Durante los minutos iniciales, aquellos que preceden al ataque a Pearl Harbor, el interés del cineasta reside en humanizar a los protagonistas: el paternalismo del capitán Quincannon (John Ridgely), la despedida de su mujer; la veteranía del sargento White (Harry Carey), siempre orgulloso de los logros de su hijo piloto -a quien nunca se ve en pantalla y a quien no tendrá ocasión de llorar su muerte-; la juventud del auxiliar de radio Chester (Ray Montgomery), que acude a la pista de despegue acompañado de su madre; o la frustración del artillero Joe Winocki (John Garfield), cuyo rechazo al grupo y su deseo de abandonar las fuerzas aéreas nacen de la decepción que lo domina desde que fue expulsado de la academia de pilotos. Son rasgos y situaciones que definen a algunos de los miembros del conjunto heterogéneo que, cual familia, encuentra su hogar en el bombardero que, en un primer momento, viaja de San Francisco a las islas Hawaii. A escasas millas de concluir el vuelo, se produce el ataque sorpresa japonés. No son testigos presenciales del hecho, solo escuchan interferencias en su radio y voces que no comprenden, como tampoco comprenden que ese preciso instante marcará su destino y el de su nación. La guerra es inminente y, como tal, se convierte en su realidad. Atrás queda la misión de entrenamiento o el descanso en las bases que ya no son más que escombros, pues su periplo bélico los lleva por diferentes espacios, todos ellos atacados por tropas que los superan en número y en material bélico. Pero ninguno de los soldados estadounidenses que asoman por Air Force muestra derrotismo, quizá porque Hawks era consciente de que el film así lo exigía, ya que se trataba de levantar la moral y no de hundirla. Pero es en el interior del avión, en su reconstrucción y en la cohesión de su tripulación donde aflora la esencia hawksiana, ya que se trata de un grupo que aceptan lo que son: soldados. Como tales no tienen tiempo para lamentar la muerte de su capitán (y amigo) y como miembros del Mary-Ann no pueden aceptar su destrucción, cuando el mando asume que se trata de chatarra inservible, porque su bombardero es algo más que un aparato, es el símbolo de su unión, de su superación, de la presencia del compañero caído y de la oportunidad de continuar su trabajo: combatir al enemigo.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



Comentarios
Publicar un comentario