Ir al contenido principal

Memento (2000)


La memoria no es perfecta, ni falta que hace, es subjetiva y selectiva, fragmentaria, siempre incompleta, no devuelve el pasado, lo reconstruye en fragmentos. Pero, en cierto modo, sí lo es, pues su imperfección nace de la nuestra. Así que nos sienta perfectamente; nos redondea y nos ayuda a intuir lo que fuimos, a ser lo que somos y tal vez nos aventure lo que seremos. En todo caso, solo nos acordamos de lo que se sale de la norma y lo recordamos según quienes somos en el mismo momento en el que volvemos la vista atrás y descubrimos que no podemos devolver su cuerpo al tiempo fantasma, solo podemos percibir algunas de sus formas entre la niebla que las envuelve y que nos separa de cualquier entonces. Memento, palabra latina que traducimos por el imperativo “recuerda”, puede referirse a la memoria, pero también a una recopilación de hechos, de búsquedas y de respuestas. Aunque memoria y recopilar pueden entenderse como una, puesto que nuestra memoria recopila imágenes del ayer, aunque, como imágenes, no son tangibles ni son los hechos que evocamos y creemos traer al presente, que es el único tiempo en el que somos y en el que el pasado y el futuro se igualan en su incertidumbre y la imposibilidad de sentirlos, de vivirlos. Nadie vive en el ayer ni en el mañana, no podemos regresar a un punto existido y extinguido, ni siquiera si pudiésemos dar saltos temporales; pues, de ser así, el pasado y el futuro serían el presente del saltarín, que ya sería otro. Más que nada, el recuerdo es la idea que nos hacemos de ese tiempo pretérito que ya no existe salvo en su evocación y, si se trata de un pasado personal, las piezas recuperadas —y alteradas en el proceso de intentar traerlas al ahora— son piedras en la construcción de la identidad de quien se recuerda en presente, aun sin estar haciéndolo de modo consciente. Recuerda, nos exige la memoria que forma parte de nosotros, es nosotros, pues, a la vez que contribuye a dar forma a nuestra identidad en constante construcción, nos permite recordarnos o recordar aquellos que creímos ser. Pero ¿y si no hubiese memoria o la perdiésemos? Entonces ¿quiénes seríamos? ¿Dejaríamos de ser?


Identidad y tiempo son los dos ejes sobre los que gira el cine de Christopher Nolan desde Following (1998), su primer largometraje. Pero es en Memento (2000), o tras su éxito, cuando ambas señas de identidad de su cine se reconocen a nivel internacional. Desde entonces, y a lo largo de su filmografía, se descubre que le preocupa el tiempo, el jugar con él, para jugar con su público. Ese juego temporal es una de sus constantes cinematográficas, tal como pueda serlo la identidad. En realidad, ambas van unidas, si damos por hecho que la identidad de un individuo o de un pueblo se hace en el tiempo y a lo largo del tiempo. Constantemente, nos construimos, porque vivimos en una destrucción constante; al menos así será hasta que dejamos de pensarnos y otros nos piensen, pero, y si sucede como al protagonista, cuya conciencia temporal ha sufrido y se ha anulado. ¿Cómo va a curar sus heridas, si no siente el tiempo, si está fuera de él? Leonard (Guy Pearce) se lo pregunta y, en esta marginalidad en la que se encuentra, no deja de ser un náufrago que busca regresar a sí mismo… Pero el cine de Nolan no destaca por cuestiones existenciales complejas sino por ese jugar suyo con la ilusión del tiempo y, para ello, crea el espejismo de ir dando saltos. Esto es posible gracias al montaje, que en el británico es una herramienta narrativa imprescindible, en las antípodas del Sukurov que en El arca rusa (2001) rueda su película en un solo plano secuencia, por lo que el montaje es prescindible. Ahí, en el interior del Hermitage, donde también se citan memoria, tiempo, fantasmas e identidad, lo imprescindible es la planificación milimétrica y su perfecta ejecución, la que dará la sensación de continuidad, de armonía y danza; mientras que en Nolan se da la fragmentación y la desorientación que implica el no poder reconstruir las piezas del rompecabezas humano: ¿el quién soy en cada momento, puesto que siendo el mismo, soy muchos distintos?…

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...