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La ópera de los tres reinos



La ópera de tres reinos


Por Antonio Pardines



Una jugada que se presumía magistral, acabó siendo un error de cálculo. Alfonso VI, empleando medios dignos del elogio de cualquier maquiavélico extremo, reunificó los tres reinos en los que su padre había dividido el Asturleonés —Galicia, León y la joven Castilla— pero luego decidió dividir el Reino de Galicia de su hermano Ordoño en dos condados separados por el río Miño. Era una forma de dividir y debilitar un poder que amenazaba el suyo —pues las zonas portuguesas recuperadas al islam, reunían los territorios del Antiguo Reino Suevo—. Así que entregar el condado de Portugal a su hija Teresa y al marido de esta, y el de Galicia, a Urraca y a su cónyuge, parecía una solución lógica. Era «el divide y vencerás», aunque no le salió como esperaba. Por un lado, Teresa y Enrique de Borgoña, empujados por la Iglesia Bracarense, en su lucha con la de Santiago, acabaron por distanciarse de la corona alfonsina para aspirar a la propia; la cual se conseguiría con su hijo Afonso Heriquez. Mientras, al otro lado, su primo Alfonso Raimúndez, hijo de Urraca y Raimundo de Borgoña, con el beneplácito de la nobleza gallega liderada por el conde Pedro Fróilaz de Traba —protector del niño y de su regio porvenir—, fue coronado rey de Galicia por Xelmírez en la catedral compostelana, en el Año del Señor 1111.


Ese momento separa definitivamente el Antiguo Reino Suevo —aunque siglos después la corona Portuguesa se uniese a Castilla y Aragón en reinado de Felipe II— creando dos reinos que corrieron suertes dispares. Portugal se enrocó en sí misma, a pesar de que accedió al vasallaje pero sin perder su corona. Y Galicia, por jugársela en una mano alocada, perdió la suya. Tampoco ayudó que su niño rey creciese a la par de su ambición y decidiese serlo de todas las Españas. Aunque probablemente fuese el mejor político peninsular de su tiempo, el arzobispo compostelano no supo medir las sumas de fuerzas y ambiciones de todos sus contrincantes —desde León a Toledo, pasando por Braga, Roma y la entonces todo poderosa orden de Cluny—, ni siquiera las propias. Así que de la posibilidad real, pues se estuvo a esto de conseguirlo, se pasó al crudo despertar en la catedral de León, donde, en ausencia de su padrino Xelmírez —y del resto de la nobleza gallega liderada por el poderoso conde de Traba—, el joven Raimúndez pasó a ser Alfonso VII…


Fotografía de cabecera: Miniatura iluminada de la reina Urraca I de León en el manuscrito medieval 'Tumbo A' (Siglo XII). Archivo de la Catedral de Santiago de Compostela, imagen de dominio público vía Wikimedia Commons.

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