El estilo y los temas de James Ivory no solo son suyos, aunque lo sean; sino fruto de una comunión y simbiosis que se establece a lo largo de la colaboración que se inicia en la década de 1960, en concreto en su primer largometraje, La joven pareja (The Householder, 1963), asociación que combina sus intereses y habilidades con los de su guionista habitual Ruth Prewer Jhabvala y con Ismail Merchant, su productor hasta La condesa rusa (The White Countess, 2005) —Merchant falleció ese año—; a los que iría sumando otros recurrentes de su cine como el compositor Richard Robbins, desde Los europeos (The Europeans, 1979), o el director de fotografía Tony Pierce-Roberts, a partir de Una habitación con vistas (A Room with a View, 1985). Conociendo su filmografía, no parece descabellado afirmar que Ivory logró formar un equipo bien avenido y potenciar las partes de cada uno de sus miembros para formar un todo, aunque, a veces, fuese uno irregular. Pero resulta evidente que conseguir este todo no es tarea sencilla, y que alcanzarlo corresponde al director, que debe dirigir y sacar lo mejor de sus colaboradores, y eso fue lo que Ivory, cuya filmografía consta de veintinueve largometrajes, consiguió en sus mejores títulos, la mayoría de ellos entre el decenio que separa Oriente y occidente (Heat and Dust, 1983) y Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993), entre los que se sitúa Regresó a Howards End (Howards End, 1992), una película en la que de nuevo adaptaba una novela de E. M. Forster, autor que le había inspirado Una habitación con vistas y Maurice (1987). Esta recurrencia confirma lo que deparan las imágenes de sus películas, que Ivory, al igual que Forster, se interesa por desvelar la hipocresía y las diferencias sociales, ya sean estas culturales, enfrentado oriente y occidente, de género y de clase, como sucede en Regreso a Howards End, en la que primero se centra en la relación que establecen Margaret Schlegel (Emma Thompson) y Ruth Wilcox (Vanessa Redgrave), cuya máxima ilusión sería volver a Howards End, su hogar, su lugar de nacimiento. Ante la proximidad de la muerte, en la vejez que nos separa de la niñez, pero que al tiempo nos la devuelve con mayor recurrencia a la memoria, Ruth se ilusiona con regresar al paraíso perdido en compañía de su nueva amiga, pues su vida familiar no le depara plenitud, aunque muere antes de regresar. Su fallecimiento depara una nueva relación, la que establecen Margaret y el viudo, Henry Wilcox (Anthony Hopkins), quien no tarda en pedirle matrimonio; tal vez para rellenar el vacío o la vacante que ha dejado la fallecida, puesto que, en sus frías y calculadas formas, no parece ser amor, más bien semeja una imagen asumida y aceptada (dentro del orden social) de tantas posibles a la luz de la elitista sociedad inglesa. En la sombra, se desarrolla otra relación más intensa, a pesar de que solo se desate en un momento puntual, la que mantienen Helen (Helena Bonham Carter), la hermana de Margaret, y Leonard Bast (Samuel West), el joven de clase trabajadora cuya imposibilidad interesa a Ivory y a Jhabala para exponer esas diferencias de clase que desvelan parte de la hipocresía social. Como las personas que la componen, toda sociedad es la suma de múltiples rostros. Algunos de los cueles permanecen ocultos porque avergüenzan a lo aceptado, a lo políticamente correcto y al bienestar del bienpensante, mientras que otros, que deberían ser más vergonzosos, como lo son el desprecio hacia semejantes y el esnobismo, se presumen porque quienes se encuentran en la cima social los aceptan y los practican. Así la pobreza se oculta, el engaño y los prejuicios, lo que representa la familia Wilcox, en las antípodas de las hermanas Schlegel…

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