Su capacidad de generar complicidad, risa, sonrojo, vergüenza, ajena y propia, incluso la reflexión sobre nosotros mismos como parte de un colectivo que, en su afán de esconder su imperfección y su mezquindad, se escuda en la falsa respetabilidad y la inexistente solidaridad que Luis García Berlanga caricaturiza festivo se suman a los demás tangibles e intangibles que hacen de Plácido (1961) una de las grandes sátiras rodadas aquí, allí o en cualquier otro lugar. Los numerosos e inolvidables personajes de esta comedia coral y las situaciones expuestas desde la ironía y el esperpento, que ya asoma en los títulos de crédito y su acompañamiento musical, hasta llegar al villancico final, <<...porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá>>, provocan que la sátira social ya presente en anteriores títulos del cineasta valenciano, caso de las excelentes ¡Bienvenido Mister Marshall! (1952) o Los jueves, milagro (1957), alcance mayor perfección en sus colaboraciones con el guionista Rafael Azcona, sobre todo en Plácido y El verdugo (1963). A partir de su trabajo en común, las películas de Berlanga mejoran su estructura narrativa al tiempo que agudizan el humor negro, a veces cruel y siempre divertido, con el que pretendía ofrecer una visión humana, entre patética y tierna, del individuo que lucha por sobrevivir a los intereses y tejemanejes de la sociedad y del sistema —algo o muy kafkiano— que le impiden realizarse como tal.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...




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