La figura autoritaria y totalitaria del sargento-instructor es clásica del cine ambientado en academias y campos militares. Dentro de sus perímetros, representa el orden marcial y se encarga de inculcar disciplina y la idea de uniformidad entre los reclutas o cadetes bajo su mando. Lo logra a base de palos, de someter y de hacer sufrir a los sonrientes, frágiles e inconscientes que se adentran en sus dominios para descubrir que han caído en el infierno donde aquel castiga, elimina el ego y el libre albedrío, pues, en su reino castrense, no hay lugar para la individualidad ni para el individuo. Esta figura, cuyo carácter semeja pulido a imagen y semejanza del de una piedra, no fue una aportación del Hollywood de la década de 1980, pero sí podría decirse que en los ochenta cobró mayor protagonismo y descargó toda su mala leche y un sin fin de insultos sobre sus jóvenes "galateas". Ese tipo duro, incluso inhumano en su trato con los reclutas, que adiestra, insulta y humilla...