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Cartas a Iris (1990)


Contar con Martin Ritt tras las cámaras era una garantía, pues no cabe duda de que se trataba de un director capaz de sacar adelante cualquier proyecto, incluso de hacer grandes películas, que no es el caso de Cartas a Iris (Stanley & Iris, 1990), su último largometraje y quizás el peor de los ocho que dirigió a partir de un guion coescrito por el matrimonio Harriet Frank, Jr. e Irving Ravetch, con quienes inició su colaboración en El largo y cálido verano (The Long, Hot Summer, 1958). La historia de amor proletario y de superación propuesta por Ritt en este melodrama resulta un tanto tramposa, en el sentido de que se nota la intención de condicionar y emocionar a su público desde el primer momento, cuando la pareja protagonista se conoce en un callejón, tras correr ambos detrás del ladrón que roba el bolso de Iris (Jane Fonda) en el autobús. En ese ínstame, el único que la ayuda es Stanley (Robert De Niro) y se comprende que su ayuda solo es el gesto que posibilita que ambos se conozcan y, de ahí, intimen a lo largo de este melodrama que no encuentro a la altura de lo mejor de Ritt, que había vivido días de cine más brillantes en El espía que surgió del frío (The Spy Who Came from the Cold, 1965), en Odio en las entrañas (The Molly Maguires, 1970) y en La tapadera (The Front, 1976), por citar tres de sus films más representativos.


En Cartas a Iris, cuyo guion se basa en la novela homónima de Pat Baker, Ritt propuso un acaramelado acercamiento a la cotidianidad laboral y familiar de una mujer viuda y de un hombre analfabeto atrapados en su condición obrera y personal, dos personas que encuentran una vía de escape a su cruda rutina en su relación de amistad y de lo que surja a partir de ese acercamiento en el que Iris se erige en la figura de la heroína cotidiana, la de una luchadora que asume el peso de sacar a flote a su familia —dos hijos, su hermana y su cuñado— y de ayudar a Stanley a aprender a leer. Se trata de una mujer que sufre la ausencia de su marido, muerto ocho meses antes de que se inicie su recuperación gracias al idilio de amor y superación que genera la sensación de estar ante un artificio emotivo, hecho para el lucimiento de sus dos estrellas. Obviamente, cada paso dado en la pantalla esta totalmente medido, mas quizá no sentido en su representación, desde el encuentro del dúo hasta el final del film, pasando por la situación iletrada de Stanley y las relaciones familiares de ambos, la de ella para mostrar su entereza y la de él para desvelar su imposibilidad, la de una situación que le margina dentro de la marginalidad (económica, laboral y social) en la que habitan los trabajadores como él e Iris…

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