Ir al contenido principal

La clave de la cuestión (1962)

El racismo, la convivencia y la tolerancia son ejes de varias de las producciones más conocidas y prestigiosas de Stanley Kramer: Fugitivos (The Defiant Ones, 1958), Adivina quién viene esta noche (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967) o La clave de la cuestión (Pressure Point, 1962), en la que cedió la dirección a Hubert Cornfield y se dedicó a labores de producción —aunque también intervino en la dirección de alguna escena—. La historia propuesta en esta última se inicia en un hospital donde se produce la charla del psiquiatra jefe (Sidney Poitier) y uno de sus psiquiatras (Peter Falk), a quien le cuenta su historia con un paciente que le arrastró al límite de su aguante y de su entrega profesional y emocional; pero resistió, como se verá a lo largo de su relato. Narra su experiencia porque su subordinado se niega a continuar las terapias con su paciente. Amenaza con dejar su puesto, si no le sustituye por otro colega, pues considera que el niño a quien trata le odia por ser blanco. Y convencido de su imposibilidad de acercarse al muchacho, siente que no puede ayudarle. Tras esa escena introductoria, La clave de la cuestión se traslada al pasado, de 1962 a una prisión en 1942. Allí se intercambian los roles: el paciente es blanco y el médico, negro, pero el conflicto racial sigue ahí y estalla cuando el joven Poitier debe tratar al preso interpretado por Bobby Darin, que da vida a un simpatizante nazi condenado a tres años de cárcel por sedición. La ideología del reo encuentra su base en el odio y el racismo; es enfermiza y violenta, aunque sus desvanecimientos y su insomnio los provoca una infancia complicada, sin amor. Las causas están relacionadas con su soledad, con la relación de sus progenitores y, sobre todo, con su padre, un hombre de quien nunca recibió la menor muestra de cariño, todo lo contrario. Cornfield lo muestra en escenas que representan el pensamiento del convicto, quien no duda que precisa la ayuda del psiquiatra de quien se carcajea en su primer encuentro, al descubrir que es negro, pero no tarda en descubrir que lo necesita; aunque no para cambiar de pensamiento, el cual ha arraigado de tal manera que lo expone como si fuese una verdad absoluta, quizá un credo. Lo que él pretende es que el doctor logre erradicarle los desvanecimientos y las pesadillas que le impiden conciliar el sueño.

En ese primer instante de risas descontroladas, ríe el supremacista blanco, el que no considera al médico alguien capaz, por el color de su piel, consideración que nace de su prejuicio racial y del odio que lo ha generado. Sus simpatías nazis y su odio a los judíos y a los negros nacen para culpar de su dolor, de su frustración y de su resentimiento a alguien. Esto se va descubriendo a medida que avanza el recuerdo que expone la relación entre ambos personajes, una relación tensa desde su inicio y que avanza en sesiones durante las cuales se descubre que el preso no es el único en la sala que se deja guiar por lo que siente; pues el doctor, ante el comportamiento de su nuevo paciente, siente un rechazo similar. Tiene miedo y teme dejar de ser objetivo u olvidar su profesionalidad. La clave de la cuestión aborda ese enfrentamiento entre dos personajes al límite, encerrados no solo en la cárcel donde comparten las sesiones y las discusiones, sino también en su prisión mental de prejuicios e intolerancia, que en el paciente es evidente, y en el miedo que dispara las emociones, algunas contenidas como las del profesional que siente como el resto de sus colegas, todos ellos blancos, le juzgan y dictan a favor del paciente. El caso clínico del primero encuentra explicación en las escenas del pasado anterior que Cornfield recrea dentro de la analepsis como si formasen parte de un sueño-pesadilla de la memoria. Ya así es, pero también pretende exponer el racismo arraigado como parte de un problema social. De ese modo, mediante el personaje de Darin, confrontado al psiquiatra y a su pasado, se profundiza en algunas de las causas del racismo y en la psicología del racista, no solo en el del condenado, sino en una parte de la sociedad estadounidense.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...