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domingo, 24 de mayo de 2020

Terminator 2. El día del juicio final (1991)

Cuentan las crónicas que alguien dijo: "Lo que se vende como novedad más temprano que tardé acabará rebajado a rutina". Hubo quien dudó un instante y contestó con un "apenas recuerdo el primer momento; tampoco logro precisar los siguientes. Ya todo me suena igual o quizá ya no pueda distinguir dónde se encuentra lo auténtico y, por tanto, lo original". Original no implica que sea novedad, ni que exista novedad conlleva originalidad. No voy a explicar esto, quien quiera que lo reflexione y vea si hay algo de sentido en lo escrito o solo son palabras vacías; puesto que, a estas alturas, también las palabras vacías se hacen pasar por reflexión. No obstante, indiferente a la conclusión que cada quien extraiga del asunto, aún creo diferenciar entre cultura popular y el negocio de la cultura, el que convence a las masas de que les vende productos que enriquecerán sus vidas; pero ¿las enriquecen o solo enriquecen al negocio? Salvo las pocas películas que marcan las diferencias (y otras que se han colado en el imaginario popular sin más acierto que su mitología, extrínseca al valor intrínseco del film), las crónicas comentan que las producciones realizadas en Hollywood son variantes rutinarias que se repiten hasta que ya no queda más mito que exprimir. Sus productos aprovechan las formas del último éxito de taquilla; se crean franquicias, clones, revisiones o supuestas novedades y así salen de la cadena de montaje comedias, romances, intrigas,... Se repiten persecuciones, explosiones, supervivencia, héroes, heroínas, simpáticos de turno o situaciones "límite" que apenas cambian, y que ya no afectan a nuestras impresiones. Lo mismo funcionan para una de capa y espadas, que para otras con acceso a armas automáticas o a utensilios de cocina. Tampoco sufren alteraciones los viajeros temporales como terminator, que viven historias sin historia o, a lo sumo, con un par de variantes respecto a otras ya expuestas; por lo demás, se limita a seguir patrones establecidos. Pienso en Sarah Connor (Linda Hamilton), la asustada y la preparada, la inocente camarera y la aguerrida cautiva del psiquiátrico; la primera sobrevivió al terminator (Arnold Schwarzenegger) y la segunda deja a su hijo John (Edward Furlong) en manos de una máquina idéntica, aunque ahora el inhumano está programado para ser niñero y protector del adolescente típico del cine de Hollywood. Habían pasado siete años desde aquella primera entrega -por entonces, Terminator (The Terminator, 1984) ya formaba parte de la mítica del negocio-, Sarah estaba preparada para la lucha y James Cameron había desarrollado nuevos efectos especiales en Abbys (The Abbys, 1989), efectos que intentaría llevar más lejos en Terminator 2. El día del juicio final (Terminator 2. Judgment Day, 1991) (quiero decir, más tiempo en pantalla). Sin embargo, poco cambia respecto al original, salvo que la acción no se ubica en 1984 y que la máquina interpretada por Schwarzenegger se encariña con el muchacho, el libertador y puede que dictador en el futuro, que en el presente es perseguido por un modelo de terminator (Robert Patrick) de metal líquido, sin tejido vivo, que también ha podido viajar el tiempo; que no se detendrá, que no parará hasta matar a... y blablablá. Ya conozco la historia, me refiero a que conozco su ausencia y el cómo se rellena con efectos especiales, explosiones, frases de manual, mucho humo y grandes destrozos. Es Hollywood, es la industria, es el supuesto cine espectáculo, de acción y ciencia-ficción, un cine del que, sin duda, Cameron es uno de sus máximos exponentes. Igual de válido que cualquier otro tipo de cine, personalmente no me convence. "No es nada personal", pero Terminator 2. El día del juicio final más bien me resulta impersonal y prefabricada, aun siendo consciente de que es una película que encaja dentro de las constantes de su realizador.

martes, 18 de junio de 2013

Titanic (1997)


Al igual que Rose (Gloria Stuart) al recordar su historia acontecida ocho décadas atrás, tiempo más que suficiente para distorsionar los hechos, embellecerlos e idealizarlos en su memoria, me tomo la libertad de recrear mi recuerdo de Titanic (1997) en una sala repleta de centenares de sueños. Allí, sentado y mirando como uno más hacia la gran pantalla, sentí como el deseo de abandonar el barco crecía dentro de mí
, y aún a día de hoy no comprendo de dónde saqué las fuerzas para mantenerme a flote y contemplar las tres horas de un recuerdo tras el que no encontraba ni rastro de la grandeza que se le atribuía, y que se me antojaba artificial, quizá por la subjetividad que habitaba en el relato narrado por la anciana. Para bien o para mal, pensé que los aciertos, que los tendrá, y los fallos de Titanic, que los tiene, no eran responsabilidad de la memoria de Rose, sino de James Cameron, director, guionista, productor y montador de la película, idea que se reafirmaba en mí a medida que contemplaba una narrativa que pretendía vanamente forzar mis emociones en lugar de permitir que fuesen los personajes los que me hicieran partícipe; sin embargo, lo único que llegaban a mis sentidos eran diálogos, situaciones o escenas que me provocaron la sensación de estar presenciando un ejercicio insustancial de atractivo acabado.


Habrá quien no comparta mi recuerdo, personal y alterado por el transcurso de los años, cuestión que aplaudo, ni mi ensoñación de que las mejores películas de Cameron son aquellas con menos pretensiones artísticas, como sería el caso de Terminator o Aliens, el regreso, y prefiera sus grandes producciones, aquellas que semejan sufrir un mayor desequilibrio entre la forma y la sustancia, cuyos máximos exponentes quise descubrir en Avatar y Titanic, ambas de un acabado formal envidiable y un vacío argumental que mermó mis expectativas iniciales.
 Así pues, imaginé que Titanic no era la historia del barco de quien recibió el título, ni de las gentes que en él viajaban cuando se produjo la trágica colisión con el iceberg que provocó su hundimiento, en realidad, me dije, es la idealización de un instante, el de Rose (Kate Winslet) y Jack (Leonardo DiCaprio), que ya he visto con anterioridad en mejores o peores películas, y que, a pesar de que el barco resulta esencial, podría haberse ubicado en cualquier otro contexto espacial, incluso en la Verona imaginada por Shakespeare.


Sin pesar por mi parte, he de reconocer que no me conmoví ni por el amor surgido en ese buque onírico ni con las injusticias sociales que en él habitan (que se acentúan a raíz de la catástrofe que se produce en la segunda mitad del film), quizá porque éstas también intentaban condicionar mis emociones sin contar con ellas. Pero cuanto escribo solo forma parte de las sensaciones que provocó en mí este aclamado recuerdo histórico-romántico desarrollado por
Cameron, en el que descubrí a una nueva rica bondadosa y altruista (Kathy Bates) y a un villano millonario, grotesco, engreído y repleto de prejuicios (Billy Zane), en quien creí ver, al igual que me sucedió con el malvado de Avatar, a un terminator programado para destruir, prevalecer o asegurar sus pertenencias, entre las que incluye a una niña que emplea para salvarse (no podía ser de otra manera) y a Rose, supuestamente atrapada dentro de un entorno social del que desea huir porque éste coarta su libertad de elección, aquella que sí le ofrece Jack, autoproclamado rey del mundo en un buque donde se convierte en el soplo de aire fresco que la libera de su realidad, aquélla que ochenta años después idealiza ante las atentas miradas de los científicos que investigan los restos del famoso buque.


Diga lo que diga sobre 
Titanic, no soy científico y solo puedo hablar desde la subjetividad de un espectador frustrado que se esperaba un sueño y se encontró con otro muy distinto, que catalogó de manipulador, y que se convirtió en una de las producciones más laureadas y rentables de la historia del séptimo arte; así que, como en tantas otras ocasiones, puede que mis palabras no sean más que un disparate fruto de mi insensibilidad o de mi desconocimiento en materia cinematográfica, pero me consuelo al recordar que Billy Wilder tampoco encontró por ninguna parte el argumento que imaginé en el interior de una sala donde cada espectador tendría su propia visión de las imágenes nacidas de la memoria de la pasajera que pudo vivir más allá de aquella trágica noche.

lunes, 15 de octubre de 2012

Terminator (1984)



El primer largometraje dirigido por 
James Cameron fue la secuela de Piraña (Piranha, Joe Dante, 1978), Piraña 2, los vampiros del mar (Piranha II: The Spawning, 1981), y resultó peor de lo que apuntaba su título y su origen; además, fue un serie Z sin gracia y, por gustar, ni gustó al propio Cameron —codirector del film junto a Ovidio G. Assoniti—; de modo que no sorprende que considerase Terminator (The Terminator, 1984) como su primer largo, y el primero que le satisfizo, aunque esto tampoco dice nada en favor de la película ni de su creador. No simpatizo especialmente con el cine de Cameron; de hecho, no simpatizo nada, pero lo cierto es que se trata de un cineasta fiel a su concepción del cine como espectáculo pirotécnico. Y guste más o menos, no hay que olvidar que el cine también es circo y fuegos artificiales; y que Cameron juega en la liga industrial de los Spielberg y los Lucas, no en la más íntima de los Lynch, Schrader o Malick. La pirotecnia es constante en su filmografía; se alimenta de la tecnología y los efectos especiales y no oculta el vacío que hay detrás de las imágenes y de diálogos que establecen una comunicación entre héroes y heroínas más falsa que el villano o villanos de la función. Esto no le preocupa —no se trata de un buen escritor de personajes, apenas realiza esbozos, nunca los dota de complejidad— y su interés se decanta por ofrecer un espectáculo de consumo rápido, muy aplaudido por la industria y cuyo acabado solo sorprende a quienes constantemente se dejan engatusar por la promesa de un tipo de entretenimiento que les es familiar. Pero, más allá de esto, películas como Terminator ¿qué ofrecen? Particularmente, no encuentro nada, salvo la repetición y la ausencia de inquietudes argumentales, ruido y acción por la acción, que aquí se introduce a partir del viaje en el tiempo que salve o elimine a la humanidad. Tampoco aborda cuestiones existenciales, ni de la propia humanidad ni de la supuesta inteligencia artificial que la amenaza, —algo que sí hizo Ridley Scott ese mismo año en Blade Runner (1984)—, apenas lo necesita, solo como excusa para dar rienda suelta al supuesto espectáculo del "corre, corre, que te pillo" que Cameron traslada al presente de 1984, pero que inicia en un futuro no muy lejano (que se observa fugaz en varios momentos del film) durante el cual la especie humana casi desaparece como consecuencia del ataque de máquinas inteligentes que ambicionan el control mundial: aunque, en 2029, con la aparición de un tal John Connor, la I. A. empieza a temer por su vida, pero carece de la humanidad expresada por Hal en 2001, Una odisea del espacio (2001: A Space Odissey; Stanley Kubrick, 1968). El personaje interpretado por Arnold Schwarzenegger pasa por el villano de la función, pero lo es con matices, puesto que el terminator no elige, no siente, no se detiene, solo acata las órdenes programadas por una Inteligencia Artificial en el futuro, aunque para él (y para su rival) ya sería pasado, uno que podría verse alterado por el éxito o el fracaso de la misión que conduce a los antagonistas hasta 1984. Desde el momento en que ambos rivales aparecen en el presente se comprueban las diferencias existentes entre ellos; el primero en llegar se muestra fuerte, implacable y expeditivo, mientras que el segundo tiembla de frío y de dolor, pero a ambos les une el objetivo de encontrar a la misma mujer (consultan su dirección en la guía telefónica), aunque sea por motivos totalmente opuestos. Durante los primeros minutos poco se sabe de los viajeros del tiempo, sólo aquello que se deduce de sus comportamientos contrarios (uno muestra emociones, se esconde y escapa, mientras el otro, insensible, parece no detenerse ante nada). Además de los rasgos que definen a los dos individuos, las imágenes también se centran en una mujer que aguanta las impertinencias de los clientes del local donde trabaja o acepta sin protestar el plantón telefónico de una pareja que apenas le da explicaciones. Sarah Connor (Linda Hamilton) es una chica corriente que desconoce qué le depara el mañana, sin embargo, su vida cambia a raíz de los violentos asesinatos de dos mujeres que se llaman como ella. Sarah escucha por televisión las noticias de los homicidios reaccionando de manera muy distinta; el primer asesinato apenas le inquieta, pues no deja de ser una coincidencia, pero con el segundo el miedo se apodera de ella, provocando el pánico y la sospecha de que la siguen. Asustada y desprotegida necesita la seguridad de un local repleto de gente donde ocultarse y desde donde llamar a la policía o a sus amigos, pero por mucho que insiste nadie al otro lado de la línea contesta para protegerla, porque quien escucha el mensaje no es alguien sino algo, y no está allí para salvarla sino para eliminarla. <<Ven conmigo si quieres vivir>> es una manera un tanto extraña para ligar en una discoteca, además es la presentación de Kyle Reese (Michael Biehn) cuando se encuentra cara a cara con la mujer a quien debe proteger a costa de su vida, la misma mujer que deseaba conocer (por ese motivo se ofreció voluntario) desde que vio una imagen suya en una vieja fotografía que todavía no existe. Seguramente, Cameron no esperaba el impacto de Terminator en la ciencia-ficción palomitera, pero supo sacar provecho al asunto y, con ligeras variantes, repetiría lo expuesto en la secuela Terminator 2, el juicio final (Terminator 2. Judgement Day, 1991), donde utilizando un planteamiento similar, aunque con más medios, envió al pasado a otro terminator de mismo rostro, que se humanizaba hasta el extremo de convertirse en una especie de padre para el futuro salvador de la raza humana, que por esas incongruencias que se derivan de los saltos temporales fue gestado entre personas de dos tiempos distintos mientras huían de una máquina que no siente emociones, pero que sangra y responde como si se tratase de un humano.

lunes, 6 de agosto de 2012

Mentiras arriesgadas (1994)


La originalidad no es uno de los puntos fuertes de las películas dirigidas por James Cameron, pero sí la espectacularidad y el entretenimiento que aporta a cada una de sus producciones, características que destacan en Mentiras arriesgadas (True Lies), comedia de acción que toma como punto de partida el guión del film francés Dos espías en mi cama (La totale), dirigido en 1991 por Claude Zidi. Para el superespía Harry Tasker (Arnod Schwarzenegger) no resulta una tarea sencilla compaginar su trabajo, salvando al mundo de amenazas terroristas, con su matrimonio; ni siquiera contando con la inestimable colaboración del graciosillo de Gib (Tom Arnold), su compañero y amigo. Harry antepone el trabajo a la familia, hecho que provoca su alejamiento de Helen (Jamie Lee Curtis) y de la hija de ambos (Eliza Dushku). Harry vive entre espías y terroristas, olvidándose por completo de las necesidades de una mujer consumida por la carencia afectiva y emotiva, que sueña con sentirse viva de nuevo. Helen parece condenada a buscar las emociones fuera de un hogar creado a partir de la mentira de que Harry es un aburrido vendedor de software, tapadera de la que Helen no ha dudado durante los quince años de matrimonio. Podría decirse, sin riesgo a equivocarse, que Helen y Harry no han sido sinceros el uno con el otro, ya que ambos han ocultando secretos, deseos o desilusiones que perjudican a su relación y que provocan que Helen se interese por un tal Simon (Bill Paxton), quien por su manera de abordarla se diría que se trata o de otro superespía o de un salido que pretende ganarse sus favores empleando el truco que nunca falla a James Bond. Helen acepta la oportunidad que le brinda Simon porque le permite alejarse de la apatía que le domina en casa, en la oficina o en la relación que mantiene con un marido a quien no tiene intención de engañar carnalmente, cuestión que Harry duda cuando descubre la existencia de ese otro hombre. Los celos y las sospechas no permiten que Harry Tasker se detenga a pensar en cuál es su parte de culpa, sin embargo, sabe que quiere a su esposa y se aferra a una mínima esperanza para salvar su matrimonio. Puede que a Harry le cueste hablar de sus problemas matrimoniales, pero espiar le resulta tan sencillo y natural como a Gib los chistes fáciles y los buenos consejos o a Simon mentir para vender un coche o camelar a una chica. Así pues, no extraña que Harry utilice a su equipo para seguir a Helen y sonsacarle sus pensamientos más íntimos antes ofrecerle la ocasión de convertirse en una Mata-Hari que se metamorfosea sorprendente en una habitación de hotel donde Harry ni espera que su sexy esposa le atice con el teléfono ni que unos terroristas que no muestran el menor interés por si su relación matrimonial hace aguas. El secuestro de losTasker se produce en plena reconciliación (o casi), que tendrá que esperar a que Harry atestigüe al mundo que los criminales poseen armas nucleares que no dudarán en utilizar si no se cumplen sus demandas; aunque éstos han pasado por alto el pequeño detalle de que han secuestrado a una pareja de armas tomar en plena terapia matrimonial.

martes, 15 de mayo de 2012

Días extraños (1995)


El fin del segundo milenio de la era cristiana dio pie a múltiples interpretaciones de dudoso nivel racional, según el gusto del visionario de turno, dicho momento sería utilizado por Kathryn Bigelow como marco temporal para el desarrollo de Días extraños (Strange Days, 1995), thriller escrito por James Cameron (también productor del film) y Jay Cocks a mediados de la década de 1990. La acción se inicia cuando faltan dos días para la entrada del siglo XXI; en las calles de Los Ángeles se respira una anarquía violenta, un territorio hostil e inseguro que parece no afectar a Lenny Nero (Ralph Fiennes), quien huye de su realidad recordando su relación con Faith (Juliette Lewis). Lenny vende experiencias ajenas, destinadas a un público adicto a sensaciones que le permitan alejarse de sí mismos; se trata de material prohibido por las autoridades, no por su contenido explícito de sexo, violencia o cualquier otra circunstancia que atraiga al consumidor, sino por la peligrosa tecnología empleada para grabar y reproducir el material con el que se trafica. Las grabaciones se realizan directamente desde la corteza cerebral de quien vive la experiencia, hecho que crea, en quien se conecta, la ilusión de vivir algo real, pero que aparta de la realidad. La sociedad a la que pertenece Lenny se encuentra enferma, alienada, caracterizada por la violencia, los desordenes raciales o la corrupción que habitan las calles. Para Lenny nada de eso importa, su presente no existe, sólo el pasado que pretende recuperar, quizá porque en aquel tiempo fue protagonista y no un mero espectador. Días extraños se desenvuelve dentro de un entorno depravado y violento, muestra de una sociedad que ha tocado fondo, debido a la pérdida de identidad a la que apunta el film, circunstancia más real de lo que podría parecer a simple vista. La pérdida de identidad individual y de relaciones personales, el auge de grabaciones o instantáneas que rompen la privacidad y que se convierten en un espectáculo de masas o el aumento de realities donde se muestran ridículas y falsas experiencias ajenas, acercan a la sociedad actual al mundo de Lenny. Sólo “Mace” (Angela Bassett) parece poseer una personalidad no contaminada por cuanto le rodea, característica que le permite reflexionar y comprender que el hombre a quien ama se encuentra a punto de ser engullido por un tipo de vida en la que nada importa salvo enchufarse para vivir unas experiencias que roban su libertad y le condenan a ser alguien carente de esencia propia. Lenny no reconoce que es un adicto, circunstancia que le impide ver cuestiones mucho más importantes que las que parecen afectarle, sin embargo, cuando visiona una grabación anónima se produce un cambio en su comportamiento. Ese instante confirma que no se ha insensibilizado por completo, porque no puede soportar la experiencia de ver como Iris (Brigitte Bako), la mujer que le pide ayuda, es violada y asesinada. Ni su cerebro ni su estómago toleran esa macabra visión que le sumerge en un estado momentáneo de pérdida y alarma, pero que sirve para alterar su posterior conducta, implicando a sus amigos, Max (Tom Sizemore) y “Mace”, en una investigación que le conduce hasta el nuevo amante de Faith, Philo Gant (Michael Wincott), representante del rapero cuyo asesinato fue grabado por Iris. Lenny Nero se muestra como un perdedor que cree que ya no tiene nada más que perder, no obstante, la presencia de "Mace" señala una salida para un hombre que vive obsesionado por la promesa hecha a Faith, una mujer que parece rechazarle y a la vez protegerle.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Avatar (2009)

Pandora se ofrece como una nueva esperanza para Jake Sully (Sam Worthington), un ex-marine que a partir de su contacto con el planeta y con sus nativos ira descubriendo esa nueva realidad que se le presenta tras el desafortunado fallecimiento de su hermano gemelo, ha quien sustituye como miembro del equipo científico liderado por la doctora Grace (Sigourney Weaver), responsable de un proyecto que pretende acercarse a los Na'vi. Sin embargo, esa toma de contacto no se produce como desean, los indígenas recelan, no sin razón, de las gentes venidas del cielo, unos seres que han llegado con su tecnología y con su avaricia a un mundo conectado a través del equilibrio natural de todo cuanto en él existe, y que parece no preocupar demasiado a los directivos. Lo que verdaderamente interesa a la compañía es el mineral que se esconde bajo el suelo de Pandora, un mineral muy preciado y valorado que se encuentra por encima de cualquier consideración de otra índole, por ello existe un cuerpo de marines contratados, mercenarios liderados por el coronel Quaritch (Stephen Lang), un tipo intolerante, que no se detiene ni a pensar ni a descansar. Todas estas circunstancias son todavía desconocidas para Jake, quien gracias a la tecnología podrá abandonar su silla de ruedas para introducirse en el interior de una cápsula desde la que experimentará una sensación casi olvidada tras perder la movilidad en sus piernas, una carencia que el coronel promete arreglar si cumple la misión de informar de todo cuando rodea a los Na'vi. Ni al principio ni al final Avatar muestra originalidad, ya sea en su planteamiento o en su desarrollo, pero esa carencia de inventiva no lastra una película que exprime al máximo un tema recurrido y que suele ser efectivo, acercando al personaje de Jake Sully a héroes como el John Smith de Pocahontas o John Dunbar de Bailando con lobos, hombres que rechazan sus orígenes cuando comprueban la destrucción, la gran equivocación y la injusticia que cometen los suyos. Pero para que se produzca el cambio Jake tendrá que traspasar su mente al avatar, circunstancia que le permite contactar con Neytiri (Zoe Saldana), y como consecuencia se le presenta la oportunidad de conocer las costumbres y a los miembros de un pueblo que vive por y para la naturaleza. Será a partir de dicho encuentro cuando el marine descubre que existe algo más importante que sí mismo, un todo que le incluye y que poco a poco comprende y asume. Este hecho expone el aprendizaje que lleva a Jake de una niñez simbólica a una madurez alcanzada con el esfuerzo y la ayuda de Neytiri, a quien se unirá creando un vínculo indestructible que refleja la evolución del Jake marine al Jake Na'vi. Sin embargo, la ambición humana no se detiene, la paz que se muestra en los instantes de aprendizaje del guerrero deja paso al enfrentamiento que, al igual que los jesuitas de La Misión, le lleva a luchar contra los de su raza, peleando al lado de una tribu que le ha aceptado, con mayor o menor rechazo, pero que en ningún caso pone en duda que finalmente será aceptado en los corazones de su nuevo pueblo. Avatar no muestra nada nuevo en su contenido, apostando por un entretenimiento simple y un espectáculo que ofrece la oportunidad de disfrutar de un mundo natural lleno de colorido, en el que se mezclan los ingredientes necesarios para crear una épica que refleja las colonizaciones y los exterminios que éstas producen cuando las grades potencias envían a sus hombres para colonizar y controlar nuevas fronteras, unos hombres a quienes no importa ni la vida ni las costumbres locales, considerándolas prescindibles si se oponen a sus intereses. Así pues, la historia escrita y dirigida por James Cameron no innova desde un punto de vista argumental, como tampoco lo hizo Titanic, porque no se trata de arriesgar, sino de triunfar y arrasar entre el público, objetivo que alcanzó con un apabullante éxito, pero sacrificando la esencia de unos personajes en los que no existen ambigüedades y cuyos diálogos se encuentran repletos de tópicos, en algunos casos infantiles, carentes de profundidad que descubren que los buenos son buenos y los malos son mucho más malos, pero así es el cine y esa opción a la hora de plantear una aventura continúa siendo la más efectiva, o al menos la que más gusta al espectador porque, además de pasar un buen rato, no se ve en la obligación de elegir, como tampoco lo hace Jake, porque sólo existe una opción correcta. Y eso es lo que James Cameron ofreció con Avatar, dos horas y media de entretenimiento, que le permitieron desarrollar unos espectaculares efectos especiales en tres dimensiones que hicieron posible un mundo como el de Pandora, donde suceden cosas similares a las ocurridas en este planeta.

domingo, 9 de octubre de 2011

Aliens, el regreso (1986)

La espeluznante criatura reaparece en sus sueños; desde su rescate no ha podido vivir ni un sólo día sin recordar aquel terrorífico instante en el que el octavo pasajero salió del vientre de uno de los miembros de su tripulación; ahora, todos salvo ella están muertos, igual que las personas que conocía. Han transcurrido cincuenta y siete años desde aquel terrible suceso, más de medio siglo hibernada y vagando por el espacio hasta que la nave fue encontrada por una patrulla de rescate. El mundo en el que ha despertado ha evolucionado, salvo la compañía para la que trabajaba, cuyo consejo administrativo desoye sus palabras de advertencia sobre los hechos que costaron la vida de su tripulación. Ripley (Sigourney Weaver) no comprende una reacción que tilda de insensata, porque si uno de esos bichos llegase a La Tierra sería el fin de la raza humana. Condenada al ostracismo, sólo le queda vivir una vida en la que la mayoría de las puertas se le han cerrado, como consecuencia de unos actos que demostraron gran valor y determinación, y de esa información que a nadie parece importar, pero que deberían tener en cuenta. Ella es la única humana que les ha visto y ha vivido para contarlo. El éxito de Alien de Ridley Scott abrió la posibilidad para la creación de una de las sagas cinematográficas más famosas, una saga que en manos de James Cameron tomó un rumbo que se alejó de su predecesora, pero sin llegar a perder la esencia de la magnífica película de Ridley Scott. Aliens, el regreso (Aliens) apostó por la espectacularidad en detrimento de los silencios claustrofóbicos que amenazaban la nave Nostromo, ahora la situación ha cambiado, pues los marines se encuentran al frente, y como bien dice el soldado Hudson (Bill Paxton): será una cacería de bichos, pero ¿quiénes serán los bichos?. La ausencia de noticias de la colonia fundada en el planeta donde Ripley y los suyos habían encontrado los extraños huevos que pusieron fin a la Nostromo y tripulantes, obliga a un representante de La Compañía llamado Burke (Paul Reiser) a solicitar su ayuda. Ripley se niega, circunstancia comprensible conociendo todo cuanto ha padecido y como ha sido tratada por una compañía que sólo piensa en beneficios. Pero la maldita pesadilla no cesa de importunar sus sueños, y ella sabe que sólo existe un modo para poder dormir: acabar con ellos; por eso acepta la palabra de Burke de que irán a destruirlos no a investigarlos. La presencia de los marines confiere a la misión una mayor sensación de seguridad y profesionalidad, al disponer de medios y armas con las que Ripley no contaba en su anterior cita con el bichejo. Los hombres y mujeres del teniente Borman (William Hope) se encuentran preparados, confían en sus capacidades y minusvaloran las advertencias de Ripley, quien les observa con cierto recelo, puesto que ella sí conoce las malas artes de un ser que no se detendrá ante nada ni nadie, aunque estos sean marines. Cuando aterrizan en la colonia encuentran señales de lucha, pero no hay rastro de los colonos, salvo la pequeña Nout (Carrie Henn), la única que ha sobrevivido, similitud que le hace más cercana a Ripley, quien desde ese momento asumirá el cuidado de la niña como si fuese su propia hija. Sin embargo, no hay tiempo para explicaciones, es tiempo de guerra, como descubrirán Hicks (Michael Biehn) y el resto de marines que serán atacados por una fuerza numerosa de alienígenas. A partir de ese momento, comprenden las palabras y advertencias de Ripley, quien se ve obligada a asumir el mando de una misión que ha sido un desastre y que les ha atrapado en el interior de unas instalaciones a la espera de una nave que les saque de ese planeta colmena, pero no sin antes hacerlo volar por los aires. Aliens, el regreso se aleja de su antecesora cobrando personalidad propia, al enfocar su relato desde un punto de vista más bélico que terrorífico, la presencia de las tropas de marines así lo indican, como también la presencia de Burke apunta a que La Compañía continúa anteponiendo sus intereses económicos a las vidas humanas; pero por encima de todo está ese alien, que en esta ocasión no se encuentra solo, cuestión que convence a Ripley para destruir las instalaciones, la única forma de poder conciliar el sueño.