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Sanjuro (1962)



No entraba dentro de los planes de Akira Kurosawa realizar una secuela de su exitosa Yojimbo (1961), pero, ante la insistencia de los directivos de Toho, no le quedó otra que complacer la petición. Pronto se comprende que Sanjuro (Tsubaki Sanjûrô, 1962) asume un tono distinto, caricaturesco, sobre todo en la relación que se produce entre 
los nueve jóvenes a quienes toma bajo su protección y el desaliñado ronin (Toshiro Mifune) que, ante la pregunta de cuál es su nombre, mira a su alrededor y se bautiza Tsubaki, por las camelias que acaba de observar, Sanjuro (de treinta años, que sería su edad). Esta relación genera el choque, a menudo cómico, entre la veteranía del maestro y la bisoñería e impaciencia de los alumnos, que una y otra vez interfieren en los planes que aquel pretende llevar a cabo. Aunque en su conjunto no alcanza el nivel exhibido en Yojimbo, quizá porque el humanista de Vivir (Ikiru, 1952) no tenía especial interés en dirigir la secuela, la puesta en escena de Sanjuro y su desarrollo visual son dignos Kurosawa. La fluidez de sus imágenes, la presencia de Mifune, la oposición de su desaliñado personaje a la pulcritud predominante, su tono paródico y la música de Masaru Sato compensan con creces una trama poco elaborada y predecible, que apenas profundiza más allá de lo superficial ni pretende dar respuesta a cuestiones como el por qué del comportamiento de esa errante y letal <<espada desnuda>> que surge de la noche y se introduce en el recinto donde, de manera desinteresada, ofrece su ayuda a quienes ha escuchado hablar sobre corrupción, el secuestro del chambelán (Yunosuke Ito) del clan y las intenciones del superintendente Kikui (Masao Shimizu). Cual Ulises reencarnado en mercenario japonés, Sanjuro no tarda en definirse por sus tretas y ardides, también como el mítico aqueo prefiere la mentira antes que la espada, consciente de que la lucha física, en la que es experto y de la que echa mano (cada vez que sus ineptos protegidos se precipitan), provoca muertes innecesarias. Pero, a diferencia de Yojimbo, que transcurría en un pueblo dominado por dos clanes yakuza enfrentados, el astuto ronin sin nombre se adentra en un espacio dominado por la élite samurái, por la corrupción y la incompetencia de dicha clase: tanto los nueve aprendices como los hombres del superintendente muestran un comportamiento que raya la estupidez. Esta circunstancia aumenta su tono satírico (quizá crítico) hacia el sistema feudal, porque, a parte del protagonista, solo los personajes femeninos -la hija (Reiko Dan) y la mujer (Takako Irie) del chambelán- presentan señales de inteligencia. Tampoco se encuentra demasiada lucidez en el antagonista, Muroto (Tatsuya Nakadai), aun siendo una imagen cercana a la del antihéroe interpretado por Mifune, de hecho, este se identifica con aquel, lo considera una <<espada desnuda>> como él, y por ello no desea batirse en el espléndido duelo final, un momento estático (durante el cual la inmovilidad se apodera de los testigos y de los dos contendientes, que ven en su oponente el reflejo de sí mismos) que se prolonga en el tiempo hasta que se precipita su fugaz y sangriento desenlace.

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