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Lirios rotos (1919)



Sería imposible entender el cine sin las aportaciones e innovaciones de David Wark Griffith, heredadas y evolucionadas por cineastas soviéticos (Eisenstein o Pudovkin), por el Kammerspielfilm alemán, por Erich von Stroheim, Raoul Walsh, King Vidor o John Ford, que a su vez influirían en otros indispensables como Roberto Rossellini, Akira Kurosawa y tantos otros que, también a su vez, harían lo propio y... así hasta la actualidad, en la que en apariencia no queda rastro de aquellas influencias (pero ahí están, en el lenguaje cinematográfico —planos, montaje, travellings, profundidad de campo,...— u ocultas bajo capas de superficialidad, porque de no estar ahí, estaríamos hablando de otro tipo de arte y espectáculo). Su manera de entender el medio cinematográfico implicó la evolución en El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 1914) o en Intolerancia (Intolerance, 1916), dos producciones de sobra conocidas que técnicamente resultaron claves en la historia del cine. Pero más allá de estos títulos fundamentales, su filmografía se compone de grandes obras e intenciones, como la de ser independiente dentro de un ámbito industrializado y sometido a los deseos de los estudios. De hecho podríamos decir que Griffith no solo fue un pionero en aspectos formales, sino también en la búsqueda de una identidad artística propia que, gustando más o menos, muestra a un cineasta consciente de que una película aunaba espectáculo y arte.


Ajena a la espectacularidad narrativa y ornamental de sus dos producciones más famosas, Los lirios rotos (Broken Blossoms, 1919) es otra de las mejores muestras de su intención de controlar cualquier aspecto relacionado con sus films (entre otras cuestiones, contó con su equipo habitual, adquirió los derechos de distribución en posesión de la Paramount e intervino en la composición de la música de acompañamiento) y de ir a contracorriente, como confirma el riesgo comercial que a priori implicaba el intimismo trágico que da forma a la poética tragedia del "hombre amarillo" y de la chica triste y sin sonrisa. Estos dos seres inocentes, condenados a perecer en un mundo cruel que no perdona el menor signo de debilidad, son los personajes principales de una película cuyo inicio nos traslada a una ciudad portuaria china donde se reúnen marineros anglosajones que se divierte y pelean ante la sorprendida mirada de Cheng Huan (Richard Barthelmess), cuya inocencia le impide comprender que así de violento será el espacio occidental donde se descubre varios años más tarde, cuando la trama se ubica en Limehouse. La introducción también sirve para mostrar la ilusión que define al "hombre amarillo" antes de partir hacia occidente con la misión de predicar la paz de Buda. Sin embargo, en la barriada londinense, se descubre desencantado, carente de aquella ilusión que solo recupera cuando se produce su breve encuentro con la muchacha interpretada por Lillian Gish. Al igual que él, Lucy es otra desheredada dentro de un entorno que no entiende de inocencia y destruye a quienes considera débiles. El Limehouse expuesto por Griffith es un espacio de contrastes, de luces (la pareja protagonista) y de sombras (el brutal padre de la chica o las calles dominadas por la miseria y la niebla), multiétnico y desesperanzado, al menos para Lucy, que ha crecido bajo los golpes y la tiranía de Battling Burrows (Donald Crisp). Arrastrando su tristeza por los muelles londinenses, es consciente de que la brutalidad paterna es su pan de cada día, lo cual le ha impedido conocer la felicidad o cualquier motivo por el cual sonreír, de hecho se ve obligada a forzar muecas de sonrisa para calmar las exigencias de ese boxeador brutal, alcohólico y mujeriego que desahoga sus frustraciones en ella. Tras ser golpeada una vez más, Lucy deambula por la calle medio moribunda hasta que Cheng Huan la recoge y la ampara en su hogar. Allí la cuida, la mima y le ofrece la posibilidad de saborear un instante de cariño que concluye cuando Burrows descubre su paradero y de nuevo la golpea, aunque en esta ocasión hasta acabar con su vida y, por lo tanto, con el suspiro de felicidad que ella y el "hombre amarillo" habían compartido durante el único momento en el que la joven sin sonrisa pudo sonreír.

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