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Gorky Park (1983)


El panorama tampoco había cambiado demasiado con el ascenso al poder de Yuri Andrópov, en noviembre de 1982; al menos en apariencia, porque siempre sucede algo más allá de lo que vemos y de lo que nos dan a conocer. Es decir, el presente, el ahora que vivimos, empieza antes. De esa forma se van gestando las posibilidades, por ejemplo las que prometían las posteriores glásnost y perestroika. Pero entonces, a comienzos de los ochenta, la rivalidad entre las dos superpotencias era un hecho y las autoridades soviéticas se negaron a dar los permisos para que el rodaje de Gorky Park (1983) pudiese realizarse en Moscú —no sería hasta Danko, calor rojo (Red Heat, Walter Hill, 1988) que un equipo hollywoodiense pudo entrar a rodar en la capital bañada por el Moscova—, que es el lugar donde se desarrolla la mayor parte de los hechos narrados en la novela de Martin Cruz Smith en la que se basa el guion de Dennis Potter. Uno de los motivos que se dieron fue que en la Unión Soviética no existían crímenes como el expuesto en el film, aunque la verdadera explicación de esta negativa se encuentra en la guerra fría, que era la realidad geopolítica que todavía vivían dos imperios cuya rivalidad databa de antes de la Segunda Guerra Mundial —lo de ser aliados durante este conflicto bélico obedeció a las distintas circunstancias y necesidades del momento—, a pesar de que el fin perseguido por ambos fuese similar. No se trataba tanto de una finalidad ideológica, que era la excusa, como de una cuestión de poder y económica, de imponer su economía y controlar los mercados internacionales para beneficio propio —algo así como imponer sus productos y servicios a todo el mundo, controlados y vendidos bajo las condiciones de unos u otros, por seducción o por imposición, según el caso—. Así que el británico Michael Apted hubo de conformarse con rodar Gorky Park en un Moscú que era Helsinki disfrazado de moscovita. Una vez más, valía el “un árbol es un árbol” que King Vidor había empleado para dar título a sus memorias…


En el cine, el lugar real no importa; un espacio físico puede pasar por otro mientras el cambio no entorpezca la acción o te saque de la trama, tal vez porque una de las realidades del cine es que no es la realidad, sino una de las posibles representaciones de la misma. Otra cuestión sería preguntarnos qué es la realidad o si esta existe para todos en una sola forma, o si fantaseamos paraísos para huir de nuestros miedos, pero ¿qué respuesta satisfaría a todos? ¿Habría una única que nos contentase? O, sencillamente, plantear sí la realidad existe en sí misma o nace de la inventiva humana para dar explicación a cuanto observamos, experimentamos, tememos, sentimos, ignoramos, aunque intuimos o deseamos... Tal vez, a ello, se deba la necesidad de reconstruir rostros que determinen quiénes somos; una pregunta que dudo tenga respuesta. De ese modo, un parque de la capital finlandesa pasó a ser el Gorky, cuyo nombre rinde homenaje al reconocido escritor Maxim Gorki, autor entre otras de La madre, cuya adaptación cinematográfica más reputada corrió a cargo de Vseudolov Pudovkin. Allí, en dicho lugar, donde se citan los moscovitas para pasear, charlar o practicar patinaje, varios agentes de la milicia descubren tres cuerpos sin rostro enterrados bajo la capa de hielo y nieve. ¿Quiénes son? ¿Por qué fueron asesinatos y mutilados? La investigación correrá a cargo de Arkady Renko (William Hurt), un oficial de la milicia de Moscú en quien recae el protagonismo absoluto de la intriga propuesta y que, avanzado el metraje, unirá sus fuerzas a las del detective estadounidense al que da vida Brian Dennehy, que se encuentra en la capital rusa para investigar la desaparición de su hermano; lo que supone un encuentro en el que se evidencian las diferencias culturales e ideológicas a superar, si pretende resolver el crimen en el que encuentran en la KGB y en el también estadounidense Jack Osborne (Lee Marvin), que había sido agente de la OSS, a sus principales sospechosos…

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