Allá por los años ochenta y noventa del siglo pasado, resultaba una sorpresa descubrir elegancia, entretenimiento e ideas (más o menos) complejas en una misma película; ya que la mayoría aspiraban a entretener desde la repetición y en la superficie —lo cual tampoco era novedad en una industria que sobrevive de la repetición y de la producción en cadena—, sin intención de exigir un mínimo de esfuerzo a su público, que se lo agradecía masticando palomitas y sorbiendo refrescos con la ayuda de una pajita de plástico y luego, ya en los títulos de crédito finales, dejando los envases y los restos de maíces sobre el asiento que había ocupado y en el que no se paraba de mover, incluso dando saltos. El ruido era molesto, más que ensordecedor, y uno pensaba por qué los asientos no tenían cinturones de seguridad, para evitar que alguno saliese disparado, y en la entrada del local no vendían algo menos crujiente, tal vez sopas o cremas, pues quizás el consumo de líquidos más densos o de sólidos más gelatinosos no impidiese que las palabras que, supuestamente debían de envolver el ambiente, llegasen a quienes no masticaban ni bebían. Pero esa es otra historia, la de los negocios que rodean al del cine. Así que, sin participar de sus beneficios, solo te quedaba sentarte y aguantar a quien te tocase delante, detrás o a los lados —tal vez, pensarían lo mismo de mí, salvo por las palomitas y bebidas que no consumía, pues mi objeto de consumo era la película—. Incluso alguna vez, temí y deseé que fuese encima…
En fin, se apagaba la luz y entonces se confirmaban tus temores, que sí te importaba la estatura del tipo de delante, puesto que no te permitía ver parte de la pantalla y te obligaba a movimientos que tu espalda no te agradecía, tampoco tu cuello. Ni los movimientos propios ni los ajenos te dejan concentrarte, eran momentos en los que pensabas que razón tenía Mel Brooks con aquello de <<¡qué bueno es ser rey!>> Y los ruidos y las voces, que se superponían a las que salían de los altavoces, se hacían más fuertes que las de la película, ya fuese un sistema Dolby o el sonido THX desarrollado por la empresa de Lucas. Lo bueno de entonces, era la ausencia de las luces de los teléfonos móviles; si tal, asomaba de vez en cuando un mechero en la oscuridad, posiblemente que permitiese practicar para algún concierto próximo o para leer la hora; o una lucecita en los relojes que la tuvieran. Todo ello era maravilloso porque te hacía sentir menos que nada, parte del azar, del saber que nada pintabas en un cine o en cualquier otro lugar de espectáculo —peor era visitar una oficina administrativa y comprender mejor a Kafka o sentir la necesidad de expresar: <<prefería no hacerlo>>.
Allí, en la sala de cine, reflexioné sobre un misterio que había dejado de serlo cuando comprendí y acepté que la razón principal no era la película —quizá por ello dejase de ir al cine y empezase a ir al teatro, donde el público, aunque hablé y consulte todo el tiempo su móvil, no puede consumir palomitas ni refrescos—, sino la promesa de evasión, para unos, y el masoquismo, para otros, ya fuese el sufrimiento en forma de golosinas, de sentirse rodeado de ruidos, e incluso de manoseos y besos, de risas a destiempo que impedían escuchar el chiste que corría el riesgo de perderse entre la expresividad de los sentidos del humor precoces, impacientes, incontenibles, o de una película que era para echar a correr e imitar a Forrest Gump. En todo caso, el cine de aquellos años llegaba a sorprenderme y algunas de sus propuestas me resultaban emocionantes y atractivas; incluso las había que me parecían simpáticas, otras magistrales y de algunas no sabía qué pensar hasta que las veía en la tranquilidad de la soledad. Así disfruté El misterio von Bülow (Reversal of Fortune, 1990), que catalogué como un vehículo de lucimiento para uno de sus actores, Jeremy Irons, y para uno de los personajes, el abogado protagonista. Saltaba a la vista, ya desde su presentación, que él era el motor moral del film, y, sobre todo, saltaba al oído en la escena en la que una de sus alumnas le recrimina la defensa de von Bulow, quien ha sido declarado culpable, y el profesor en Leyes le recuerda en un discurso, tan preparado en el guion como la censura de la chica, el porqué de aceptarla…
Pensando en El misterio von Bulow, me deparó en sus analepsis la amarga, silenciosa y dolorosa sombra del ocaso matrimonial de Sunny (Glenn Close) y Claus (Jeremiah Irons); y, en su presente narrativo, la intriga judicial reflexiva, simpática y ambigua, incluso elegante, cínica e irónica, que narra la defensa de un declarado culpable, defensa asumida por Alan Dershowitz (Ron Silver), el personaje que debe lucir en pantalla porque es quien defiende el derecho a la defensa, no porque refleje al autor del libro que Nicholas Kazan adapta a guion, el que Barbet Schroeder filma para adentrarse en la alta sociedad estadounidense —la primera secuencia, un travelling aéreo (panorámico) de las grandes mansiones de la costa de Rhode Island, lo deja claro— y en el sistema legal de un modo diferente al que, por ejemplo, hacen los libros de Dave Grisham y las adaptaciones cinematográficas de los mismos, más pendientes del héroe u heroína que de las cuestiones legales que preocupan al personaje interpretado por Ron Silver en esta película de Schroeder, una de las más populares de las suyas, que puede verse como una intriga judicial o como un ejercicio cinematográfico en el que se defiende el derecho de toda persona a ser defendida, ya sea culpable o inocente. Como apunté arriba, el actor británico se lleva la palma —aunque Silver no le anda a la zaga—, en este caso fue el Oscar al mejor del año, pues Jeremy Irons da vida y credibilidad al elitista y ambiguo Claus von Bulow, el declarado culpable de haber intentado asesinar a Sunny en dos ocasiones. Pero todo cae en la ambigüedad, similar a la del culpable, nada queda claro, aunque parezca estarlo, El abogado, también profesor en la universidad (Harvard y Maryland) y apasionado de los Celtis de Boston, no acepta el caso porque le considere inocente, pues da por hecho que no lo es, sino por evidenciar la mala práctica que hizo la acusación, la familia de la víctima, y la investigación privada que llevó a cabo y que determinó el cauce del proceso judicial, posiblemente alterándolo y determinando el resultado. Pero es la voz (conciencia) de la propia víctima la que nos presenta esta situación; lo hace desde la cama en la que yace en estado vegetativo, consciente de que nunca saldrá de él, pero también curiosa por saber qué sucede con la apelación de Claus, y ahí entra en juego el abogado judío, origen que tanto el culpable como su nueva novia le recuerdan sin disimulo y con aires de superioridad…

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