sábado, 24 de enero de 2026

John Reed, en tres prefacios


Antes de leer a John Reed y su crónica Diez días que estremecieron al mundo, tenía una idea suya, pero dudo que se tratase de un prejuicio, más bien se trataba de una imagen popularizada que, sin enjuiciar al periodista, no me pertenecía. No la había gestado dentro. Había llegado del exterior y me dibujaba al personaje con rasgos físicos que, careciendo de psique, eran intercambiables con los de la imagen de Dick Tracy. Y era así, porque lo veía como si fuese Warren Beatty moviéndose por un decorado donde la idea de Reed y la del famoso actor se fusionaban para deparar la imagen del héroe y del protagonista, más que la de un testigo parcial de un instante histórico. Aquella imagen, la que se grabó en mi pensamiento tras ver Rojos (Reds, 1981), me acompañó, dos o tres décadas después, durante la lectura de este libro cuyo prefacio para la edición estadounidense fue escrito por Vladimir Ilich Lenin en 1919, lo cual tampoco me aporta más que la certeza de que el líder bolchevique daba el visto bueno a lo que Reed contaba en su relato de los hechos. <<Desde el fondo de mi corazón lo recomiendo a los obreros de todos los países. Quisiera que este libro fuese distribuido por millones de ejemplares y traducido a todas las lenguas, ya que ofrece un cuadro exacto y extraordinariamente útil de acontecimientos que tan grande importancia tienen para comprender lo que es la revolución proletaria, lo que es la dictadura del proletario>>. Queda claro que el líder revolucionario concede suma importancia a la comprensión de una perspectiva favorable; ya lo dejó claro cuando asumió la propaganda como uno de los factores claves para la difusión de sus ideas políticas, suyas puesto que, al fin y al cabo, las ideas de la revolución eran de un número reducido de mentes, entre ellas la suya y la de Trosky… Partiendo de esto comprendí, antes de la lectura, varias cuestiones: que siempre he recelado de las recomendaciones (y que huyo de recomendar), el posicionamiento ideológico del periodista estadounidense y que la imagen que expondría sería acorde a la que Lenin buscaba mostrar de sí mismo y del movimiento que lideraba. Para Reed, eran héroes; para él significaba un antes y un después. Y así fue para el resto del mundo, aunque no como suponían los ilusos.


Un prefacio abre una posibilidad, una imposición, una duda, un espacio, incluso un diálogo, pero en Diez días que estremecieron al mundo, el de Lenin (en la edición que tengo) abre a otros dos prólogos: el de la pedagoga, revolucionaria y comisaria (del partido) Nadezhda Krúpskaya, escrito para la primera edición rusa, y el del propio John Reed. El primero apunta que <<Este libro describe, con una intensidad y un vigor extraordinarios, los primeros días de la Revolución de Octubre. No se trata de una simple enumeración de hechos, ni de una colección de documentos, sino de una serie de escenas vividas…>> Krupskaya también apunta que <<John Reed no fue un observador indiferente. Revolucionario apasionado, comunista, comprendía el sentido de los acontecimientos, el sentido de la gigantesca lucha. De ahí esa agudeza de visión, sin la cual no habría podido escribir un libro semejante.>>


En el prefacio de Lenin, este concede mayor importancia al libro y a la idea de la dictadura del proletario, que, si nos atenemos a la realidad y no a la utopía, seria su dictadura, mientras que el de su cónyuge fija su atención en la figura de Reed, para hacer hincapié en la validez de la mirada del extranjero (algo así como una mirada que legitima), <<un americano que ignora la lengua y las costumbres del país>>. El tercer prefacio, el que corresponde al autor, reconoce que su libro <<es un trozo de historia, de la historia tal como yo la he visto>> y que <<en este volumen […] estoy obligado a limitarme a una crónica de los acontecimientos de que fui testigo y a los cuales me mezclé personalmente o conocí de fuente segura>>. Reed había roto la distancia, la que Ortega y Gasset establece entre el periodista y los hechos que convertirá en noticia, en su ensayo La deshumanización del arte. El escritor estadounidense se involucra, ya no solo observa insensible, ajeno. Ahora, en ese momento en el que se sitúa e interactúa, es parte interesada y afectada. De hecho, está ahí para vivir el instante, esos “diez días que estremecieron al mundo”, más que para presenciarlo, más que para informar del punto en el que se encuentra la revolución. Antes de dar testimonio, Reed explica los orígenes y las causas del movimiento revolucionario, para luego entrar de lleno en lo que vio y vivió. Su visión, entonces, es parcial. Se decanta desde el inicio. Su juicio es en la corta distancia y, debido a ello, carece de la perspectiva que podemos tener en nuestra época. Más él tenia algo que a nosotros se nos niega, tenía el momento ante sí y en sí, lo que depara que lo viviese en total intensidad emocional, intelectual y física. Y en esto, cada contemporáneo de su época (salvo los dormidos, que son tantos) es testigo y protagonista; los que llegamos después solo podemos recoger restos, dialogar con fantasmas, rellenar espacios vacíos e imaginar las emociones, pero nunca sentirlas a flor de piel. <<Durante la lucha, mis simpatías no eran neutrales. Pero, al trazar la historia de estas jornadas, he procurado estudiar los acontecimientos como un cronista concienzudo, que se esfuerza por reflejar la verdad>>, concluye Reed su prefacio, escrito en Nueva York, en enero de 1919. Fue entonces, tras leer este último párrafo cuando escribí: ¿Lo logró? Y, justo debajo del interrogante, respondí: lo dudo.



Entrecomillado: Diez días que estremecieron al mundo. Diario Público, Barcelona, 2009.

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