Ir al contenido principal

Ramón J. Sender: Viaje a la aldea del crimen

El de Casas Viejas no fue el primer conflicto armado vivido por la II República, pero sí fue el que determinó la dimisión de Manuel Azaña; aquel instante trágico agudizó las protestas y las dudas de gran parte de la población. ¿Qué había sucedido en aquella aldea, hasta entonces desconocida por el gran público? ¿Quién era el responsable de las muertes de Seisdedos, de sus familiares y de otros represaliados? ¿Quién había ordenado semejante represión? ¿El Gobierno o fue un acto decidido en el momento por el capitán Rojas u otros oficiales al mando? En todo caso, no cabe duda de que allí se había cometido un crimen y, como tal, en una democracia, se exigía una investigación (y un posterior juicio) que determinase por qué y quiénes lo llevaron a cabo. Poco después de que se reprodujese el incidente, Ramón J. Sender, uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, viajó hasta la población gaditana para investigar sobre el terreno y conocer de primera mano los testimonios, y a los testigos, mirarlos cara a cara, escuchar sus tonos y observar sus gestos, así como familiarizarse con la pequeña localidad que, de la noche a la mañana, se había convertido en portada de los periódicos, en objeto y objetivo de las disputas de la opinión pública en bares, plazas y allí donde se formasen corros, en el centro de atención del país y en el quebradero de cabeza de Azaña, quien en sus Memorias habla del suceso y del malestar que le generó: <<En el congreso, después de convenir con Besteiro que pusiera a debate la proposición de los radicales a las seis, fui al despacho de ministros, y allí estuve largo rato de conversación con Largo, Ríos, Domingo, Prieto y Albornoz. Hablando, hablando, fui dando suelta a mis sentimientos de repugnancia por la campaña que se hace contra nosotros, y que por el deseo de derribarnos no se priva de suponer que hemos ordenado las atrocidades de Casas Viejas, o las hemos ocultado; les digo que mi cansancio, el quebrado de mi voluntad, el horror que me produce el ambiente calumnioso en que nos movemos, la inutilidad de nuestros esfuerzos para librarnos de la coalición de tantos resentimientos, de tantos odios personales; declaro que ya no puedo más, y que estoy dispuestísimo a dar un escándalo desde el banco azul; que se trata de inutilizarnos por cualquier medio, para inutilizar una política, y que yo no consiento en presentarme a las bajas combinaciones que servirían para restablecer inmediatamente la paz y la “cordialidad” republicana.>> (1)

Sender la llamó en su libro-documento “la aldea del crimen”, pues allí murieron veinticinco personas, la mayoría a manos de las fuerzas del orden. Corría enero de 1933, apenas un año y medio de gobierno republicano, el cual ya había sufrido percances que anunciaban su fragilidad y el rechazo que generaba entre los distintos sectores sociales; por ejemplo, ya en 1932 se habían producido la insurrección anarquista en el Alto Llobregat (Cataluña) o el fallido golpe de Estado liderado por el general Sanjurjo, quien había sido el jefe de la guardia civil en el último tramo de la monarquía de Alfonso XIII —incluso le había negado la intervención de las fuerzas del orden a su favor, en caso de que los republicanos quisieran deponerle; no hizo falta, el 14 de abril de 1931, el Borbón tomó la decisión de salir por patas del país, aunque con la idea de regresar al poder—. Sender, quien por entonces era un periodista reconocido, publicó una serie de crónicas sobre el suceso en el periódico La Libertad, la primera de las cuales apareció impresa el 19 de enero. Posteriormente, valiéndose de sus datos y de los resultados de la investigación parlamentario, y del juicio a los oficiales que dirigieron la sangrienta represión, escribió su libro Viaje a la aldea del crimen, que fue publicado en 1934. El resultado acercaba al público los acontecimientos de aquel día, pero también deparaba una obra especial, no solo por su tema ni su valentía a la hora de abordarlo, sino por el estilo de Sender, que construyó una crónica literaria de los hechos en un libro en el que aborda el momento de una forma crítica, en la que no duda emitir juicios y señalar responsables. <<Hambre negra, solitaria, en medio de una tierra feraz y de un clima suave. En naturalezas fuertes, condenadas a la desolación. ¿Democracia? Eso es cosa de las tertulias y de los diarios del corro, que no llega aquí, y que si llega viene envuelta en papel sellado y atada con balduque. No sale en los archivos. Estos hombres están condenados como en ninguna otra región de España, a la hurañía, al aislamiento, a una triste soledad con su miseria. Los que hemos vivido en el campo de Aragón onde Cataluña no acabamos de comprender esto.>> (2) Así lo cree y siente, pues el texto evidencia su honestidad (y su republicanismo). Señala al gobierno de Azaña como responsable, aunque este no fuese el culpable, como desvelan los diarios de este y la ausencia de toda prueba que involucrase a su gobierno, pero entonces la sospecha ya era un nuevo lastre para la República. En el prólogo del libro, Antonio G. Maldonado apunta que <<Sender tuvo razón en su denuncia de los hechos, pero se equivocó a señalar a los responsables, con unas consecuencias políticas insospechadas. El autor había escrito no solo un primoroso reportaje, sino también una exitosa carta de defunción de una Segunda República que debía lidiar, además de con sus detractores de primera hora, con los más recientes desencantados.>> (3) A pesar de su error de juicio, Viaje a la aldea del crimen queda como un magnífico ejército hibrido, periodístico y literario, cuya riqueza narrativa se adelanta a otras crónicas literarias como la famosa y espléndida A sangre fría, de Truman Capote…

(1) Manuel Azaña: Memorias políticas 1931-1933. Crítica, Barcelona, 1978.

(2) Ramón J. Sender: Viaje a la aldea del crimen. Libros del Asteroide, Barcelona, 2016.

(3) Del prólogo de Antonio G. Maldonado. 2016.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...