Carol Dempster no le anda a la zaga y asume para su Sally características de aquel, como si fuese parte de la educación recibida en su relación paterno-filial. Ella considera que el personaje de Fields, McGargle, es su padre, porque la ha criado desde niña en el circo donde, al inicio del film, la vemos con apenas cinco años. Entonces, su madre, agonizante, le hace prometer a Fields que llevará a su hija a vivir con sus padres al norte, a la tranquila localidad de Green Meadows. McGargle no cumple la última voluntad de la madre de Sally. Decide quedarse con la pequeña y la cría como a su hija. Esto se omite, pero se insiste en que creció asilvestrada, sin más hogar que el circo y sin otra familia que el ilusionista y jugador. Pero, en el presente, cuando Sally ya es una mujer, el bueno de “Pop”, así le llama ella, comprende que debe llevarla con los abuelos maternos, a quienes decide investigar para comprobar si son merecedores de la muchacha. ¿Por qué lo hace y por qué no le cuenta la verdad a la joven? Griffith piensa en el melodrama, en la parte final y en crear la situación propicia para lograr el clímax al que pretende llegar después de hacer pasar a los personajes por varios obstáculos y enfrentarlos a los prejuicios y la intolerancia del juez, el abuelo de Sally. Estos aspectos negativos convencen a McGagler para seguir manteniendo en secreto el origen de la chica, que conoce a chico rico, y este a aquella, y se enamoran; aunque hay un “pero” que el amor ha de superar. Y en este punto, Griffith acierta al prestar mayor atención al personaje de Fields, el que le confiere un tono más distendido, que al romance, el cual pasa a un lugar secundario. Con todo, la historia se conoce de antemano, ya que Griffith nunca la pone en duda, como tampoco duda del orden en el que cree —para mucha parte del público de los “locos” años veinte, era uno obsoleto— y al que siempre hace vencedor en su cine (o en buena parte de su obra), pues acaba integrando a huérfanas como Sally y a errantes como McGargle. El final de Sally, la hija del circo deja claro que los despojados de Griffith no tienen nada que ver con los de Chaplin, cuyo vagabundo resulta más auténtico y atemporal, a pesar de ser un personaje del cine mudo o precisamente por serlo. Charlot es una caricatura con personalidad y, aunque no habla, su discurso es reconocible y lo desvela al tiempo rebelde, cómico y alejado de cualquier corrección impuesta por el orden para el cual siempre es sospechoso. No es un cliché, presenta una visión compleja e inconformista del mundo, de la sociedad a la que mira pesimista y en la que ve notas de optimismo, pero que no son para él, sino para quienes acoge bajo su protección. Su vagabundo quedará fuera, continuará errando, todo lo contrario que el personaje de Fields cuando camina en la soledad —de algún modo similar a Charlot—, pero se sabe que no seguirá, pues los personajes de Griffith no deambulan ni a contracorriente, ni en solitario, ni fuera del sistema que abraza al ilusionista y transforma en hombre de éxito.
viernes, 12 de enero de 2024
David Wark Griffith, construyendo Hollywood
Como los días en la infancia y la adolescencia, el cine en su época juvenil era una experiencia continua, una aventura diaria, en el que cada jornada podía traer novedad y un nuevo paso hacia la madurez. Era más libre, más ingenuo y caótico. Mientras se divertía, buscaba definirse y encontrar cómo expresarse. Asentada la costumbre y la rutina, en la madurez de su lenguaje, el cine (su industria, su publico, incluso sus estudiosos) olvidó su niñez y a aquellos que entonces abrieron el camino. Fueron tantos que algunos solo son anónimos, otros son nombres recuperados del olvido y también los hay que han resistido en su leyenda. David Wark Griffith estuvo en aquella niñez, la vivió y la protagonizó; de hecho fue uno de sus grandes protagonistas, aunque luego cayese en el olvido del que sería rescatado para la Historia.
<<La aportación que hizo Griffith al cine que nacía no puede medirse hoy, cuando todas sus creaciones han sido asimiladas por sus alumnos y se han convertido en el fondo común del arte cinematográfico.>> (1) Grandes decorados, mayor profundidad de campo, uso del montaje para crear el efecto perseguido, es decir, empleado de modo consciente para crear épica, emoción, melodrama, héroes y heroínas, búsqueda del climax cinematográfico,… en definitiva: cine. David Wark Griffith intentó ser el más grande y, por un momento, lo consiguió. <<Era el líder indiscutible del negocio de la producción y de la dirección de películas. El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 1915) estaba gozando de una larga carrera comercial en todo el país. “D. W.” era el maestro que todo joven director tenía presente, estudiaba e imitaba.>> (2) Fue en su esplendor, que situaré desde el exitoso estreno de El nacimiento de una nación, su película 466, hasta Las dos huérfanas (Orphans of the Storm, 1921), un periodo en el que produjo quizá lo mejor de su cine: Intolerancia (Intolerance, 1916), Corazones del mundo (Hearts of the World, 1918), La culpa ajena/Lirios rotos (Broken Blossoms, 1919) o Las dos tormentas (Way Down East, 1920), aparte de las ya citadas. Claro que luego llegaron América (America, 1924), La aurora de la dicha (Isn’t Life Wonderful?, 1924) o Sally, la hija del circo (Sally of the Sawdust, 1925). Hoy señalada, ayer El nacimiento de una nación hizo a muchos distribuidores millonarios, entre ellos a Louis B. Mayer, y a él <<lo convirtió en el director de cine más destacado. Era sin duda un genio del cine mudo. Aunque su obra era melodramática y a veces exagerada y absurda, las películas de Griffith tenían un toque original que las hacía dignas de ser vistas>> (3) En sus grandes obras logra emocionar al gran público, pero no resulta sutil a la hora de expresar sus ideas y los dramas que propone. ¿Para qué?, pensaría él, si lo que pretendía era crear la ilusión que, vista en la actualidad, cae en el exceso folletinesco y melodramático, debido, quizá, a que el cineasta limita su perspectiva. Prima lo sentimental, a veces cae en lo sensiblero, sobre lo intelectual; aboga por el espectáculo sobre la pausa y reduce el “mundo” a una cuestión ideológica tan simple que lo divide en Bien y Mal; y ahí, en el medio, a la espera de que venza el primero, introduce sus historias de amor, sus westerns, sus epopeyas o sus dramas e injusticias sociales.
Recordaba Raoul Walsh, otro genio del cine que se inició bajo la dirección de Griffith, el momento en el que este y los suyos se reunieron en la Gran Estación Central de Nueva York <<dispuestos a invadir California y presenciar el nacimiento de Hollywood>>. (4) Eran los pioneros, no todos, claro, pues también irían a California Cecil B. DeMille, que fue el primero en dirigir un largometraje en Hollywood —The Square Man (1913)—, Thomas Harper Ince, Samuel Goldwyn, B. P. Schulberg, Carl Leammle, Jessie Lasky y otros que fueron dando forma a lo que ya en la década de 1920 se convirtió en el centro de la industria cinematográfica. En la estación neoyorquina acompañaban al cineasta, el productor Frank Woods, el cámara Billy Bitzer, el actor y futuro director Christy Cabanne, las hermanas Dorothy y Lillian Gish, Jack y Lottie Pickford, Donald Crisp y más aventureros que partían del Este rumbo al lejano Oeste, hacia una nueva aventura, un comienzo. Griffith abandonaba la Biograph y creaba su propia compañía, Fine Arts Studios, más adelante, en 1915, se asociaría con Ince y Mack Sennett, antiguo discípulo suyo, para formar la compañía Triangle Films, y ya en 1919 lo hizo con Charles Chaplin, Douglas Fairbanks y Mary Pickford para crear la United Artists, con la que pretendían preservar su independencia frente a las majors. Griffith llegó a Hollywood cuando el lugar apenas era un desierto salpicado por cuatro casas de adobe. Allí, ante él, vio un folio sin escribir que, como cualquier hoja en blanco, se abría a las posibilidades. Aunque inventase, desarrollase y evolucionase recursos, no fue el inventor del cine, ni su padre, como gusta etiquetar a quien disfruta haciéndolo, pero sí fue uno de los máximos modernizadores de su expresión visual en la década de 1910. Para Frank Capra, por ejemplo, Griffith fue <<el primero y quizás el más grande artista de la cinematografía>>. (5) La suya, como cualquier otra opinión, era subjetiva y se dejaba unos cuantos nombres fuera de la historia del cine. En fin, supongo que todos escribimos o hablamos sin pensar en las omisiones, expresando simpatías y antipatías, gustos, fobias, conocimiento, ignorancia y cierta parcialidad, cuando no mucha, pero Capra no iba del todo desencaminado al reconocerle como “artista de la cinematografía”.
Griffith fue alumno, maestro y pionero, alguien imprescindible que evolucionó el medio cinematográfico a partir de allí donde otros habían llegado, tales como Edwin Spencer Porter, de los primeros grandes del cine estadounidense —en su popular Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery, 1903) había desarrollado el primer plano y roto las distancias entre pantalla y publico—, también fue quien le dio su oportunidad en el cine (como actor), los pioneros franceses tal Ferdinand Zecca y cual Méliès, de quien se llegó a plagiar su obra en Estados Unidos para no tener que pagarle los derechos de autor, o los italianos que se le habían adelantado en la creación de las superproducciones históricas, tales como Cabiria (Giovanni Pastrone, 1913) o Quo Vadis? (Enrico Guazonni, 1912). Influyó no solo al cine de Hollywood, sino al realizado en otros lugares del globo, <<fue sin lugar a dudas uno de los grandes definidores del lenguaje fílmico. Su influencia en el cine universal es gigantesca>>, (6). En Sergei Eisenstein y en Carl Theodor Dreyer, por citar dos grandes e ilustres ejemplos. Fue un cineasta “total” o, explicando la totalidad aludida, quiso ser artista, director independiente, empresario cinematográfico, distribuidor, cocinero, camarero y comensal —aparte de guionista, productor y director, también supo ver y encontrar en las películas de otros, tal como sucedió con Cabiria—. <<No podemos nunca confiarnos con un hombre como este. Sus mejores obras están manchadas de tics irritantes y las peores siguen estando llenas de notables expresiones visuales. Sus defectos, al igual que sus cualidades, son manifiestos; predica, se complace en la fácil sentimentalidad, hace múltiples concesiones a su público, del que él mismo ha dicho que tenía la mentalidad de un bebé de dos años. Pero posee, en grado superlativo, el sentido del cine.>> (7) Dio mucho y, durante un tiempo fue recompensado por ello con el reconocimiento y la popularidad, pero en cine, la industria que había ayudado a crear, le pasó por encima y le olvidó poco después de la llegada del cine sonoro —al que pertenecen sus dos últimas películas Abraham Lincoln (1930) y La lucha (The Struggle, 1931)—. Como Chaplin o Erich von Stroheim, Griffith era demasiado suyo e independiente para ajustarse a las normas e intereses de los magnates y del sistema de los estudios cinematográficos que dominó la industria hasta la década de 1960… O como escribió Capra: << El mundo del espectáculo es brutal con quienes han sido. Aquellos empujados desde la cima caen al valle del olvido; a menudo a la degradación. Lo veía a todo mi alrededor: D. W. Griffith, un hombre olvidado; Mack Sennett, caminando sin que nadie reparara en él en la ciudad que en sus tiempos gobernó como Rey de la Comedia; viejas estrellas suplicando trabajo de extra; campeones de boxeo reducidos a vagabundos tambaleantes, balbuceando una limosna. Vítores en el camino hacia arriba, mordiscos de piraña en el camino hacia abajo.>> (8)
(1) René Clair: Cine de ayer, cine de hoy (traducción de Antonio Alvárez de la Rosa) Inventarios Provisionales, Las Palmas de Gran Canaria, 1974.
(2) King Vidor: Un árbol es un árbol (traducción de Francisco López Martín). Paidós Ibérica, Barcelona, 2003.
(3) Charles Chaplin: Mi autobiografía. Círculo de Lectores, Barcelona, 1989.
(4) Raoul Walsh: El cine en sus manos (traducción de Francisco Delgado). Ediciones JC Clementine, Madrid, 1998.
(5) Frank Capra: El nombre delante del título (traducción de Domingo Santos). T&B Editores, Madrid, 2007.
(6) Miquel Porter Moix: Historia de las Artes. Vol. 3. Editorial Marín, Barcelona, 1972.
(7) René Clair: Cine de ayer, cine de hoy (traducción de Antonio Alvárez de la Rosa). Inventarios Provisionales, Las Palmas de Gran Canaria, 1974.
(8) Frank Capra: El nombre delante del título (traducción de Domingo Santos). T&B Editores, Madrid, 2007.
miércoles, 3 de enero de 2024
Las dos huérfanas (1921)
Adiós, Griffith; adiós a la primera edad dorada de Hollywood, durante la cual se pusieron los cimientos de la que sería la industria cinematográfica dominante desde entonces. Las hermanas Dorothy y Lillian Gish se despedían de David Wark Griffith en Las dos huérfanas (Orphans of the Storm, 1921), tras nueve años de trabajo y aprendizaje bajo la guía de este pionero del cine. Esta sería la última película en la que el cineasta las dirigió. Griffith y las Gish continuarían sus carreras por separado, pero atrás quedaban decenas de cortometrajes y largometrajes tan exitosos como El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 1914), la mítica Intolerancia (Intolerance, 1916), cuyo fracaso comercial fue sonado, y las también imprescindibles Lirios rotos (Broken Blossoms, 1919) o Las dos tormentas (Way Down East, 1920). Con Las dos huérfanas se cerraba una época para el director y las dos actrices, pero también para el cine mudo estadounidense, que se adentraba en un nuevo periodo en el que los cineastas perderían la independencia que Griffith quiso conservar asociándose en 1919 con Charles Chaplin, Douglas Fairbanks y Mary Pickford, quien también había sido una de las grandes actrices que pasaron por su compañía. De tal unión surgió la United Artists con la pretensión de preservar la autonomía de sus cuatro pilares dentro de un Hollywood cambiante que en 1924, año en el que Griffith abandonaba la UA y durante el cual Marcus Loew creó la MGM para llenar sus salas de exhibición y competir de tú a tú con Adolph Zukor y su Paramount, ya era el coto de los grandes productores. La era de los directores abarca (sin exactitud cronológica) desde el estreno en 1915 de El nacimiento de una nación hasta que un joven productor de Universal, Irving Thalberg, apartó a Erich von Stroheim de la dirección de Los amores de un príncipe (Merry-Go-Round, 1922) y puso en su lugar a Rupert Julian. A partir de ahí podría decirse que el Hollywood de los pioneros e independientes tocaba a su fin. La aparición y consolidación de los grandes estudios abría un periodo más industrializado y centrado en la producción en cadena, pero Las dos huertanas todavía pertenece a esa otra época en la que la figura del director rige y dirige el conjunto que da unidad y forma a la película. Griffith deja su impronta.
Similar a Chaplin, Rex Ingram o a Marshall Neilan, Griffith quiso continuar siendo el señor de su feudo y así fue hasta que el público le dio la espalda, el sistema le derrotó y la industria se olvidó de él. Mas ese ostracismo no le resta a la hora de afirmar que se trata de uno de los más importantes cineastas de la historia y de la evolución del medio. Lo que hizo, otros lo imitaron y lo evolucionaron, del mismo modo que él lo había hecho antes. Griffith supo entretener con su cine, ejemplo primigenio del cine estadounidense, que prima el ritmo y la sensiblería, que huye del didactismo y de la pausa que invita a la reflexión o al bostezo. No, él deseaba movimiento, y lo logró con la técnica, con el “más grande todavía” de sus decorados y con la capacidad de emocionar de actrices como Dorothy y Lillian Gish. En este drama histórico, muy a su gusto, incluye al inicio un mensaje dirigido a sus contemporáneos. En mi libre y resumida traducción, el rótulo tiene la siguiente moraleja: “qué bueno es nuestro sistema político y cuidado con los bolcheviques”, que, por entonces, habían asentado sus posaderas en el antiguo imperio de los zares y amenazaban con sentarse en otros lares. Pero el cineasta no va a ambientar su historia en la revolución que dio origen a Estados Unidos, sino que lo sitúa antes y durante la Revolución Francesa. La trama se centra en dos hermanas de leche, Henriette (Lillian Gish) y Louise (Dorothy Gish), huérfanas que se han criado juntas y que viajan a París con la esperanza de que allí puedan curar la ceguera que padece Louise. El marco histórico emplea le sirve para ubicar, pero también para dotar a su drama de entidad folletinesca y melodramática, la que él desea. Quiere que su historia de las huérfanas sea emotiva y, para ello, apuesta por melodrama y por recursos que ya había empleado en anteriores producciones. El resultado funciona, destacando el aporte de las dos hermanas, que dan vida a las heroínas de Griffith en medio de una revolución liderada por abogados (Robespierre y Danton) y médicos (Marat), entre otros profesionales de oficios liberales que arrastran al pueblo hacia una sociedad burguesa en la que el Tercer Estado pase a ser el primero. Pero a Griffith no le interesa centrarse en la Historia, sino que la emplea como marco para cobrar su pequeña historia: la de dos huertanas que se han criado juntas y que el “destino” separa al llegar a París, donde se presentan dos espacios prerrevolucionarios: el aristócrata, que llena de sátiros y clasistas, y el callejero al que confiere un tono dickensiano, en relación a Louise, que pasa a ser una especie de Oliver Twist. De ese modo, sirve el melodrama de las hermanas Gish en la Revolución Francesa que se desata hacia la segunda mitad del film y que el cie asta estadounidense emplea para ir preparando el terreno para alcanzar el clímax, con un rescate similar al expuesto en El nacimiento de una nación…































