La noticia alcanzó el Gulag donde Evgenia Ginzburg padecía las largas vacaciones a las que, como tantos millones de creyentes más, había sido condenada por nada o, tal vez, por no tener cabida en la realidad pretendida por el padre de la nación, el cual, desde que subió al poder, engrandeció (en cantidad) la política que Lenin ya había empezado años antes, una política (la leninista) que, en presumida búsqueda de modernizar e industrializar, había alcanzado uno de sus máximos mortales en la gran hambruna de 1921 y 1922, de la que se calculan unos cinco millones de fallecidos. Más se llevaría la criminal fantasía de Stalin (a quien se le atribuyen veinte millones de muertes), la de Hitler la igualó y la de Mao, en China, la superó, pero esas son otras historias, aunque guarden cierta relación con la soviética. En aquella prisión siberiana, la escritora <<Estaba segura de que la muerte del tirano significaba el final de la esclavitud, no solo para nosotros, sino también para los q...