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El barón fantástico (1961)



La fantasía del arte


Por Antonio Pardines



Frente a la pared en blanco se empieza a dibujar una figura que no logro reconocer. Alguien invisible está pintando, pero sus líneas nada me dicen. ¿Qué sucede? Hay desconexión entre el sujeto activo (el pintor invisible) y el paciente (el observador). Así, tras un instante de silencio para contemplar el resultado, me digo que cae de cajón que el gusto no obedece al arte ni al espectáculo, ni a quienes pretenden crearlo e imponerlo o vender un show que de artístico solo tenga la presunción.


Cualquier gusto, más o menos refinado y educado, responde a la sensibilidad, a la educación artística y a la interpretación subjetiva que el consumidor posea y se haga de lo artístico, o de la escenificación que observa. Lo dicho es una de las ideas más obvias sobre la reacción de cualquier individuo frente a la obra en cuestión. Y que una mano invisible pinte un muro no es tan extraño, si uno tiene en cuenta que nunca ve las distintas fases de la creación, solo el resultado que juzga por lo que lleva dentro.


Cierto que, en no pocas ocasiones, el observador se ve condicionado por lo que otros dicen fuera, aunque lo establecido como canon sea una repetición de la repetición de ideas que ya muchos no sabrían explicar. Pero, sin negar que el arte nace en el espacio emocional entre el artista y el observador —entre este y el objeto, puesto que sin la mirada ajena la obra sería apenas inexistente—, no siempre se acepta que el gusto solo es el juicio personal y emocional de quien valora.


No se trata de ningún universal ni de nada que sirva más allá de uno mismo o de compartir la emoción que le genera. De modo que, por ejemplo, afirmar que El barón fantástico (Baron Prášil, 1961) no es la versión del libro de Gottfried August Bürger que más me gusta es un ejercicio de subjetividad que nace de la manera en la que miro, la cual está condicionada por mi sensibilidad, mis conocimientos, mi ignorancia, mi perspectiva. Pero nada de eso puede negar que la realizada por Karel Zeman sea la más desbordante y desafiante desde una perspectiva formal.


Esta versión del barón Münchausen de Zeman, junto a Jiří Trnka uno de los cineastas checos pioneros en la animación, es una cumbre del cine fantástico y de animación no solo checoslovaco, sino del cine mundial. Creada en tiempos de las nuevas olas, Zeman va a lo suyo y da un paso hacia delante mirando atrás, puesto que, a riesgo de equivocarme, bebe del cine de Méliès, de las sombras animadas de Lotte Reiniger —creadora de Las aventuras del príncipe Achmed (Die Abenteuer des Prinzen Achmed, 1926)—, de la literatura de Julio Verne (sin el didactismo del francés), e incluso del teatro de marionetas checo, e influiría en los dibujos creados por Terry Gilliam —quien ya en 1988 dirigiría la versión del barón que más me gusta— para Monty Python. Toma personajes de carne y hueso y los adentra en un mundo animado de fantasía donde todo es posible, porque viven en el cuento desbordante que nace de la imaginación del barón (Miloš Kopecký), que nos narra sus aventuras, y en la valiente inventiva visual de este prestigioso realizador, guionista y diseñador de producción checoslovaco cuyo debut se había producido en la inmediata posguerra. Ya entonces había llamado la atención internacional con su cortometraje Un sueño de Navidad (Vánoční sen, 1946), al ser premiado en Cannes.

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