<<La estepa tiene una particularidad maravillosa. Esa particularidad vive en ella, invariablemente, ya sea al alba, en invierno, en verano, en sombrías noches de lluvia o bajo el claro de luna. Siempre y por encima de todas las cosas la estepa habla al hombre de la libertad... La estepa se la recuerda a aquellos que la han perdido.>>1 La estepa referida por Vasili Grossman en su colosal novela río Vida y destino (Zhizn i sudbá) es la calmuca, pero la sensación de libertad que vale para la europea también sirve para la estepa de la Mongolia Interior donde Nikita Mikhalkov ubica Urga (1991), un espacio donde coinciden tres culturas —la china, la mongol y la rusa— y sus tres presentes. El chino mira hacia el futuro, construye carreteras, moderniza sus ciudades, pero también controla la tasa de natalidad mediante leyes que limitan a uno el número de hijos por familia; el mongol muestra el nomadismo y pastoreo tradicional que se encuentra en vías de extinción o así parece indicarlo el “progreso” que llega con la carretera que se está construyendo, con la aparición de Silvester Stallone en un cartel promocional de la película Cobra (George Pan Cosmatos, 1986), con la televisión y el control de natalidad; y la rusa apunta la incertidumbre y desorientación que se avecina con el fin de la Unión Soviética, un sistema geopolítico agonizante que no tardaría en dejar de existir como tal. La geografía rusa se extiende de oeste a este, desde Europa hasta Extremo Oriente, y nos descubre a un gigante de encuentros y desencuentros, de acercamientos y distancias humanas y culturales entre Asia y Europa. Funciona como puente y al tiempo de frontera euroasiática, más allá de la natural de los Urales, pero, sobre todo, fue y es una realidad multiétnica llena de contrastes. Hay varias películas soviéticas que, como Calor (Znoj, Larisa Shepitko, 1962) o Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975), manifiestan estas distancias que la alejan de la zona de influencia europea, al tiempo que acercan dos culturas (o modos de interpretar el mundo) que se encuentran en un espacio determinado donde se produce su contacto. En Urga, esas distancias se ubican en la llanura de Mongolia Interior, región autónoma china donde hay una aproximación de las tres culturas arriba nombradas, y que difieren y coinciden en la ciudad donde Sergei (Vladimir Gostyukhin) se despide momentánea de Gombo (Bayaertu), el pastor mongol que le ofreció su ayuda, su amistad y la hospitalidad de su hogar.
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viernes, 21 de mayo de 2021
Urga (1991)
1.Grossman, Vasili: Vida y destino (traducción Marta Rebón). Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2016
lunes, 17 de diciembre de 2018
Quemado por el sol (1994)
En el capítulo de Archipiélago Gulag que Alexsandr Solzhenitsyn dedica a las detenciones practicadas durante el estalinismo, el autor escribe que <<a veces, las detenciones llegaban a parecer un juego, tan fecunda inventiva y tanta energía superflua se depositaba en ello, cuando en realidad la víctima no se resistía aunque no hubiera tamaño despliegue>>. Una inventiva similar la descubrimos en Nitia y la falta de resistencia se observa en Sergei Kotov, los dos protagonistas masculinos de Quemado por el sol. El primero es una herramienta del sistema al que se unió para evitar males mayores mientras que el segundo es una víctima de ese sistema que ayudó a construir y que ya no le necesita. Tanto Nitia como Sergei ocultan a la familia hechos del pasado, también el por qué de la aparición del primero en el presente, una aparición que el espectador empieza a explicarse cuando la pequeña hija (Nadia Mikhalkova) del segundo observa en la distancia la conversación que mantienen ambos adultos. Salvo la inicial, hasta entonces ninguna imagen indica la amenaza que se cierne sobre el comandante Kotov y familia, que disfrutan de un domingo que se ve alterado por la alegre e inesperada aparición del viejo amigo de la familia. ¿Qué fue de Nitia durante tanto tiempo ausente? La secuencia de apertura de Quemado por el sol lo muestra en un apartamento con una pistola a la que quita las balas antes de acercar el cañón a la sien. Algo le sucede, eso queda claro. Tiempo después descubrimos en sus palabras parte de ese pasado que se omite en la pantalla, salvo por las conversaciones que nos lo irán dibujando, pero inicialmente su jovialidad y su apariencia de víctima de la revolución bolchevique provocan que simpaticemos con él. No obstante, el disfraz con el que se presenta, ocultando su identidad, remite a la sombra que oculta sus verdaderas intenciones, una sombra que impide que dicha simpatía sea completa. En un primer momento lo observamos conquistando a los presentes, reviviendo recuerdos sin aparente importancia u ocupando el asiento de Sergei, como si pretendiese también ocupar el lugar que este mantiene dentro del núcleo. Nitia es como la propia película, pues, si esta juega con los hechos ya ocurridos (y de los que apenas tenemos constancia salvo por comentarios) o con aquellos que están sucediendo pero que no se muestran, el recién llegado omite sus verdaderas intenciones y revive recuerdos de juventud en Marusia (Ingeborga Dapkunaite), en el presente casada con Kosov, o alegra la velada con palabras, bromas y con los cuentos que desvelan aquella parte de su pasado que desea dar a conocer.
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