Al inicio de la era Reagan, en 1981, la inestabilidad de Centroamérica era una realidad política y social en la que se enfrentaban distintos intereses que tenían un origen similar a otros anteriores, como pudo ser la Guerra Civil en España o la de Indochina. Entonces, la reforma agraria había sido un problema a resolver, que no se solucionó; y lo era en Guatemala, en El Salvador o en Nicaragua en la década de 1970-1980. A esta compleja realidad, habría que sumarle la geopolítica de la Guerra Fría, es decir, el intervencionismo de los Estados Unidos en el continente americano. “America para los americanos” rezaba la doctrina Monroe, aunque ese americanos no globalizaban sino que reducía el gentilicio al blanco anglosajón que se había asentado entre el río Grande y los Grandes Lagos, entre los Apalaches y las Rocosas. En todo caso, era un enfrentamiento entre los intereses de la oligarquía en el Poder y los del campesinado, cuya mayoría era de origen indio. Así, continuaba el toma y daca entre el capitalismo y el comunismo; y así seguía habiendo víctimas y verdugos. Siempre los hay de ambas clases; y uno mismo puede ejercer de esta o de aquel según la situación. Pero la política y e mundo no se pintan en el blanco y negro de buenos y malos, aunque haya de unos y de otros, según la perspectiva que se escoja o en el lugar donde te coja el conflicto. Son más complejas, y se alejan de lo que llamamos ético, justo o injusto. Lo idílico, la justicia, las ideas, existen en el ideal, en la mente o en los libros. La realidad los menosprecia, aunque se nombren en ella, tal vez para justificar actos injustificables y ocultar esa propia realidad que conocemos muy en la distancia gracias al eco nos llega través reporteros como Richard Boyle (James Woods) y a los testimonios de quienes la sufrieron, incluso de quienes hicieron sufrir. A Estados Unidos le interesaba El Salvador, pues era su puerta de entrada a Nicaragua, donde se preparaban los escuadrones que debían frenar el sandinismo. En todo caso, antes había que pacificar El Salvador y esa pacificación tal como no dice pero insinúa la propia palabra sería a base de violencia. Quizá el momento más mediático de la misma fue el asesinato del arzobispo Romero, un religioso que abogaba por una mejora social, en la que los nativos accediesen a la propiedad de la tierra, lo que mejoraría sus condiciones de vida, y por la no violencia, cuya presencia es omnipresente, tal como deja ver la presencia de Richard Boyle (James Woods) en el país centroamericano. Este personaje, que asoma como un embustero, incluso patético e impresentable. El Boyle de Stone no es ningún santo, es falible, como le recuerda el embajador interpretado por Michael Murphy, cuando este le habla de su defensa periodística de los Jemeres Rojos en Camboya, antes de que se conociese la verdad de sus acciones. Consume alcohol y drogas no como pose, sino como medio de fuga. Es un tipo contradictorio, en conflicto, un “cabra loca”, aunque con ideales y sufrimiento tras su máscara de estar deseo vuelta y media de todo. Este reportero “freelance” representa en la pantalla al Boyle real, quien colaboró con Oliver Stone en la escritura del guion de Salvador (1985), basado en sus experiencias. Esta fue la primera película en la que Stone se metía de lleno en la historia de su país, aunque lo hizo mirando lejos de las fronteras estadounidenses, tal como poco después haría en Platoon (1986). Stone fue de los pocos cineastas estadounidenses que no cayó en la felicidad de los años Reagan y se dedicó a representar en pantalla algunos aspectos que desvelaban cuestiones ocultas que evidenciaban que no existía el blanco y negro, sino las sombras y tonos oscuros, e incluso tan intensos como el rojo sangre de los cuerpos sin vida y sin Visa fotografiados por John (John Savage), cuyo referente sería Robert Capa. <<Hay que acercarse para conocer la verdad, pero si te acercas demasiado, mueres>>, le comenta a Richard antes o después de decirse que quiere la fotografía que dé la vuelta al mundo, como la del miliciano de Capa, la que supuestamente captó el momento de la muerte, o entre la vida y la muerte, ese segundo que desvela nuestra fugacidad y que la cámara eterniza. No lo hace para poner fin al conflicto, porque sabe que sus fotos no cambiarán el transcurso de ningún conflicto, puesto que la opinión internacional no para las guerras ni las matanzas, las primeras en manos de unos pocos que los se acercan al terreno y las segundas en manos de quienes se desatan, que son los mismos que, en circunstancias distintas, podrían ser las víctimas de otros desatados…
viernes, 20 de marzo de 2026
jueves, 15 de enero de 2026
El misterio von Bulow (1990)
Allá por los años ochenta y noventa del siglo pasado, resultaba una sorpresa descubrir elegancia, entretenimiento e ideas (más o menos) complejas en una misma película; ya que la mayoría aspiraban a entretener desde la repetición y en la superficie —lo cual tampoco era novedad en una industria que sobrevive de la repetición y de la producción en cadena—, sin intención de exigir un mínimo de esfuerzo a su público, que se lo agradecía masticando palomitas y sorbiendo refrescos con la ayuda de una pajita de plástico y luego, ya en los títulos de crédito finales, dejando los envases y los restos de maíces sobre el asiento que había ocupado y en el que no se paraba de mover, incluso dando saltos. El ruido era molesto, más que ensordecedor, y uno pensaba por qué los asientos no tenían cinturones de seguridad, para evitar que alguno saliese disparado, y en la entrada del local no vendían algo menos crujiente, tal vez sopas o cremas, pues quizás el consumo de líquidos más densos o de sólidos más gelatinosos no impidiese que las palabras que, supuestamente debían de envolver el ambiente, llegasen a quienes no masticaban ni bebían. Pero esa es otra historia, la de los negocios que rodean al del cine. Así que, sin participar de sus beneficios, solo te quedaba sentarte y aguantar a quien te tocase delante, detrás o a los lados —tal vez, pensarían lo mismo de mí, salvo por las palomitas y bebidas que no consumía, pues mi objeto de consumo era la película—. Incluso alguna vez, temí y deseé que fuese encima…
En fin, se apagaba la luz y entonces se confirmaban tus temores, que sí te importaba la estatura del tipo de delante, puesto que no te permitía ver parte de la pantalla y te obligaba a movimientos que tu espalda no te agradecía, tampoco tu cuello. Ni los movimientos propios ni los ajenos te dejan concentrarte, eran momentos en los que pensabas que razón tenía Mel Brooks con aquello de <<¡qué bueno es ser rey!>> Y los ruidos y las voces, que se superponían a las que salían de los altavoces, se hacían más fuertes que las de la película, ya fuese un sistema Dolby o el sonido THX desarrollado por la empresa de Lucas. Lo bueno de entonces, era la ausencia de las luces de los teléfonos móviles; si tal, asomaba de vez en cuando un mechero en la oscuridad, posiblemente que permitiese practicar para algún concierto próximo o para leer la hora; o una lucecita en los relojes que la tuvieran. Todo ello era maravilloso porque te hacía sentir menos que nada, parte del azar, del saber que nada pintabas en un cine o en cualquier otro lugar de espectáculo —peor era visitar una oficina administrativa y comprender mejor a Kafka o sentir la necesidad de expresar: <<prefería no hacerlo>>.
Allí, en la sala de cine, reflexioné sobre un misterio que había dejado de serlo cuando comprendí y acepté que la razón principal no era la película —quizá por ello dejase de ir al cine y empezase a ir al teatro, donde el público, aunque hable y consulte todo el tiempo su móvil, no puede consumir palomitas ni refrescos—, sino la promesa de evasión, para unos, y el masoquismo, para otros, ya fuese el sufrimiento en forma de golosinas, de sentirse rodeado de ruidos, e incluso de manoseos y besos, de risas a destiempo que impedían escuchar el chiste que corría el riesgo de perderse entre la expresividad de los sentidos del humor precoces, impacientes, incontenibles, o de una película que era para echar a correr e imitar a Forrest Gump. En todo caso, el cine de aquellos años llegaba a sorprenderme y algunas de sus propuestas me resultaban emocionantes y atractivas; incluso las había que me parecían simpáticas, otras magistrales y de algunas no sabía qué pensar hasta que las veía en la tranquilidad de la soledad. Así disfruté El misterio von Bülow (Reversal of Fortune, 1990), que catalogué como un vehículo de lucimiento para uno de sus actores, Jeremy Irons, y para uno de los personajes, el abogado protagonista. Saltaba a la vista, ya desde su presentación, que él era el motor moral del film, y, sobre todo, saltaba al oído en la escena en la que una de sus alumnas le recrimina la defensa de von Bulow, quien ha sido declarado culpable, y el profesor en Leyes le recuerda en un discurso, tan preparado en el guion como la censura de la chica, el porqué de aceptarla…
Pensando en El misterio von Bulow, me deparó en sus analepsis la amarga, silenciosa y dolorosa sombra del ocaso matrimonial de Sunny (Glenn Close) y Claus (Jeremiah Irons); y, en su presente narrativo, la intriga judicial reflexiva, simpática y ambigua, incluso elegante, cínica e irónica, que narra la defensa de un declarado culpable, defensa asumida por Alan Dershowitz (Ron Silver), el personaje que debe lucir en pantalla porque es quien defiende el derecho a la defensa, no porque refleje al autor del libro que Nicholas Kazan adapta a guion, el que Barbet Schroeder filma para adentrarse en la alta sociedad estadounidense —la primera secuencia, un travelling aéreo (panorámico) de las grandes mansiones de la costa de Rhode Island, lo deja claro— y en el sistema legal de un modo diferente al que, por ejemplo, hacen los libros de Dave Grisham y las adaptaciones cinematográficas de los mismos, más pendientes del héroe u heroína que de las cuestiones legales que preocupan al personaje interpretado por Ron Silver en esta película de Schroeder, una de las más populares de las suyas, que puede verse como una intriga judicial o como un ejercicio cinematográfico en el que se defiende el derecho de toda persona a ser defendida, ya sea culpable o inocente. Como apunté arriba, el actor británico se lleva la palma —aunque Silver no le anda a la zaga—, en este caso fue el Oscar al mejor del año, pues Jeremy Irons da vida y credibilidad al elitista y ambiguo Claus von Bulow, el declarado culpable de haber intentado asesinar a Sunny en dos ocasiones. Pero todo cae en la ambigüedad, similar a la del culpable, nada queda claro, aunque parezca estarlo, El abogado, también profesor en la universidad (Harvard y Maryland) y apasionado de los Celtis de Boston, no acepta el caso porque le considere inocente, pues da por hecho que no lo es, sino por evidenciar la mala práctica que hizo la acusación, la familia de la víctima, y la investigación privada que llevó a cabo y que determinó el cauce del proceso judicial, posiblemente alterándolo y determinando el resultado. Pero es la voz (conciencia) de la propia víctima la que nos presenta esta situación; lo hace desde la cama en la que yace en estado vegetativo, consciente de que nunca saldrá de él, pero también curiosa por saber qué sucede con la apelación de Claus, y ahí entra en juego el abogado judío, origen que tanto el culpable como su nueva novia le recuerdan sin disimulo y con aires de superioridad…
jueves, 5 de junio de 2025
Asesinos natos (1994)
martes, 14 de enero de 2025
Nacido el 4 de julio (1989)
Dentro del cine bélico rodado en Hollywood, el conflicto que más asoma en la pantalla es la Segunda Guerra Mundial. Lógico si uno tiene en cuenta que supuso la victoria bélica más importante de la historia estadounidense y un paso adelante para el expansionismo económico de los Estados Unidos. Su victoria, la particular más que la aliada, supuso su hegemonía mundial, al establecer sus bases, sus fábricas y sus productos en diferentes países, por ejemplo en dos de los derrotados: Japón y Alemania. Solo que no era el único aliado que soñaba su expansión hegemónica. Había un rival que también salía reforzado de la guerra contra los totalitarismos nazi, italiano y japonés. Se trataba de la Unión Soviética, que pasó de aliada a enemiga en una guerra fría que marcaría la segunda mitad del siglo XX, deparando conflictos bélicos puntuales en determinados puntos del globo. El primero de importancia se produjo en la península de Corea, donde estalló una guerra que acabó con la división del país en dos. Por entonces, en el suroeste asiático, los franceses vivían su propio conflicto, el de los movimientos independentistas que pronto se organizaron e iniciaron acciones para liberarse de los colonizadores galos, que fueron incapaces de frenar las envestidas de los rebeldes, cuyos líderes eran mayoritariamente comunistas. Los franceses perderían una guerra que fue el prolegómeno de la posterior que Oliver Stone retrata desde perspectivas diferentes, aunque con una misma intención crítica, en tres de sus películas: Platoon (1986), Nacido el 4 de julio (Born on Fourth of July, 1989) y Entre el cielo y la tierra (Heaven & Earth, 1993). En la segunda de la trilogía, Tom Cruise asume el riesgo de intentar un cambio en su carrera y demostrar que era algo más que un rostro o un héroe infantil, juvenil y patriotero como “Maverick” en Top Gun (Tony Scott, 1986). Así, contaba pasar de héroe de celuloide a antihéroe inspirado en uno de carne y hueso: Ron Kovic. No era una mala idea la suya y no le salió mal; tampoco se equivocó al ponerse en manos de Stone, ni este al contar con aquel en el rol protagonista de la película que ponía imágenes a la cruda autobiografía de Kovic, que también colaboró con Stone en la escritura del guion.
Por entonces, el realizador de J. F. K. (1991) se había entregado a mirar con ojo crítico el pasado reciente de su país y centraba su mirada en el conflicto de Vietnam, al que dedicó las tres películas arriba citadas, pero también de manera periférica lo aborda en Nixon (1995) y J. F. K., en la figura de Kennedy, quien logró eludir la intervención estadounidense en el sudeste asiático, pero cuyas palabras marcan al protagonista de Nacido el cuatro de julio. La película se abre en 1956, cinco años antes de que Kennedy llegase a La Casa Blanca, cuando Ron todavía es un niño que crece jugando a la guerra y disfrutando de los desfiles que celebran la independencia entre otros festejos nacionales. Su voz de off suena sobre las imágenes que Stone expone para expresar una realidad estadounidense: que se trata de la sociedad del espectáculo y de desfiles, tradicional, militarista y de exaltación patriótica, de competición, de héroes, de victorias y de religiosidad exacerbada, tras la que se atisba la intransigencia que asoma en algunas palabras e ideas de la madre del protagonista. Ese entorno luminoso oculta en su seno aquello que no brilla, aquello que el niño, y el adolescente en el que se convierte, ignora por completo. Ronnie crece creyendo en su país, en lo que le dicen, ¿por qué iba a dudar de los sueños y los valores que le inculcan? No cabe duda de que el muchacho es uno de tantos buenos muchachos que crecen en la ingenuidad, en la inocencia, tal vez en la mentira heredada. De modo que no sorprende que se deje asombrar por las palabras del sargento que acude al instituto para exaltar los valores de los marines y el porqué los jóvenes deben alistarse en el cuerpo que afirma es la punta de lanza de la nación. Igual que los alumnos de Sin novedad en el frente (All Quiet in the Western Front, Lewis Milestone, 1930), la primera y, para quien esto escribe, la mejor adaptación de la novela de Erich Maria Remarque, ante las palabras de su profesor, el joven Ronnie se deja impresionar por el discurso del sargento de los marines y se alista en el cuerpo. Son los años de la intervención estadounidense en Vietnam, y Stone traslada la acción a suelo vietnamita durante 1967 y 1968, una ocupación que se justifica con la “estrategia del dominó” que asumen que el comunismo ha puesto en práctica para conquistar el mundo y poner fin al modo de vida estadounidense; lo cual no deja de ser una idea peregrina y la excusa de los militaristas para dar luz verde a una intervención a miles de kilómetros de las fronteras estadounidenses…
Querer el país de uno, también es señalar sus aspectos mejorables o mismamente plantearse cuestiones como en las que insiste Stone, un cineasta cuyo origen e identidad estadounidense asoman en cada una de sus películas. Queda clave que ama su país y por eso mismo lo critica, pues comprende que adularlo sin más no ayudaría a la autocrítica que posibilita asumir errores y el evolucionar. ¿Qué peligro había para Estados Unidos en una guerra que, independientemente del resultado, tal como ya se ha podido comprobar, no iba a afectar ni su existencia como nación ni su modo de vida, aunque quizá sí pusiera en duda que ahora era el imperio en expansión que venía a sustituir al británico? Esta no es la pregunta de Ron, de hecho tarda en hacerse alguna. Su primera reacción al regresar al hogar, después de su estancia en un hospital de “mala muerta”, donde no le queda otra que aceptar que existen imposibles, sufre el ver que hay quien rechaza la intervención. Confunde las protestas y las quemas de banderas con anti patriotismo, es una primera imagen que agudiza su conflicto, que se potencia cuando comprende que a nadie importa su sacrificio y el de miles como él. ¿Qué sentido tiene todo eso? ¿Ha cambiado algo tanta muerte, sacrificio y pérdida? ¿Quién les comprende, si apenas ellos pueden comprender? Para Ronnie es necesario un proceso de maduración, con todo lo que implica, desde la contrariedad a la huida de sí mismo, pasando por la desorientación y la culpa, por su posterior aceptación de quien es, así como su regreso al mundo, un proceso que le permita comprender más allá de los valores y engaños inculcados y del discurso patriótico de su juventud perdida.
jueves, 2 de marzo de 2023
El escándalo de Larry Flynt (1996)
La infancia y la juventud de Milos Forman, su formación en la FAMU, se desarrollaron en un momento durante el cual su país carecía de la libertad básica que precipitó el tema principal que vértebra su obra fílmica: la libertad del individuo frente a cualquier tipo de autoritarismo, opresión política, social o moral, que la impide. A lo largo de su filmografía, el director checo denunció entornos que roban la posibilidad de ser libre a la que se aferra, por ejemplo, el protagonista de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew over the Cuckoo’s Nest, 1975) o el magnate del porno de El escándalo de Larry Flynt (The People vs Larry Flynt, 1996), personaje que, al igual que el Andy Kaufman de The Man on the Moon (1999), hace de su comportamiento “estrafalario” su arma y su defensa contra la intolerancia y la hipocresía. Comportamientos que pueden parecer neuróticos a ojos de los adaptados y defensores del orden social dominante, también se descubren en Mozart o en Goya; por supuesto, en McMurphy, el interno a quien dio vida Jack Nicholson en la película más popular de Forman, aunque este último personaje no se base en alguien real. Todos ellos se expresan por el cineasta checo, que los convierte en agentes defensores de la libertad frente a la amenaza de perderla o frente al autoritarismo que la imposibilita. Por tanto, emplea a sus personajes, basados en tipos reales nada convencionales, no para hacer biopics, sino para denunciar los entornos que actúan contra las libertades individuales; en el caso de Larry Flynt (Woody Harrelson), la de expresión amparada por la Primera Enmienda de la constitución estadounidense. Larry no es ningún héroe, tampoco un criminal ni un pervertido. Es un hombre de negocios diferente, alguien peculiar, que se rebela contra el sistema, la hipocresía y la intolerancia que le persigue y persigue a cualquiera que se desmarque del orden moral dominante y de aquello que se considera políticamente correcto.
<<¿Qué es más obsceno, el sexo o la guerra?>>, pregunta abiertamente tras salir de la cárcel, a la que había sido enviado por obscenidad y relaciones con el crimen organizado —acusaciones de las que es absuelto por el tribunal de apelación—. Larry denuncia que se puede fotografiar la guerra, la muerte o el asesinato de alguien, sin que nadie se ofenda o proteste, pero no el sexo, que, aparte de ser tema tabú para la decencia, la humanidad entera lo práctica a solas, en pareja o en mayor amplitud. Tabú, porque existe quien se avergüenza de ser carnal o quien se niega a aceptarlo como algo natural y vital; sin embargo, es probable que no vean inmoral la venta y uso de las armas. Las sociedad es contradictoria, y quizá en el equilibrio de esa variedad de opuestos resida su mayor riqueza, en su libre expresión; pero cuando alguna peligra, se corre el riesgo de suprimir la libertad que se presume y se da por supuesta. Durante el primer juicio, la defensa que su abogado Alan Isaacman (Edward Norton) hace del caso del magnate del porno, es sencilla e irrebatible, pero el jurado no lo comprende así y declara culpable a Larry, que es condenado por el juez a veinticinco años de cárcel, sentencia en extremo exagerada que el tribunal de apelación invalida. El alegato de Alan vendría a decir algo así como que si no les gusta, el afirma no le gustan las publicaciones de Larry, que no las lean. O lo que sería lo mismo: la libertad consiste en elegir y en tolerar las elecciones ajenas. Pero resulta indiferente, Larry es condenado a veinticinco años de cárcel por publicar una revista. Sin embargo, el tribunal de apelación revoca dicha sentencia. En realidad, ese solo es el principio de la lucha de Flynt, quien, como exhibe en una de sus camisetas, se empeña en dar “por saco” al sistema y a quienes le persiguen por estar rompiendo tabúes, parodiando la moralidad que somete al individuo o hablando con libertad sobre temas molestos para esa hipócrita moral que igual impone su decencia que se reúne en la sombra para dar rienda suelta a cuanto denuncia y persigue a la luz del día. Pero El escándalo de Larry Flynt no solo es una denuncia, también es la historia de amor entre Althea (Courtney Love) y Larry, dos personajes al margen, nada convencionales, no por estrafalarios, sino porque de su círculo íntimo, aquellos que ayudaron a crear la revista, son los únicos que se mantienen fieles a quienes eran antes de enriquecerse.
lunes, 1 de agosto de 2022
The Doors (1991)
¿Discípulo de Dionisio, dios de la fertilidad de origen tracio que los griegos hicieron suyo? ¿Poeta fuera de tiempo o un jinete en la tormenta arrojado a este mundo y entregado al placer, porque solo busca huir de la tempestad que arrastra tras de sí? Pero, de ser Jim Morrison uno de los jinetes aludidos en la última canción que grabó, ¿hacia dónde ir, cuando uno lleva consigo el temporal y la imagen de la muerte? Nadie, puede que ni él mismo, conocería a fondo a Jim Morrison, y seguramente el que asoma en de The Doors (1991) solo es un reflejo de los posibles, pero es innegable que se trata de una gran recreación, el punto más alto de la carrera de Val Kilmer, que crea un personaje contradictorio, hedonista y autodestructivo a partir del mito del famoso cantante de la legendaria banda californiana que da título a este potente y alucinado viaje cinematográfico de Oliver Stone, estrenado el mismo año que su exitosa J. F. K. (1991).
A primera vista, podría parecer que The Doors se encuentra lejos de los intereses del realizador de Salvador (1986) y de la trilogía de Vietnam, pero la ubicación temporal del cuarteto de rock psicodélico le permite continuar transitando la historia estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, ya que el grupo surge avanzada la década de los sesenta, en una época de contracultura, flores y drogas, de lucha por la integración racial, de asesinatos de líderes políticos y sociales —desde John Kennedy hasta su hermano Bobby, pasando por los líderes afroestadounidenes Malcolm X y Martín Luther King— de liberación sexual, de guerra de Vietnam y de otras circunstancias que son clave para entender el distanciamiento de aquella juventud entregada a la “eterna felicidad” y la generación de sus mayores. Jóvenes como Jim y Pam (Meg Ryan) rompen con el conservadurismo de sus madres y padres, cuyos ideales tradicionales arden en las calles de las ciudades y en el campo de batalla que Stone retrata en Platoon (1987).
“Basta de decirnos lo que está bien o mal, basta de mentiras y doble moral, basta de decirnos que todo va bien, cuando nada marcha” parece decir ese sector de la juventud que se lanza a la carretera con Jack Kerouac y en Easy Ryder (Dennis Hopper, 1969) o se congrega en Monterrey (1967) y en Woodstock (1969). La huida, el rechazo y el enfrentamiento estaban servidos: por un lado, los conservadores; por otro, progresistas y los más radicales; y en medio, quienes permanecían en la quietud y quienes preferían escapar hacia el otro lado que encarar ese momento que Stone apunta en una veloz serie de imágenes de archivo o en detalles puntuales como la presencia policial en los conciertos del grupo. El cuento del sueño americano ya no convencía, y jóvenes como Jim ya no creen en él, ni en la sociedad “perfecta”. No pueden hacerlo y se entregan a la búsqueda del placer y a la evasión en viajes más allá de la carretera. Las drogas y el sexo son sus vías de escape, sin embargo no escapan de nada, sino que escapan hacia la nada. Su huida solo es una mentira más dentro del sistema contra el que no se rebelan, ya que su supuesta liberación les encadena de otra manera. Hedonismo, alucinación y contradicción; el querer y no querer de Jim, que camina en la tormenta y a la deriva entre la niñez y la búsqueda de transcender a un nivel espiritual y a un tiempo inexistentes, quizá uno que perpetúe su placer sensorial, al que se entrega en cuerpo y puede que en alma.
Consecuencia del oficio paterno: militar, el cantante es alguien sin hogar fijo —ha tenido tantos que es lo mismo que ninguno—, que inicialmente encuentra su tribu en sus tres compañeros de grupo: Ray Manzarek (Kyle MacLachlan), Robby Krieger (Frank Whaley) y John Densmore (Kevin Dillon). Pero esa sensación de pertenencia a una comunidad familiar que nunca había sentido, apenas dura porque no pretende estabilizarse, ni equilibrar su exceso y poner fin a la autodestrucción y el caos desde el cual rechaza el orden establecido. Ahí, siente una espiritualidad que le hace sentirse por encima, quizá un elegido de las musas. Su éxito le resulta indiferente, aunque al tiempo le gusta. Es otra de las contradicciones de un poeta emocionalmente contradictorio, quizá en el límite donde sus emociones y su desorientación se crispan en su consumo de alcohol, peyote, ácidos y su entrega al desenfreno sexual. Stone toma al personaje, con el cual ni simpatiza ni deja de hacerlo, y filma un viaje a la psicodelia y al caos que precede a la sublimación mediática que dará forma a Asesinos natos (Natural Born Killers, 1994), en la que la sociedad raya en la demencia que convierte en ídolos a dos jóvenes asesinos. Pero no solo es el viaje de Morrison o del grupo, sino de la propia época y de un país del cual el cantante huye hacia el otro lado sin saber si hay ese otro lado.
martes, 2 de noviembre de 2021
World Trade Center (2006)
jueves, 5 de octubre de 2017
Conan, el bárbaro (1982)
martes, 21 de febrero de 2017
Manhattan Sur (1985)
lunes, 3 de marzo de 2014
Nixon (1995)
viernes, 13 de septiembre de 2013
El precio del poder (1983)
jueves, 1 de noviembre de 2012
Un domingo cualquiera (1999)
miércoles, 16 de mayo de 2012
Platoon (1986)
Los pensamientos de Taylor se hacen audibles en varios momentos, cuando Stone muestra al novato escribiendo a su abuela. La correspondencia nos permite comprender aspectos íntimos; por ejemplo su admiración inicial por quienes le rodean, en especial por el sargento Barnes (Tom Berenger), en quien descubre experiencia y seguridad, la necesaria para que sus subordinados crean que pueden sobrevivir e incluso vencer. El pensamiento de Taylor evoluciona al tiempo que se adentra en el inferno donde descubre que nada es como había imaginado a miles de kilómetros de distancia, en un hogar que les condenarían por actos tan brutales e inhumanos como los cometidos en el poblado donde se produce el enfrentamiento entre Barnes y Elias (William Dafoe), el mismo poblado donde un soldado (Kevin Dillon) revienta, a culatazos, el cráneo de un adolescente vietnamita, sencillamente porque la guerra le da vía libre para hacerlo; comprende que nadie dirá nada. En esa aldea se ha desatado la irracionalidad de algunos soldados estadounidenses; incluso el propio Taylor pierde momentáneamente el control sobre sus actos. Este momento remarca más si cabe la división del pelotón en dos grupos con conductas y pensamientos dispares. Barnes y sus seguidores representan la ausencia de cualquier tipo de valor moral para alcanzar sus fines: ya sea la victoria o la supervivencia; en una posición contraria se encuentra el sargento Elias, quien se enfrenta con Barnes, cuando este intenta ejecutar a una niña, después de haber matado a sangre fría a una de las mujeres del poblado. El conflicto moral plantea la perdida de los valores que se pretenderían defender, derechos básicos como la libertad o la justicia; sin embargo han perdido la capacidad de discernir entre el bien y el mal, dando rienda suelta al odio y a la violencia que este genera. Elias dice que ha perdido la ilusión que le dominaba cuando comenzó el conflicto, lo que se traduce en la pérdida de la creencia de estar haciendo algo útil; pero los valores que rigen su comportamiento no desaparecen, porque es consciente de que sus actos sí importan, ya que en ellos reside la única oportunidad para conservar su humanidad. El enemigo que acecha en Platoon es más peligroso que los soldados norvietnamitas, puesto que el peligro son ellos mismos, sus mentiras, las que los han llevado hasta allí, mentiras que les han hecho creer y que Stone recalca a lo largo del duro aprendizaje del novato que, definitivamente, pierde su idealismo cuando Barnes ejecuta a Elias, un momento que quizá simbolice la muerte de la inocencia de la sociedad en la que Chris habría creído hasta entonces.




























