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Paso al noroeste (1940)


No descubro nada nuevo si escribo que King Vidor fue uno de los grandes cineastas que ha dado el cine estadounidense, pero me gusta repetirlo, porque sin él, y sin otros como él, la evolución cinematográfica habría sido más lenta y menos atractiva. Como pionero dominó todos los aspectos del cine mudo -...Y el mundo marcha (The Crowd, 1927) es prueba de ello-, se enfrentó al sonoro y salió airoso -Aleluya (Hallelujah, 1929), así lo confirma-, también domó el color por primera vez en Paso al noroeste (Northwest Passage,1940), de igual modo que haría con cada nuevo reto, porque para alguien como él, convencido de que una película es un arte individual, un director <<debe ser hasta cierto punto, actor, guionista, diseñador, fotógrafo, músico, montador, técnico y pintor. Nunca deber ser completamente dependiente de las decisiones o del juicio de otros>>. Esta declaración de intenciones marcó su carrera, lo llevó a innovar, a improvisar o a estudiar formas para sus proyectos personales y también para los encargos de los estudios donde trabajó. Cuando la MGM le ofreció realizar Paso al noroeste, aceptó sin dudarlo, porque <<además del color y el espectáculo de la dura marcha conducida por su empecinado jefe, los problemas puramente físicos que planteaba la realización del filme me atraían mucho y representaban un desafío excitante>>. Este desafío físico, pero también técnico, al que alude Vidor en sus memorias dio como resultado una espléndida y cruda aventura colonial que, ambientada en 1759, se adentra por espacios naturales, inhóspitos y salvajes, para detallar la dura marcha emprendida por los Rangers de Rogers (Spacer Tracy).


El acierto de King Vidor no reside en su acertada utilización del technicolor, cuyo uso alcanzaría su máxima expresión en Duelo al sol (Duel in the Sun, 1946) y Guerra y paz (War and Peace, 1956), sino en mostrar con todo lujo de detalles el esfuerzo, el sacrificio, la violencia e incluso el sadismo que marcan el recorrido del oficial y de sus doscientos hombres. Este número se ve reducido a su cuarta parte a lo largo de un camino donde la ausencia de alimento es constante, como también son constantes los peligros, el acumular kilómetros y más kilómetros por aguas pantanosas, dormir sobre las ramas de los árboles o arrastrar sus barcazas a través de las montañas, todo ello para ocultar sus huellas del enemigo francés e indio. Estos son algunos de los "lujos" que Rogers regala a sus rudos soldados, cuya suciedad acumulada en uniformes y en las barbas de varias jornadas se contraponen con la pulcritud de los casacas rojas que acuden a su encuentro al final del film. A pesar de los múltiples obstáculos que merman el número y la moral de la tropa, que bajo su mando no está compuesta por nacionalidades (ni son ingleses, ni irlandeses, ni escoceses, ellos son Rangers, y no se cansa de repetirlo), el mayor arenga a sus muchachos para que avancen por los bosques, montañas, lagos o el río que solo pueden cruzar formando una cadena humana. Entre paternal, aventurero y siempre exigente durante la misión, a Rogers lo guían sueños (explorar lo inexplorado y abrir nuevos pasos hacia el interior) que guarda para sí, como también guarda en su interior la tristeza que implica abandonar a los heridos a la soledad y a la muerte. Para él, como para el resto, son momentos difíciles que debe asumir sin mostrar sus sentimientos, consciente de ser un soldado al mando de otros soldados, lo cual implica la toma de decisiones (sean o no de su agrado), su aislamiento del conjunto (salvo en la relación maestro-alumno que mantiene con Langdon) y la admiración de quienes le siguen, entre ellos Langdon (Robert Young), el joven universitario que, en el prologo rodado por Jack Conway, escapa de la injusticia social que domina en las colonias y se une al grupo en compañía de su amigo Hunk (Walter Brennan). Sin embargo Vidor se desentiende de cualquier circunstancia relacionada con ese primer momento del film, tampoco presta atención al romance entre Langdon y Elizabeth (Ruth Hussey), pues su interés siempre se centra en la compleja traviesa humana (su parte positiva y también la negativa), en el sacrificio, el esfuerzo, las bajas o la superación, que van dando forma a su avance, tanto en canoas o a pie, hacia la posición india que atacan sin piedad, incendiando chozas mientras sus ocupantes duermen, y descargando la ira acumulada durante años de continuas luchas. Este momento de violencia extrema vendría a confirmar que, lejos de otros realizadores que abordaron aventuras similares, 
Vidor no buscaba mostrar en la pantalla héroes unidimensionales, él se decantó por ofrecer el protagonismo de Paso al noroeste a hombres que asumen distintos comportamientos, condicionados por sus vivencias, interpretaciones y circunstancias a las que se enfrentan, por ello, también las dudas, la flaqueza, el salvajismo o la locura forman parte de los Rangers de Rogers.

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