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domingo, 24 de septiembre de 2017

Genoveva (1953)

Habrá quien haya rodado más de cien películas y ninguna buena, como también habrá quien haya realizado una, dos, tres..., y todas ellas destacadas, de modo que en el cine, como en cualquier otro arte, no se juzga la cantidad de obras creadas, sino la calidad de las mismas. Por ello, y a pesar de su breve filmografía, no tengo inconveniente en señalar la importancia de Henry Cornelius en la evolución de la comedia británica, importancia inversa a la cantidad de proyectos que, como director, productor o guionista, la componen. De entre sus aportaciones brillan tres comedias fundamentales en dar forma a las características de la comedia Ealing. Estos tres títulos son la inclasificable Clamor de indignación (Hue and Cry, 1947), realizada por Charles Crichton a partir de una idea del propio Cornelius y escrita por T.E.B. Clarke, la magistral Pasaporte para Pimlico (Passport to Pimlico, 1949) y la inolvidable Genoveva (Genevieve, 1953). En ellos encontramos el origen del humor Ealing, su máxima expresión y su confirmación internacional, pero, al contrario que sus dos compañeras, el último nombrado no se gestó dentro del estudio de Michael Balcon, lo hizo en la poderosa J. Arthur Rank Organisation. Aun así, nadie encontraría la diferencia, pues, Genoveva presenta (y representa) lo mejor de las comedias producidas en la mítica productora londinense, y lo presenta porque sus responsables, Cornelius y el guionista estadounidense William Rose -suyos son los guiones de La bella Maggie (The Maggie, 1953) y El quinteto de la muerte (The Lady Killers, 1955), ambas filmadas por otro indispensable como Alexander Mackendrick- fueron dos de los nombres fundamentales en la elaboración de aquel humor "ealingiano" (valga la expresión) que también impregna esta joya cómica, irónica y de elegante factura, que satiriza con desparpajo y frescura algunas costumbres británicas. A parte de su comicidad y burla, en Genoveva destaca el buen hacer de su cuarteto protagonista (Dinah Sheridan, John Gregson, Kay Kendall y Kenneth Moore), aunque quizá sea mejor escribir quinteto, pues también brilla la presencia de quien le da nombre. Pero, en realidad y a pesar de lo que se pudiera pensar a raíz del título, no es quien, es que. Genoveva no es humana, es el Darracq de principios de siglo XX que Alan McKim (John Gregson) heredó de su padre, y este a su vez del suyo. Por este motivo la desvencijada máquina es más que un coche antiguo, que desentona sobre el asfalto londinense del presente, es parte de Alan, de la tradición, de su legado y de su relación matrimonial, aunque en ocasiones resulte un problema, al menos el fin de semana durante el cual se desarrolla la trama. Muy a su pesar, un año más (y van tres desde su matrimonio) Wendy (Dinah Sheridan) de mala gana acompaña a su marido en la aburrida exhibición anual que el Club del Automóvil organiza como conmemoración de la ley decimonónica que aprobó la libre circulación de vehículos motorizados por la isla. Aquel primer trayecto, entre Londres y Brighton, se repite anualmente llenando el asfalto de reliquias que circulan sin afán de competir, solo por el orgullo que sienten sus dueños al volante de maquinas que, en el caso del Darracq de Alan o del Spyker de 1904 de Ambrose (Kenneth Moore), apenas se encuentran en condiciones de realizar el breve recorrido que, de regreso a la capital, se transforma en una de las competiciones automovilísticas más simpáticas y tramposas del cine, ironizando sobre la relación de pareja, la amistad o la importancia que los dos protagonistas masculinos conceden a la apuesta que da rienda suelta a la parte más hilarante de esta espléndida comedia que, sin ser Ealing, no deja de serlo.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Clamor de indignación (1947)


Dos años antes de rodar la magistral Pasaporte para Pimlico, su director, Henry Cornelius, y su guionista, T.E.B.Clarke, sacaron adelante una idea que se convertiría en Clamor de indignación (Hue & Cry), comedia que se podría considerar como el origen de las producidas en la Ealing Studios. Cuando estuvo escrito el primer borrador del guión, Cornelius y Charles Crichton se lo presentaron a Michael Balcon, mandamás de la productora londinense, y éste puso la dirección del proyecto en manos del segundo y las labores de producción en las del primero, pero con la condición de mantenerse dentro del escaso presupuesto que se destinó para la realización del film, arriesgado debido al original planteamiento que, remitiendo al expuesto por Gerhart Lamprecht en Emil y los detectives (Emil und die detektive, 1931), proporcionaba el protagonismo exclusivo al grupo de imberbes liderados por Joe Kirby (Harry Fowler). Joe, a quien sus mayores tratan como a un crío, sospecha que las historietas de intriga que lee están siendo utilizadas por una banda de maleantes. La coincidencia entre los tres baúles que observa en la calle y los dibujados en las viñetas provocan su curiosidad; para colmo, el número de la matrícula del camión real resulta el mismo que aparece en el vehículo dibujado. Este hecho inverosímil convence al adolescente para desarticular la banda, aunque su primer intento resulta un fracaso y propicia su contacto con el inspector Ford (Jack Lambert), quien le aconseja que se deje de intrigas fantasiosas y acuda al puesto de frutas de uno de sus conocidos (Ian Dawson) en busca de trabajo. Clamor de indignación mezcla la intriga y la comedia desde un enfoque novedoso para aquel entonces, al centrarse exclusivamente en los avatares de Joe y sus compinches, que deciden ayudarle no por sus palabras, sino por la aventura de actuar como adultos en la resolución del hipotético misterio que se esconde en las historietas creadas por Wilkinson (Alastair Sim), sospechoso en potencia hasta que Joe y sus amigos se convencen de que no sabe nada acerca de la banda de malhechores que utiliza la revista para comunicarse entre ellos, conscientes de que ningún adulto lee la publicación juvenil. Desde el rodaje de Hue and Cry se realizaron (y realizan) películas con exclusivo protagonismo infantil, aún así el film de Charles Crichton no ha perdido ni su originalidad ni su capacidad de entretener desde un humor irónico que muestra aspectos de la sociedad inglesa del periodo de posguerra, donde el racionamiento o las calles destruidas por las bombas forman parte del paisaje por donde deambula un grupo de muchachos al que se unirán todos los niños de Londres.

martes, 2 de octubre de 2012

Pasaporte para Pimlico (1949)


La explosión de una bomba, detonada accidentalmente por unos niños, provoca varias reacciones en el barrio londinense donde se desarrolla esta divertida sátira con el inconfundible sello de la Ealing, que se ríe de situaciones y costumbres inglesas, exagerando tanto lo bueno como lo malo, desde la ironía que plantea: la de ser inglés y a la vez borgoñón, lo cual genera situaciones tan disparatadas como las vividas por un grupo de extranjeros en su propia casa, a quienes se observa ingeniándoselas para sobrevivir al boicot de unas autoridades a las que ya no reconocen y que no les reconocen como súbditos británicos. Una de las consecuencias posteriores a la detonación es la inevitable riña de los padres a sus hijos, pero la de mayor importancia es la caída accidental de Arthur Pemberton (Stanley Holloway) por el orificio abierto por la explosión. En el agujero, Pemberton y su hija (Betty Warren), descubren un fabuloso tesoro, hallazgo que acarrea nuevas reacciones en los padres de los culpables, pues ya no riñen a sus hijos, sino que les animan a confesar su responsabilidad en el accidente (por aquello de cobrar una recompensa por ser parte activa en el descubrimiento). Hasta ese instante Pimlico era una zona tranquila que disfrutaba del racionamiento de la posguerra; sus vecinos eran como cualquier otro súbdito británico: el mismo idioma, costumbres comunes y negocios similares; pero sus pacíficas existencias cambian de manera repentina cuando la profesora Hatton-Jones (Margaret Rurherford) descubre en un viejo pergamino que ese territorio y sus habitantes no pertenecen a la soberanía británica, ya que el suelo donde se levanta Pimlico fue entregado por Eduardo IV al duque de Borgoña siglos atrás, lo que implica que todo cuanto se encuentra en el barrio pertenezca a Bogoña. El gobierno británico no sabe qué hacer al respecto, legalmente se encuentra atado de pies y manos, así pues toma la sabía alternativa de escurrir el bulto y dejar que se las arreglen los paisanos del nuevo estado de Borgoña, situado en suelo londinense. Los habitantes de Pimlico no tardan en concienciarse de su nueva identidad nacional, aprueban nuevas leyes y derogan las establecidas por el gobierno anterior, de ese modo nacionalizan la sucursal bancaria que hay en el barrio, liberalizan el horario de la taberna o venden sus productos como artículos de exportación; sin embargo, la noticia del libre mercado provoca que estraperlistas y mercaderes lleven sus negocios a la nueva Borgoña, provocando un caos que convence a los borgoñones para solicitar ayuda al gobierno vecino, que continúa mostrando su cara menos hábil en cuestiones de política internacional. Ante la falta de soluciones del ejecutivo de su majestad, los vecinos, diecinueve familias, forman un consejo donde eligen a Pemberton como primer ministro, así como también escogen al resto de los miembros del gabinete que dirigirán las riendas del estado independiente de Pimlico. Las autoridades británicas continúan un tanto perdidas, conscientes de ser ridiculizados por un puñado de antiguos ingleses que han asumido las riendas de su peculiar estado, así que deciden tomar la iniciativa y cerrar levantar una frontera, que provoca el malestar entre los residentes del barrio. Ante tal afrenta y abuso de autoridad de un país extranjero, el consejo de Pimlico toma fuertes medidas, interviniendo la línea de metro que pasa por su suelo soberano, lo cual provoca un nuevo movimiento del gobierno exterior, que implica cortar el suministro de agua del pequeños país, ya que la llave de paso se encuentra a la vuelta de la esquina, en territorio inglés.