Ir al contenido principal

Los extremeños que se arrojaron a devorar el mundo


Los extremeños que se arrojaron a devorar el mundo


Por Antonio Pardines



Los textos sobre hechos, especulaciones y personajes históricos abundan desde tiempos de Heródoto y Tucídides, pioneros de la historia occidental que se sitúan respectivamente en el reportaje sensacionalista y en la crónica realista; o mismamente Platón, autor del Parménides (1), que en realidad no es una biografía, es un ejercicio de dialéctica crítica platónica. Esos escritos dejan rastros de quienes fueron los protagonistas, pero solo son eso, pequeñas migajas que recogemos para hacernos una idea de esos mitos y leyendas que, en vida, fueron hombres y mujeres de carne y hueso. Hijos de su época, de sus contradicciones, de sus ambiciones. Extremeños, parientes lejanos, uno era hijodalgo, letrado, mas no licenciado, quizás no tan pobre como el del palillo, aunque tampoco para echar cohetes y gastar a manos llenas; y el otro, ilegítimo e iletrado. Uno no había sufrido carestía, y había cursado en Salamanca, y el otro, sí conocía la falta de pan, que debía evitar trabajando de porquero o ya a temprana edad alistándose en las hordas que arribarían a América; las cuales no estaban precisamente sobradas de hombres de ciencias y letras, mas no andaban escasas de malhechores, mercenarios y soldados de fortuna. Pero, a pesar de las diferencias, a ambos les movía uno de los mayores impulsos humanos: la codicia. Lo de la gloria y la fe lo dejamos para los ilusos y los religiosos, si uno, además, recuerda que en el XVI ya empezaban a cuestionarse la religiosidad, que Carlos V saqueó Roma, y que la Reforma y Contrarreforma daban vía libre a la duda. Y eso es lo que hago: dudo que Pizarro o Cortés fuesen creyentes practicantes, otra cuestión es la imagen que tendrían que dar ante la realeza en España, pero en América, como hijos de ideas del Renacimiento, tendrían vía libre para desarrollar su propio credo: «creo y confío en mí mismo para conseguir lo que pueda».


Cortés y Pizarro, dos apellidos que, junto al de Colón, unen para bien y para mal la historia de dos mundos, de dos continentes, de tres imperios, tríada de la que solo quedará uno, de diversas culturas, de millones de almas y de distintas interpretaciones de la vida, son nombres que generan tiras y aflojas, comentarios, insultos, errores… distintas impresiones. Esos dos apellidos despertaron la curiosidad de autores como el hispanista británico Hugh Thomas y el alemán Siegfried Huber, quienes, respectivamente, intentaron descifrar las figuras del hidalgo y del ilegítimo en La conquista de México (2) y Pizarro. Oro, gloria y muerte (3), entenderlas en sus complejidades y conflictos —por ejemplo: no descarto que, entre otras cuestiones, Cortés quisiera ser reconocido como un Grande de Castilla y que Pizarro buscase un reconocimiento que ocultase las heridas emocionales de su niñez y juventud—, en sus claroscuros, y finalmente acercarlas al lector… que quizás comprenda que parte del éxito de los extremeños fue ser más astuto y amoral, que es un arma bélica que se emplea desde siempre, al aprovechar las distintas coyunturas que se presentan. Ambos fueron hijos de su época, no podemos verlos en la nuestra. Y de imaginarlos, como hacen los historiadores a partir de las fuentes, habría que verlos con una perspectiva de entonces, y no como algunos se empeñan en juzgarles ahora. Hicieron lo que hizo Ciro, Alejandro, Aníbal, César, Genghis Khan, el imperio Otomano, Isabel de Inglaterra, Napoleón,… Dijeron como aquellos: «llego, veo, quiero eso. Y como tengo armas de fuego y acero toledano, y me encuentro con aliados de aquí que te odian o con una guerra civil, y no sabéis muy bien cómo actuar con el extranjero, pues te doy el golpe de gracia antes de que te des cuenta de qué pasa. Así, sin acritud, pero con el deseo de llenarme los bolsillos y maquillar todo esto con una capa histórica de conquista, civilización y gloria». Y la caída de ambos llegaría no por justicia poética, que es un invento  literario, sino por cuestiones más mundanas, entre ellas, porque otros también ambicionaban. Sin ir más lejos, Cortés se vio envuelto en un sinfín de jaleos burocráticos y a Pizarro le tocó bailar con el también codicioso y renacentista Diego de Almagro…


(1) Platón: Parménides (traducción de María Isabel Santa Cruz). Gredos, Barcelona, 1988.


(2) Hugh Thomas: La conquista de México (traducción de Victor Alba). Booket, Barcelona, 2015.


(3) Siegfried Huber: Pizarro. Oro, gloria y muerte (traducción de Agustín Puig). Círculo de Lectores, Barcelona, 1962.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y que es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el barroquismo formal de  Snyder , quien parece sentir...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...