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Rincones sin esquinas: coincidencias

Uno de ellos, el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, lo leí antes, el otro, Visión desde el fondo del mar de Rafael Argullol, después de publicar Rincones sin esquinas. Pero en ambos encontré aspectos que me resultaban cercanos, incluso sentí que formaban parte de mi propio pensamiento; eso es lo curioso, aunque ya no me sorprenda el hecho de descubrir similitudes y que las personas compartamos más ideas de las que creemos. Pensando en los tres libros de la fotografía, me dije que tienen en común que se construyen en el alma, la que Argullol asume como <<una emoción del pensamiento>>, y yo sitúo en uno de los “rincones sin esquinas” que dan título a mi libro, un título que hace referencia a una ubicación mental inexacta, compleja en su no estructura, envuelta en la niebla, salpicada de luces y sombras, que sabemos ahí y que no podemos visitar salvo en el pensamiento y la imaginación, la que permite reconstruirnos constantemente, aunque no seamos conscientes del continuo juego de destrucción y construcción que se produce en nuestro interior. Allí, <<atravieso tiempos, atravieso silencios, mundos sin forma pasan a través de mí>>, escribe Pessoa en su libro. Allí, creamos los pasados, puesto que estos no existen en el presente salvo en su evocación y en los restos de un naufragio temporal que nos llega en forma de recuerdos, testimonios o fuentes históricas. Son fantasmas y, como espectros, alucinaciones de la realidad y de la fantasía, asoman en las páginas del libro. Además, en Rincones sin esquinas no se trata de hablar de cine ni de literatura, tampoco de historia, ni de arte ni de piedras, aunque se hable de ellas, sino que todo ello (y más) sirve de excusa para recorrer un espacio emocional, por lo tanto vivo, en la quietud y en movimiento; igual que tampoco se trata de exponer en sus páginas una ciudad física, sino una idea de la ciudad como nexo que une los distintos pretéritos que confluyen en el presente del personaje que la camina en soledad; de ahí que todos los pasados sean evocados en presente, que es el tiempo en el que el paseante los piensa y los recupera. Así, recordando y recordándose, logra unir la memoria individual con la colectiva, con la de la propia ciudad, con la de la historia y la cultura más allá de la ciudad que habita en él, que vendría a ser diferente a la que él habita; pues una se edifica en la imaginación y la otra en un espacio histórico-geográfico. En este aspecto, el libro es introspectivo, un viaje al interior de la ciudad y de ese individuo que busca, camina, contempla, sueña, recuerda, olvida…


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