La precisión y riqueza narrativa, satírica y costumbrista de la presentación y de la primera parte de la película son de las más ágiles y joviales que puedan verse y sentirse en una comedia. El dominio de las situaciones que Berlanga va exponiendo es total, gracias al ritmo que imprime y recorre Villar del Río; y a la soberbia actuación de la voz de Fernando Rey, cuya función de narrador y guía ayuda lo suyo para acercarnos el espacio y personajes tan caricaturescos como populares e inolvidables. Hasta que la luz de la última casa del pueblo se apaga, tras la proyección de la película del oeste, ¡Bienvenido Mister Marshall! anuncia intereses cinematográficos que Berlanga irá desarrollando a lo largo de la década en otras indispensables como Calabuch (1956) o Los jueves, milagro (1957), otros dos grandes ejemplos de la coralidad, el esperpento, la sátira y la ironía de un cineasta clave más allá de la comedia y de la cinematografía española.
Inicialmente, no son los habitantes los que pretenden engalanar su villa, sino que reciben la orden de instancias superiores que desean dar una imagen jovial y de gratitud hacia aquellos a quienes quieren convencer de la alegría española y de la buena disposición de sus habitantes. Una vez más, observamos la constante de basar la sociedad en la imagen que se muestra de puertas hacia fuera. Sin embargo, la que iba a ser la segunda película del dúo Berlanga-Bardem, acabó siendo la primera película en solitario de Luis G. Berlanga, debido al empeño de la productora en dejar fuera del proyecto a Juan Antonio Bardem, quien ante la falta de liquidez había vendido sus acciones de la misma, lo cual no fue del agrado de los directivos. Como consecuencia, el reconocimiento internacional del film, premiado en Cannes, recayó en Berlanga, aunque tres años después Bardem sería recompensado en el festival francés por Muerte de un ciclista (1955).



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