Ir al contenido principal

Yi yi (2000)


En prácticamente todas las sociedades, la familia es uno de los pilares sociales y, a menudo a lo largo de la historia, uno de los más opresivos (autoritarios y protectores) para con sus miembros, al establecer normas castradoras para quienes de los suyos estaban supeditados a la autoridad familiar —el caso de la mujer es quizás el más evidente—. Dicha autoridad habría permanecido hasta no hace mucho en manos de uno de sus miembros, que solía ser el padre. Esto puede verse a la perfección en la figura de Marlon Brando en El padrino (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972), pero solo es un ejemplo de los miles que ha dado el cine, que ha sido un buen medio para mostrar los diferentes tipos de familia: desde las numerosas hasta las monoparentales, desde las opresivas hasta las más liberales, también para prestar su atención a familias en construcción y otras en destrucción, o a aquellas que llegan de dos diferentes e intentan ser una…


La mayoría de los grandes directores la han abordado de un modo u otro en alguna de sus películas. Ingmar Bergman lo hizo mirando desde la niñez en Fanny y Alexander (Fanny uch Alexander, 1982) o John Ford mostrando la descomposición familiar y la fuerza maternal que intenta evitarla en ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley!, 1941) y Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940). Yasujiro Ozu, por ejemplo, era asiduo a visitar familias en su cine. Se sentaba a la altura de sus miembros y los contemplaba y escuchaba sus silencios. Nos hacía partícipes de su cotidianidad contenida, de sus historias de Tokio o del vecindario, historias en aparente quietud, pero emocionalmente llenas de honestidad y de pensamientos, sentimiento y emociones que intuimos a partir de la observación a la que nos invita el gran cineasta responsable de El otoño de la familia Kohayagawa (Kohayagawa-ke no aki, 1961). Como digo, han sido muchos, incluso Ettore Scola escogió el sustantivo común para hablar de una que habitaba en su memoria en La familia (La famiglia, 1987); mismamente Jerry Lewis se decantó por titular Las joyas de la familia (Family Jewels, 1965) a su comedia sobre la ruptura, el desapego, la diversidad y la distancia familiar. Por contra, Edward Yang elige un título que individualiza, opta por el “uno a uno” de sus miembros para hablar del núcleo familiar de Yi yi (2000), su último largometraje, que le valió el premio al mejor director en Cannes.


La historia propuesta por Yang se centra en una familia de clase media de Taipéi, la capital de Taiwán, donde la tecnología, los negocios y la tradición parecen darse la mano, pero ese mismo núcleo está compuesto por individuos autónomos, cada uno tiene sus pensamientos y su mirada, sus sensaciones e impresiones; lo que depara que la suma de todos amplíe la mirada al mundo moderno, a la familia y a la ciudad. Yang inicia su recorrido familiar como Coppola en El padrino, en la celebración de una boda —lo concluirá en un funeral y la idea de un recién nacido todavía sin nombre—, que resulta un excepcional momento para detenerse en los momentos que posteriormente irán asumiendo mayor protagonismo. Desde ese primer momento, la historia sigue a N. J. (Nien-Jen Wu), un hombre de mediana edad, casado con Min-Min (Eleine Jin) y padre de la adolescente Ting-Ting (Kelly Lee) y del niño Yang Yang (Jonathan Chang), pero los personajes forman un núcleo mayor al pertenecer a esa otra familia que, a gran escala, es la propia sociedad, la cual también tiene sus normas y sus lazos, aunque no tan fuertes, pero sí igual de opresivos y represivos llegado el caso. Yang es delicado, elegante, observador, así realiza esta espléndida exploración social, familiar y urbana por el Taipéi moderno donde la familia nos recuerda nuestra humanidad, nuestros lazos y nuestras cargas, de un modo honesto, sin buscar ningún efecto explosivo, provocado para llamar la atención y priorizar lo que se supone acción. El cineasta taiwanés no lo precisa, sabe, como Ozu, que contemplar las emociones y las sensaciones, los comportamientos y las relaciones, nos descubre mucho más de lo que aparenta la quietud y las llamadas pequeñas cosas, que en realidad son las que engrandecen cualquier vida, porque son las que van dándole su forma. Por eso contempla distintas posibilidades y las edades de la vida (infancia, adolescencia, madurez y vejez), aunque haya tantas variantes de las mismas como personas en su tránsito vital. Pero él ve esas o quiere mostrarnos esas. Es su derecho y su elección como persona y como artista, como el niño que fotografía las nucas, las espaldas, la cabeza en su parte posterior, porque no podemos verla, por eso nos ayuda, por eso nos invita a reflexionar (y toda reflexión exige detenerse y buscar entre las distintas posibilidades que descubrimos o intuimos). Quizás la elección de esa mirada contemplativa, y a la vez consciente de que apenas sabemos, sea la única posibilidad de ver, de pensarnos y de expresarnos con honestidad…

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...