Para lo bueno y para lo malo, Godard es Godard . Dicho así, esta afirmación parece una simpleza, pero no por ello deja de ser una de las realidades del cine de un cineasta que se erige en dios-creador de sus películas, consciente y consecuente con su necesidad-intención de realizar algo distinto a lo ya hecho. Pero esta intención creadora precipita su lado menos vistoso, aquel que nos recuerda constantemente que su cine es primero para él, después para él y por último para el resto de los mortales, un cine que nos remite a la búsqueda de su verdad cinematográfica, a su compromiso, el cual se agudizaría con el paso de los títulos (sobre todo a partir de 1968), y quizá a su convencimiento de ser indispensable en la evolución y supervivencia del cine. Las películas de Jean-Luc Godard son rupturistas incluso entre sí, y esto provoca que algunas resulten forzadas en su radicalidad. No es el caso de Banda aparte ( Bande à part , 1964), una propuesta cinematográfica indispensa...