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Air Force (1943)



El recuerdo de los soldados caídos durante la Primera Guerra Mundial y la sensación de lejanía del expansionismo alemán y japonés durante los compases iniciales de la Segunda, entre otras circunstancias y presiones, provocaron que una parte de los políticos y de la sociedad estadounidense se mostraran reacios a que sus jóvenes luchasen en una nueva guerra, que no veían suya. Pero esta postura cambió la fatídica mañana del siete de diciembre de 1941. Inicialmente el ataque sorpresa a Pearl Harbor implicó una ventaja táctica y material para el ejército japonés, pero también supuso unanimidad en la población del país norteamericano y su entrada en el conflicto. Fue entonces cuando toda la sociedad estadounidense aparcó sus diferencias y se puso en marcha. Como no podía ser de otra manera, también el ámbito cinematográfico dio un paso al frente y aportó su grano de arena -las estrellas levantaban la moral de la población y de los soldados, recaudaban dinero,... y los estudios priorizaban el cine de propaganda-. Previo a la declaración de guerra, Hollywood había producido algunos títulos (no muchos o insuficientes) que señalaban la amenaza de los totalitarismos, pero su maquinaria no había desplegado todo su arsenal fílmico para combatir a las fuerzas del eje desde la gran pantalla. Fue tras el doloroso ataque cuando los Frank Capra, George Stevens, John Ford, John Huston o William Wyler abandonaron sus sillas de directores para alistarse y otros cineastas como Howard Hawks se quedaron y contribuyeron al esfuerzo bélico con sus películas de ficción. Mientras Capra fue puesto al frente del departamento cinematográfico del ejército y Stevens viajaba a África (posteriormente filmaría el desembarco de los aliados en Normandía y los campos de exterminio) o Wyler se trasladaba con su cámara al teatro de operaciones europeo para volar en el Memphis Belle y Ford se presentaba en una isla del Pacífico para documentar la batalla de Midway, Hawks rodaba Air Force (1943), un film de encargo que, aunque no esconde su origen ideológico (fruto de la necesidad del momento histórico), resulta una obra cien por cien hawksiana. Esto queda claro desde el inicio de la odisea del Mary-Ann, el bombardero B-17 donde se unen la pasión de Hawks por la aviación (no en vano, antes de director fue piloto) y uno de los ejes temáticos que vertebran su filmografía: las relaciones que se producen en un espacio reducido y restringido, habitado por un grupo de profesionales que, desde la individualidad y la colaboración, vive y supera situaciones fuera de lo común. Ambas características, que ya se observan en títulos como La escuadrilla del amanecer (The Dawn Patrol; 1930) o la magistral Solo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings, 1939), reaparecen por última vez en Air Force para mostrar los primeros compases de una guerra que toma por sorpresa a los tripulantes de la fortaleza flotante.


Durante los minutos iniciales, aquellos que preceden al ataque a Pearl Harbor, el interés del cineasta reside en humanizar a los protagonistas: el paternalismo del capitán Quincannon (John Ridgely), la despedida de su mujer; la veteranía del sargento White (Harry Carey), siempre orgulloso de los logros de su hijo piloto -a quien nunca se ve en pantalla y a quien no tendrá ocasión de llorar su muerte-; la juventud del auxiliar de radio Chester (Ray Montgomery), que acude a la pista de despegue acompañado de su madre; o la frustración del artillero Joe Winocki (John Garfield), cuyo rechazo al grupo y su deseo de abandonar las fuerzas aéreas nacen de la decepción que lo domina desde que fue expulsado de la academia de pilotos. Son rasgos y situaciones que definen a algunos de los miembros del conjunto heterogéneo que, cual familia, encuentra su hogar en el bombardero que, en un primer momento, viaja de San Francisco a las islas Hawaii. A escasas millas de concluir el vuelo, se produce el ataque sorpresa japonés. No son testigos presenciales del hecho, solo escuchan interferencias en su radio y voces que no comprenden, como tampoco comprenden que ese preciso instante marcará su destino y el de su nación. La guerra es inminente y, como tal, se convierte en su realidad. Atrás queda la misión de entrenamiento o el descanso en las bases que ya no son más que escombros, pues su periplo bélico los lleva por diferentes espacios, todos ellos atacados por tropas que los superan en número y en material bélico. Pero ninguno de los soldados estadounidenses que asoman por Air Force muestra derrotismo, quizá porque Hawks era consciente de que el film así lo exigía, ya que se trataba de levantar la moral y no de hundirla. Pero es en el interior del avión, en su reconstrucción y en la cohesión de su tripulación donde aflora la esencia hawksiana, ya que se trata de un grupo que aceptan lo que son: soldados. Como tales no tienen tiempo para lamentar la muerte de su capitán (y amigo) y como miembros del Mary-Ann no pueden aceptar su destrucción, cuando el mando asume que se trata de chatarra inservible, porque su bombardero es algo más que un aparato, es el símbolo de su unión, de su superación, de la presencia del compañero caído y de la oportunidad de continuar su trabajo: combatir al enemigo.

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