En 1930 el realizador aragonés aceptó una invitación de la MGM y partió hacia Hollywood, donde coincidió con los españoles Edgar Neville, Tono o Ugarte, y conoció a cineastas consagrados como Charles Chaplin, Jacques Feyder o Sergei Eisenstein. Su primera estancia en suelo americano fue breve y regresó a España, donde, gracias al dinero que le tocó a su amigo anarquista Ramón Acín en la lotería —suena un tanto surrealista, ¿no?—, rodó el documental Las Hurdes, tierra sin pan (1932). En esta producción, que algunos acusaron de manipuladora, el responsable de Viridiana filmó la miseria de la comarca extremeña y, tras su estreno, fue prohibido por el gobierno de la República (al parecer el motivo fue la mala imagen que mostraba del país). Durante los años que precedieron a la Guerra Civil, Buñuel vivió en Madrid, dedicándose a producir varios largometrajes en los que, por petición expresa, su intervención no fue acreditada. Pero, al igual que sucedió con otros millones de españoles y españolas, un mal día de 1936 el director se despertó en medio de un conflicto civil que enfrentó y desangró al país. Hacia el final de la contienda fue enviado a París como responsable del departamento de propaganda de la República, posición que le llevó a cruzar el charco una vez más. Tras unos meses de estancia en Hollywood se trasladó a Nueva York, donde por fin encontró trabajo, como responsable del Comité para Asuntos Interamericanos en el museo de Arte Moderno, pero, como consecuencia de las presiones generadas por su supuesto ateísmo, el cineasta tuvo que dimitir y de nuevo se encontró sin opciones y sin más rumbo que dirigirse a Los Ángeles, donde residió hasta que el destino llamó a su puerta y lo condujo a México.
Retrato de Luis Buñuel, pintado por Salvador Dalí.
(1)(2) Tomás Pérez Turrent y José de la Colina: Buñuel por Buñuel. Entrevistas y Conversaciones. Plot Ediciones, Madrid, 1993.




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