martes, 6 de mayo de 2025
La herencia del viento (1960)
jueves, 17 de abril de 2025
No serás un extraño (1955)
Una enésima novela olvidada en la actualidad, escrita por Morton Thompson, pero en su momento la de mayores ventas en Estados Unidos, apuntaba que la película que iba a adaptarla —a partir del guion de Edna y Edward Anhalt— sería un éxito comercial, más si cabe al leer los nombres que encabezaban el reparto: Olivia de Havilland, Robert Mitchum, quien, al parecer, debido a su imagen de “tipo duro” no era una elección que agradase al público, Frank Sinatra, Gloria Grahame, Broderick Crawford y Charles Bickford; por allí, también asomaba Lee Marvin, pero todavía no era una estrella. Sin embargo, el nombre del director era nuevo en esas lides, aunque no en el mundo del cine donde ya se había labrado una imagen de productor liberal e independiente en títulos como El ídolo de barro (The Champion, Mark Robson, 1949), Hombres (The Men, Fred Zinnemann, 1950) o Solo ante el peligro (Highnoom, Fred Zinnemann, 1952), aunque su independencia habría que entrecomillarla, pues siempre contó con el respaldo de distribuidoras como United Artists, con presupuestos más holgados que los de cualquier serie B, cuando no de primer orden, y con la presencia en sus películas de estrellas de primera fila. Cabe recordar que el debut de Marlon Brando se produjo en Hombres, y que el actor ya era una estrella teatral a quien Zinnemann y el propio Kramer convencieron para que diese el salto al cine. Tal como apunto, cuando se sentó en la silla del director, Stanley Kramer no era ningún recién llegado, de lo que se deduce que No serás un extraño (Not as a Stranger, 1955) no es el debut de un inexperto, aunque se trate de un film de aprendizaje, no suyo claro, que también, sino el de un hombre de cine, <<en una época de alarma comunista, listas negras y ultrapatriotas vengadores, cuando Hollywood parecía ahuecar el ala y huir de los argumentos que trataban sobre los problemas de conciencia de la sociedad>>. (1) Sin embargo, en sus películas, tal vez críticas sociales cinematográficas ligeras y bienintencionadas, nunca llegó a traspasar los límites aceptados por la sociedad que le servía los temas en bandeja, desde el mccarthismo hasta el racismo, pasando por la amenaza atómica que da forma en La hora final (On the Beach, 1957), ni por la industria que vio en el una especie de un productor-director que osaba hablar por los silenciados. Divida en dos partes, No serás un extraño se centra en el oficio médico —de las primeras en hacerlo detallándolo y reflexionándolo— a través de la figura de Luke Marsh (Robert Mitchum), un estudiante de medicina idealista, orgulloso, pobre, sin lazos afectivos, con tendencia a confundir el orgullo con la intransigencia. Es decir, capaz de morir por su idea y rechazando las que la pongan en duda. Pero su situación económica le posiciona en un callejón sin aparente salida. Necesita dinero para continuar en la facultad y no tiene donde encontrarlo, salvo en una enfermera madura que le mira con buenos ojos y que él empieza a mirar de forma distinta, cuando comprende que es la vía de acceso a su sueño médico. Así, Luke y Kristina (Olivia de Havilland) se casan, y no es que él no la quiera, es que le resulta imposible amar más que a la idea que tiene de la medicina y de él como médico “andante”, cual caballero; de ahí el camino recorrer y el descenso que debe sufrir para alcanzar su triunfo, que es el reconocer que también él necesita ayuda, que precisa a esa mujer que le humaniza sin que él se percate. En su único encuentro en la pantalla con su padre (Lon Chaney, Jr.), este le dice a Luke que le falta corazón, aunque no se trata de eso, pues sí tiene, aunque solo enfoca sus latidos hacia la misión vital-profesional que se ha cargado a la espalda… Esa figura paternal, que rechaza por el alcoholismo del padre, la rellena en la primera parte del film con la del doctor Aarons (Broderick Crawford), y en la segunda, ya en el destino rural adonde llega para ejercer, en el doctor Runkleman (Charles Bickford), personaje fundamental en la explosión emocional de Luke, durante la mayor parte de su camino, incapaz de exteriorizar más emociones que sus arrebatos de violencia frente a cuanto contradiga su visión de la medicina. Más allá del oficio, parece que nada le interesa, ni su relación marital ni la que mantiene con Harriet (Gloria Grahame), en quien busca, tal vez, una pasión sexual inexistente en el lecho matrimonial…
jueves, 14 de septiembre de 2023
La clave de la cuestión (1962)
El racismo, la convivencia y la tolerancia son ejes de varias de las producciones más conocidas y prestigiosas de Stanley Kramer: Fugitivos (The Defiant Ones, 1958), Adivina quién viene esta noche (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967) o La clave de la cuestión (Pressure Point, 1962), en la que cedió la dirección a Hubert Cornfield y se dedicó a labores de producción —aunque también intervino en la dirección de alguna escena—. La historia propuesta en esta última se inicia en un hospital donde se produce la charla del psiquiatra jefe (Sidney Poitier) y uno de sus psiquiatras (Peter Falk), a quien le cuenta su historia con un paciente que le arrastró al límite de su aguante y de su entrega profesional y emocional; pero resistió, como se verá a lo largo de su relato. Narra su experiencia porque su subordinado se niega a continuar las terapias con su paciente. Amenaza con dejar su puesto, si no le sustituye por otro colega, pues considera que el niño a quien trata le odia por ser blanco. Y convencido de su imposibilidad de acercarse al muchacho, siente que no puede ayudarle. Tras esa escena introductoria, La clave de la cuestión se traslada al pasado, de 1962 a una prisión en 1942. Allí se intercambian los roles: el paciente es blanco y el médico, negro, pero el conflicto racial sigue ahí y estalla cuando el joven Poitier debe tratar al preso interpretado por Bobby Darin, que da vida a un simpatizante nazi condenado a tres años de cárcel por sedición. La ideología del reo encuentra su base en el odio y el racismo; es enfermiza y violenta, aunque sus desvanecimientos y su insomnio los provoca una infancia complicada, sin amor. Las causas están relacionadas con su soledad, con la relación de sus progenitores y, sobre todo, con su padre, un hombre de quien nunca recibió la menor muestra de cariño, todo lo contrario. Cornfield lo muestra en escenas que representan el pensamiento del convicto, quien no duda que precisa la ayuda del psiquiatra de quien se carcajea en su primer encuentro, al descubrir que es negro, pero no tarda en descubrir que lo necesita; aunque no para cambiar de pensamiento, el cual ha arraigado de tal manera que lo expone como si fuese una verdad absoluta, quizá un credo. Lo que él pretende es que el doctor logre erradicarle los desvanecimientos y las pesadillas que le impiden conciliar el sueño.
En ese primer instante de risas descontroladas, ríe el supremacista blanco, el que no considera al médico alguien capaz, por el color de su piel, consideración que nace de su prejuicio racial y del odio que lo ha generado. Sus simpatías nazis y su odio a los judíos y a los negros nacen para culpar de su dolor, de su frustración y de su resentimiento a alguien. Esto se va descubriendo a medida que avanza el recuerdo que expone la relación entre ambos personajes, una relación tensa desde su inicio y que avanza en sesiones durante las cuales se descubre que el preso no es el único en la sala que se deja guiar por lo que siente; pues el doctor, ante el comportamiento de su nuevo paciente, siente un rechazo similar. Tiene miedo y teme dejar de ser objetivo u olvidar su profesionalidad. La clave de la cuestión aborda ese enfrentamiento entre dos personajes al límite, encerrados no solo en la cárcel donde comparten las sesiones y las discusiones, sino también en su prisión mental de prejuicios e intolerancia, que en el paciente es evidente, y en el miedo que dispara las emociones, algunas contenidas como las del profesional que siente como el resto de sus colegas, todos ellos blancos, le juzgan y dictan a favor del paciente. El caso clínico del primero encuentra explicación en las escenas del pasado anterior que Cornfield recrea dentro de la analepsis como si formasen parte de un sueño-pesadilla de la memoria. Ya así es, pero también pretende exponer el racismo arraigado como parte de un problema social. De ese modo, mediante el personaje de Darin, confrontado al psiquiatra y a su pasado, se profundiza en algunas de las causas del racismo y en la psicología del racista, no solo en el del condenado, sino en una parte de la sociedad estadounidense.
viernes, 12 de febrero de 2021
Fugitivos (1958)
En un momento de I Am Not Your Negro (Raoul Peck, 2016) aparecen imágenes de Fugitivos (The Defiant Ones, 1958) y se escucha la voz de Samuel L. Jackson (leyendo el texto de James Baldwin que se convierte en motor del film) expresando que <<cuando Sidney saltó del tren, los blancos liberales de la ciudad se sintieron aliviados y contentos, pero cuando los negros le vieron saltar gritaron: ¡Estás loco! ¡Vuelve al tren!>>. Había otra posibilidad, la de que el personaje de Sidney Poitier abandonase a su suerte al interpretado por Tony Curtis y, así, se liberase del yugo secular de los blancos. Sería una reacción comprensible, después de siglos de opresión, de vejaciones, de rencor acumulado. Pero Stanley Kramer era un hombre blanco liberal de ciudad y, aunque también filmó la otra opción, se decantó por el salto. <<El hombre negro salta del tren>>, prosigue Baldwin, <<para tranquilizar a los blancos, para hacerles saber que no les odian. Y, aunque hayan cometido errores humanos, no han hecho nada por lo que ser odiados>>.


































