¿Qué cosas que importan?
Por Antonio Pardines
Debido a problemas económicos de la productora Orion Pictures, la que sería la última película dirigida por el británico Tony Richardson, Las cosas que nunca mueren (Blue Sky, 1991), se estrenaría con tres años de retraso respecto a su rodaje. Finalmente, pudo proyectarse en las salas comerciales en 1994 y esto supuso que su protagonista femenina, Jessica Lange, fuese premiada con el Oscar a la mejor actriz del año, cuando, en realidad, lo habría sido de tres atrás. Pero aun dejándonos llevar por el engaño del tiempo, que siempre juega con nuestra percepción e ilusiones, y a veces en complicidad de la cirugía estética y de las empresas cosméticas, si lo fue o no, ya saben cómo son los premios, incapaces de una valoración real que establezca mejores y peores. Pero hablando de realidad, la interpretación de Lange clava a una mujer que sueña con las estrellas, no en plan Tycho, Copérnico o Galileo, sino en plan consumidora voraz del star system femenino en el que brillan Brigitte Bardot, Marilyn Monroe, Ava Gardner, Elizabeth Taylor e incluso Doris Day, la ñoña aséptica en la pantalla y quizás más sexual y salvaje fuera de ella. Todas ellas son mujeres con cuerpos y caras que si ves en un callejón nocturno echas a correr, quizás más hacia ellas que huyéndolas.
Carly sueña ser una de estas divas de celuloide que son el deseo de muchos y la envidia de otras tantas. ¿Por qué quiere ser a imagen de esas divas solo existentes en las portadas de las revistas, en el imaginario popular y en el celuloide? Parece evidente, como cualquier sueño despierto, el suyo la aleja de la realidad de un mundo hipócrita y desquiciado donde, como cualquier ser equilibrado, Carly se siente atrapada, puede que ninguneada, tal vez frustrada, si no insistiese en liberarse. Lo hace día a día, lo hace mostrando su cuerpo y su armonía, lo hace no para satisfacer una ninfomanía, puesto que ya siente satisfacción en su relación marital con el mayor Marshall (Tommy Lee Jones). Madre de dos adolescentes, ama de casa, esposa de militar, es, sobre todo, una mujer singular, emocional, sexy, liberada, que rechaza esos prejuicios que tanto gustan a las Ligas de la Decencia, las mismas que no condenaron los lanzamientos de bombas atómicas o la dantesca caza de brujas, y a los mojigatos que de puertas adentro se masturban pensando en las cuevas y rincones escondidos de su cuerpo, como sería el caso de ese coronel (Dale Dye) que recrimina al marido el comportamiento de su mujer, uno para nada censurable. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué asume que es un comportamiento indecente, alocado o inmoral? Mas, ¿quién es más inmoral? ¿Ella, a la que le importa vivir y sentir, o quien juega con bombas nucleares que podrían acabar con medio mundo y no pocas estrellas?

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