Todo fluye, pero ¿quiénes establecen el curso de la riada y quiénes cavan las fosas de quienes se ven arrollados por su devenir?
Por Antonio Pardines
El fallecimiento de Stalin, en 1953, abría el vacío de poder que desató la lucha que llevó a Nikita Jrushchov al trono soviético. Tras su victoria, el nuevo líder del partido comunista inició una política de cara la galería que se conocería como Deshielo —nombre que procede de la novela homónima escrita por Ilyá Ehrenburg, que así renegaba definitivamente de su estalinismo—. Se trataba de un periodo en el que parecía que la Unión Soviética se abría al mundo, y a un mayor sentido de la justa proporción con los suyos y con los países satélites, aunque la proporción y la justicia continuasen siendo meras ilusiones. Pero algo estaba cambiando.
Hasta entonces, la Justicia que prevalecía en la Unión de Repúblicas Socialistas era la dictada por el interés de Stalin, pero ahora, muerto este, había dos posibilidades: callar o desvelar la locura que implicó la infernal utopía perseguida hasta las últimas consecuencias por el georgiano. Esto se sabía o sospechaba mucho antes del fallecimiento del autócrata, incluso antes de la gran purga de 1937-1938, como corroboran las impresiones de algunos de los periodistas o diplomáticos que, como el republicano Manuel Chaves Nogales o el socialista Fernando de los Ríos, visitaron el país de los soviets y no se dejaron impresionar…
La muerte de Stalin abrió posibilidades para un país que había sufrido su mano dura y la no menos cruda de Lenin, igual de implacable y sanguinario, pero más letrado, cultivado y teórico. Junto a Trotsky, Lenin fue el personaje de la Revolución de Octubre de 1917, pero, al contrario que el creador del Ejército Rojo, Lenin pasaría al panteón de las deidades soviéticas como el gran artífice del paraíso proletario. Por otra parte, de haber sufrido la mano de Trotsky (1), primero señalado como el diablo y después borrado de la historia soviética de la mano de Stalin, las repúblicas habrían comprobado una dureza aplastante similar —o eso se intuye de sus actos durante la revolución, en la posterior guerra civil y de sus escritos—. Pero Trotsky es una historia de terror para contar a los niños que se porten mal; la de hadas es el estalinismo que durante años se hizo pasar por una fantasía que todos estaban obligados a asumir como realidad ideal. Pero dicha ilusión se construyó a base de sangre y en buena medida gracias a la mano ejecutora de Beria, que fue borrado de un plumazo tras la muerte de su señor. Así solía borrarse cualquier cuestión que disgustase o molestase en tiempos del supuesto bueno de la película (Lenin) y del villano de la función (Stalin), y así se borró después de la muerte de Stalin, una muerte que deparó un respiro y la relajación de la censura que, entre otros grupos, ahogaba a los escritores.
El Deshielo implicó una especie de liberación que fue aprovechada por los escritores y los regresados del Gulag para hablar de las sangrientas sombras del pasado. Por otra parte, el nuevo poder sentía la necesidad de borrar la imagen paternal de Stalin. Había que hacer ver que no era el «padrecito» ni el «robabancos» a lo Robin Hood que el dictador había obligado creer a sus vasallos. Lo había logrado tras dos décadas de férrea omnipresencia estalinista, de agudizar el temor, de purgas y propaganda, incluso de la nueva «amenaza» que apuntaba un pogromo contra los judíos. Este se intuía próximo, pues los primeros pasos ya se habían dado, pero entonces el ogro del cuento utópico desapareció y el horizonte se despejaba de nubes de azufre y se abría a la esperanza volátil de un paraíso de mejor olor. Pero antes había que enfrentarse al pasado que apestaba, pues los cuerpos en descomposición todavía hedían. El pretérito estaba repleto de crímenes y de la culpabilidad de la población inmaculada, aquella que no sufrió la deskulakización iniciada en 1929 ni las cárceles, ni la deportación, ni la posterior estancia y muerte siberianas.
Las nuevas autoridades vieron con buenos ojos desvelar el continuo crimen estalinista (2), el que Martin Amis en su Koba el terrible (3) estima que se llevó por delante a unos veinte millones de personas, se encargaron de insistir en que el culpable ya había muerto, lo cual resulta dudoso si atendemos a lo expuesto por Vasili Grossman en Todo fluye (4), en la que señala esa culpabilidad general ante los abusos sufridos durante los años de reinado de Koba. Grossman había aplaudido a Stalin, había colaborado en sus escritos de guerra a elevar su figura a mito, pero poco después, cuando inició El libro negro (5), comprendió hasta donde alcanzaba la «bondad» del autócrata. Entonces cayó en la cuenta, en la realidad que había pasado por alto, la de millones de individuos como Iván Grigórievich, su personaje principal en Todo fluye, que no el protagonista de la novela, pues tal protagonismo recae en los crímenes estalinistas, en la culpabilidad y en los interrogantes para los que no encuentra una repuesta simple, tal como apunta el capítulo 7, en el que se juzgan los distintos tipos de cómplices, o el 14, en el que mediante la voz del personaje femenino se intenta explicar la hambruna que siguió a la deskulakización cuyo «viraje definitivo se produjo entre febrero y marzo de 1930». Este «viraje» no era ruptura, sino el seguir un curso que no dejaba de ser el fluir del todo (totalitarismo) que se venía imponiendo desde 1921, año del X Congreso del Partido Comunista (6)…
Notas
(1) Mi idea sobre Trotsky nace de su represión contra los soviets rebeldes de Kronstadt, que exigían libertad de prensa y elecciones libres, lo que significaría el fin del control absoluto pretendido por los bolcheviques. También se basa en sus escritos, por ejemplo su texto Terrorismo y comunismo, de 1920, en el que no le cuesta afirmar que, para lograr el éxito de la revolución, había que destruir el antiguo orden social «a sangre y fuego» —aquí cambio el habitual «hierro» por el fuego de las armas del siglo XX—, es decir, cualquier orden que no cuadrase con el suyo.
(2) Aparte de los nombrados, apunto otros títulos que desvelan dicho crimen:
Evgenia Ginzburg:
El vértigo (traducción de Fernando Gutiérrez). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012.
Vasili Grossman:
Vida y destino (traducción de Marta Rebón). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. (Aunque esta novela se centra en el periodo de guerra, no oculta los usos del estalinismo, algo que sí hacía en la novela Por una causa justa)
Anna Lárina:
Lo que no puedo olvidar (traducción de María García). Círculo de Lectores, Barcelona, 2006.
Varlam Shalámov:
Relatos de Kolimá (traducción de Ricardo San Vicente). Minúscula, Barcelona, 2007.
Aleksandr Solzhenitsyn:
Un día en la vida de Iván Denísovich (traducción de Enrique Fernández Vernet). Tusquets, Barcelona, 2018.
Archipiélago Gulag (traducción de Josep Mª. Güel y Enrique Fernández Vernet). Biblioteca El Mundo, 2002.
(3) Martin Amis: Koba el terrible (traducción de Antonio-Prometeo Moya). Editorial Anagrama, Barcelona, 2006.
(4) Vasili Grossman: Todo fluye (traducción de Marta Rebón). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007.
(5) Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg: El libro negro (traducción de Jorge Ferrer). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017.
(6) El X Congreso fue en el que Lenin impone el pensamiento único (el suyo) y prohíbe las facciones internas dentro del partido; así como 1921 es el año en el que, sin mancharse directamente las manos de sangre, aplasta la rebelión de Kronstadt —aplastamiento y represión llevados a cabo por Trotsky y Tujachevski— y se produce la primera hambruna. Y cabe recordar que el uso de la propaganda y de la censura, la creación de la checa y de los campos, son de la época del bueno de Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin.
Fotografía de cabecera: San Xusto (Noia), 20 de junio de 2026

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