Como escritor, Carlos Rojas sabía que tenía las herramientas y la libertad necesaria para ser el creador de un mundo literario regido por sus normas y sus caprichos. En él, era Dios y diablo, era principio y fin de cuanto asoma por las páginas de obras como El ingenioso hidalgo y poeta Federico García Lorca asciende a los infiernos. Y como intelectual, sabía que no podía darse por satisfecho, que no podía acomodarse, tampoco posicionarse sin plantearse ni plantear. Así que buscaba darse respuesta a los diferentes temas y preguntas en las que se detenía y en los que profundizaba para comprender, para ser consciente de que tras la imagen vendible y visible, aquella que se nos muestra para que la aceptemos sin plantearla, hay tantas más que se nos velan y que, a pesar de su invisibilidad, contienen tal veracidad e información que permiten ya no respuestas, sino mirar la Historia y a nosotros mismos con una actitud crítica y analítica que se distancia y que pone en duda las imágenes mayormente propagadas, las que se aceptan porque resultan más cómodas y ajustadas a los intereses dominantes en cada época. Una de las intenciones del intelectual es la de desvelar esos aspectos que se ocultan en las sombras; y en ellas se instalan las novelas de Rojas, en lugares como el infierno donde, en esta novela, se descubre García Lorca o en el anonimato desde el que Primo de Rivera recuerda sus encuentros (ficticios) con Stalin en Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera.
Y uno de sus temas, al que regresó a lo largo de su obra literaria, es la Historia de España, sobre todo la de los años que rodean y caen de pleno en la guerra civil, en títulos como ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!, Azaña, Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera o en esta novela en la que concede el protagonismo a Federico García Lorca, a quien condena al infierno donde el poeta revive una y otra vez su historia, la de sus últimos días en la tierra… Entonces, ¿quién nos habla? ¿Un muerto o un fantasma? Ambos, que son uno: el condenado a revivirse, el que recuerda, sueña, recrea y se examina en un teatro sin público donde no puede más que anhelar su liberación, el olvido de sí mismo, mientras se repite su pena de ver su historia dentro de la Historia; la que se nos desvela a medida que el personaje se analiza en ese infierno escénico donde aguarda el juicio que le libere de recordarse y recordar aquellos días en los que España se aniquilaba. En las páginas de Rojas, personajes como Federico, como José Antonio o, mismamente, Azaña y Unamuno, —también Goya o Godoy—, son “espectros” que se buscan, son conciencia de sí mismos y de su época, pues al tiempo que se exploran y se plantean, hacen lo propio con los hechos que afectan sus vidas y que marcan el desarrollo de sus existencias o inexistencias…

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