Joseph L. Mankiewicz y Billy Wilder tienen un punto de cinismo y de acidez que en cierto modo les hermana, pero donde el primero es culto y elegante, sutil y de fina ironía; el segundo resulta una hoja brillante y afilada que, sin el menor miramiento, cae sobre las cabezas que hace rodar. Wilder y su cine fueron mundanos, cierto, incluso no le importaba llegar a ser vulgar, y siempre quiso ser popular, evidente. Pero también supo ser elegante, aunque de elegancia un tanto forzada cuándo pretendía emular la de Ernst Lubitsch, como parece apuntar que Ariane (Love in the Afternoon, 1957) quiera y no pueda ser un film Lubitsch. Lo suyo era la acidez y la ironía terrenal y, en ocasiones, las mejores, una carga de malicia e irreverencia a punto de estallar o que estallaba en la cara de quienes vieron sus reflejos en películas como El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), El gran carnaval (Ace in the Hole, 1951) o la también impagable Bésame, tonto (Kiss Me, Stupid, 1964). Cierto que Wilder carecía de la elegancia profesional de Mitchell Leisen, de la ensoñación e insinuación de Lubitsch, del talento cinematográfico de Hawks o de la cultura “elitista” de Mankiewicz, pero tenía un poco de todo ello y le añadía su contundente y nada compasiva interpretación de la vida, así como unas enormes ganas de divertirse haciendo su cine, pero también buscaba gustar al público. Tonto sería, si no, en una feria como Hollywood, donde como asalariado del circo necesitaba aceptación popular, la misma que se le negó en films como El gran carnaval (1951) o Fedora (1978), aunque sobrepasó con creces en muchas ocasiones, incluso sin esperar conseguirlo de modo tan arrollador como sucedió en la descaradamente magistral Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959).
Los minutos transcurren y la trama no baja el ritmo sino que crece hasta extremos insospechados, la agilidad con la que se muestran las situaciones, a cada cual más delirante e hilarante, hace de ella una comedia que no ofrece un momento de respiro, sin un instante de desperdicio, donde Billy Wilder desarrolla sus mejores recursos (que son muchos) para regalarnos una magistral explosión de humor, donde todo encaja a la perfección y en la que los personajes están magníficamente interpretados, sobre todo destaca Jack Lemmon que borda su papel y su relación con el personaje interpretado por Joe E.Brown. Y si después de verla, no gusta, solo queda pensar que <<Nadie es perfecto>>.


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