La Glásnost no se pone en marcha en la Unión Soviética hasta 1985, cuando Gorbachov asume reformar el país e inicia su apertura política. Pero en La vida de los otros (Das Leben der Anderen, 2006) se da por hecho que ya funciona en 1984, cuando los rótulos explicativos al inicio del film ubican la acción en la República Democrática Alemana en ese año que no fue inventado por George Orwell. Muchos conocidos y desconocidos quizá recuerden el año 1984 por ser el título de la popularísima novela del británico, por la celebración de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, por el (vídeo) Thriller de Michael Jackson o, en un ámbito más local, por el retorno de Castelao a Galicia. Y pocos lo reconozcan por ser el año de la hambruna etíope (y el alrededor del millón de muertos que deparó), por el desastre químico en Bhopal (India) y sus más de tres mil víctimas, por el descubrimiento del virus del SIDA o por las lluvias y vientos que nos trajo el temporal Hortensia, una rareza, pues, entonces, no existía la “obsesión” de ponerles nombre o, al menos, no recuerdo que fuese un uso común. En la actualidad, sí. Se etiqueta y da nombre a todo, tal vez para amedrentar o enfatizar; en todo caso, ya apenas significa, pues ninguna etiqueta ni nombre exigen; parecen estar ahí para ayudarnos a huir de las cuestiones e ideas complejas, de pensarlas, plantearlas o dialogarlas…
Las letras nos informan y afirman que en la Alemania Oriental todavía no se estaba llevando a cabo esa reforma que, al expresarlo impreso en pantalla, Florian Henckel von Donnersmarck asume que ya se estaba produciendo en la URSS. La Glásnost depararía el final de la era soviética y de sus países satélites, mas ese error de fecha no es determinante para el desarrollo de los temas a tratar en esta película cuyo marco temporal podría ser una elección que obedeciese a motivos no históricos. Quizás Donnersmarck la iniciase en 1984 y no en 1986 o 1987, cuando la Glásnost era la realidad política liderada por Gorbachov, porque escoge desarrollarla el mismo año que Orwell eligió como título para su novela, la cual iba a llamarse 1948. De haberse titulado así, la referencia a la guerra fría y a las superpotencias que controlaban el mundo hubiera sido mucho más obvia de lo que ya es cuando uno viaja a través de sus páginas a un estado totalitario en el que nadie está solo y, sin embargo, vive en la más absoluta soledad, en el aislamiento y en el sometimiento a un ojo que todo lo ve y a un oído que todo lo escucha. Esa es la habilidad del Gran Hermano y su maquinaria de control: el saber todo de todos, lo que le posibilita predecir, conducir, manejar, esclavizar y crear pensamientos para sus sometidos. Estos ya no podrán pensar por su cuenta, carecerán de herramientas y de libertad para hacerlo; tal como sucede en un mundo que recurre a los algoritmos para encontrar respuestas e ideas, un mundo que se vacía de la palabra y del pensamiento y que abraza como nueva deidad a los motores de búsqueda que solo les conducirán a donde les hayan programado. Esto que ahora resulta una de las realidades de nuestro tiempo y también de las del tiempo de Orwell, existió con su tecnología durante la guerra fría que enfrentó en un conflicto político, económico e ideológico a las dos superpotencias que dominaron el mundo durante más de cuatro décadas. Una de ellas, la soviética, se extendió desde Europa oriental llegando hasta el corazón mismo de Alemania. Lo hizo durante, cuando avanzaba hacia Berlín tras una larga lucha de supervivencia en su propio territorio, y tras la Segunda Guerra Mundial, cuanto el país teutón se encontraba dividido en cuatro partes. Tres de ellas fueron devueltas a los alemanes y una cuarta también. Aquellas formaron la República Federal Alemana, con clara influencia capitalista estadounidense, y la última creó la RDA, un estado prosoviético que, obviamente, abrazó el comunismo, inicialmente el estalinista, que era el que se imponía en el resto de países que, andado el tiempo, formarían el Pacto de Varsovia.
En el supuesto mundo libre, las personas gozaban y gozan de privacidad o eso creían y creen. Y en cierta medida, la tenían y tienen, solo que no la deseaban ni la desean, puesto que su anhelo de ser reconocidos les ha llevado a vender sus vidas y a exhibirlas para lograr un “me gusta”, un aplauso, un reconocimiento superficial a su pose de cara la galería. Mientras, en las dictaduras comunistas, las personas carecían de privacidad y la anhelaban; existía la desconfianza, la posibilidad de estar siempre acompañado por los guardianes del orden, una compañía indeseada, invisible, inodora e inaudible hasta el día que entraban en las casas para llevarse a quienes habían estado observando cada movimiento, cada conversación, cada suspiro y jadeo. La intimidad espiada, el individuo observado y escuchado, un estudio detallado de su comportamiento, de sus actividades, de sus palabras. El saberlo todo de los otros, el conocimiento que permite manejarlos, predecirlos, condicionarlos, atraparlos en la red no fue ni es una exclusividad de las dictaduras, sino de todo sistema de control. De hecho, existe en nuestros días, en nuestros lugares. Todos ocultamos algo, incluso a nosotros mismos. Exhibimos una cara y escondemos otras; depende de donde nos encontremos y ante quien. Nos avergonzamos de aquello que no queremos que salga a la luz; pero ignoramos que lo que nos avergüenza no es excepcional. Es decir, no es una excepción, sino la norma. El vouyerista, en este caso el capitán Gerd Wresler (Ulrich Mühe) y también el Estado autoritario, solo vive a través de los otros, de lo que hacen y dejan de hacer. Esas vidas ajenas son las que le dan sentido, pues las propias carecen de él. Es como si, ante la ausencia de quien espiar, se apagasen, no viviesen, no existiesen. Así, la stasi, la policía de la RDA, quizá la más brutal debido a que era la guardiana de la primera línea, se erigió en la mirada y la escucha del sistema, y así, hombres como Wresler se transformaron en fantasmas de los otros, en espectros y vampiros que rondan las existencias de quienes como el escritor Georg Dreyman (Sebastian Koch) son elegidos por el sistema o por sus codiciosos dirigentes.
No se puede vigilar a los altos cargos del partido, pero los altos cargos tienen el privilegio de ordenar que se vigile a quien desee que sea espiado, para encontrar en su intimidad algo con que atacarle y sacarle de en medio, o hacerle callar. El ministro Hempf (Thomas Thieme) se ha encaprichado de Christa-Maria (Martina Gedeck) y, por ello, quiere deshacerse de Dreyman, su novio, porque lo considera un obstáculo y un rival al que no puede vencer cara a cara. Como alto cargo político, la solución más sencilla para Hempf, puesto que nadie le pedirá cuentas, es deshacerse del escritor sacando a relucir cualquier trapo sucio que implique o insinúe una sombra de traición al régimen. Así que ordena al teniente-coronel Grubitz (Ulrich Tukur), un arribista capaz de todo con tal de ascender y lograr el poder suficiente para no tener que ser el “lameculos” de sus superiores. Así se descubre que existe una complicidad en el sometimiento, porque los sometidos son predecibles y esperan, a cambio de su sumisión, su recompensa: su lugar, su tranquilidad, su éxito. Pero, al igual que aquellos a quienes escucha en la solitaria clandestinidad de un cuarto, también el capitán Wiesler se descubre atrapado. Empieza a darse cuenta de su prisión gracias a la vida de los otros. Mas, si lleva años sirviendo a los amos, ¿por qué ahora? Posiblemente, porque no es libre, ni en su realidad fílmica ni en su condición de personaje creado por Florian Henckel von Donnersmarck, en su doble función de director y guionista, para contar su historia, para mostrarnos lo que quiere que veamos y escuchemos, para llevarnos a donde desea que vayamos, que es lo que hace todo narrador o cuentista, también todo Estado, líder político y gran empresario, que muestran lo poco que tienen en una mano mientras oculta lo que llevan en la otra, que es la que mejor manejan o, al menos, así parecen pensarlo…
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