Ajena a la espectacularidad narrativa y ornamental de sus dos producciones más famosas, Los lirios rotos (Broken Blossoms, 1919) es otra de las mejores muestras de su intención de controlar cualquier aspecto relacionado con sus films (entre otras cuestiones, contó con su equipo habitual, adquirió los derechos de distribución en posesión de la Paramount e intervino en la composición de la música de acompañamiento) y de ir a contracorriente, como confirma el riesgo comercial que a priori implicaba el intimismo trágico que da forma a la poética tragedia del "hombre amarillo" y de la chica triste y sin sonrisa. Estos dos seres inocentes, condenados a perecer en un mundo cruel que no perdona el menor signo de debilidad, son los personajes principales de una película cuyo inicio nos traslada a una ciudad portuaria china donde se reúnen marineros anglosajones que se divierte y pelean ante la sorprendida mirada de Cheng Huan (Richard Barthelmess), cuya inocencia le impide comprender que así de violento será el espacio occidental donde se descubre varios años más tarde, cuando la trama se ubica en Limehouse. La introducción también sirve para mostrar la ilusión que define al "hombre amarillo" antes de partir hacia occidente con la misión de predicar la paz de Buda. Sin embargo, en la barriada londinense, se descubre desencantado, carente de aquella ilusión que solo recupera cuando se produce su breve encuentro con la muchacha interpretada por Lillian Gish. Al igual que él, Lucy es otra desheredada dentro de un entorno que no entiende de inocencia y destruye a quienes considera débiles. El Limehouse expuesto por Griffith es un espacio de contrastes, de luces (la pareja protagonista) y de sombras (el brutal padre de la chica o las calles dominadas por la miseria y la niebla), multiétnico y desesperanzado, al menos para Lucy, que ha crecido bajo los golpes y la tiranía de Battling Burrows (Donald Crisp). Arrastrando su tristeza por los muelles londinenses, es consciente de que la brutalidad paterna es su pan de cada día, lo cual le ha impedido conocer la felicidad o cualquier motivo por el cual sonreír, de hecho se ve obligada a forzar muecas de sonrisa para calmar las exigencias de ese boxeador brutal, alcohólico y mujeriego que desahoga sus frustraciones en ella. Tras ser golpeada una vez más, Lucy deambula por la calle medio moribunda hasta que Cheng Huan la recoge y la ampara en su hogar. Allí la cuida, la mima y le ofrece la posibilidad de saborear un instante de cariño que concluye cuando Burrows descubre su paradero y de nuevo la golpea, aunque en esta ocasión hasta acabar con su vida y, por lo tanto, con el suspiro de felicidad que ella y el "hombre amarillo" habían compartido durante el único momento en el que la joven sin sonrisa pudo sonreír.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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