A menudo empleamos el término moderno como si este fuera algo relacionado con el ahora, pero la modernidad de alguien como Charles Chaplin no se ubica en un tiempo concreto. Su obra y su pensamiento, humanista y a contracorriente, se liberan de su presente para ser, quizás sin pretenderlo (ni ser plenamente consciente de ello), intemporales y, por tanto, siempre vigentes. Si fuera posible hablar de perfección, en este caso de la perfección de la transgresión chaplinesca, diría que esta encuentra su plenitud en Luces de la ciudad (City Lights, 1931), en el equilibrio entre apariencia y esencia, en que nada de lo expuesto sobra, no hay un minuto de desperdicio, encaja y funciona a la perfección hasta el cierre que abre con su fundido en negro dos posibles interpretaciones: el fin del sueño o la prolongación del mismo. Su inicio es tan subversivo como brillante, un comienzo que expone sin rodeos las intenciones y el posicionamiento de Chaplin hacia el orden y hacia el cine sonoro que por entonces ya se había asentado definitivamente en Hollywood, salvo para él. Charles Chaplin hablaba un idioma universal, un lenguaje claro que comprendemos, un idioma visual que choca con la incomprensión que nos generan las "palabras" de los oradores que presentan el monumento donde descubrimos al rey de los desheredados, al vagabundo sin hogar delimitado. Es rey porque escoge vagar por el mundo (su hogar), de igual modo que el cineasta asume el cine mudo, comedia y drama, como su medio de expresión y un entretenimiento sin fronteras, sin necesidad de la palabra sonora (dicha necesidad llegaría más adelante), porque <<una buena película muda era un arte universal, tanto para los intelectuales como para la masa. De pronto todo se iba a perder. Pero yo estaba decidido a seguir haciendo cine mudo, porque creía que había espacio para toda clase de diversiones. Además, yo era fundamentalmente mímico, y en este género resultaba único y, sin falsas modestias, un maestro>>*.
*Charles Chaplin. Mi autobiografía (de la traducción de Julio Gómez de la Serna). Debate, Madrid, 1993



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