viernes, 17 de junio de 2011

M (1931)

Aparte de ser una de las grandes obras maestras del cine mundial, M fue la primera película sonora de Fritz Lang, circunstancia que el cineasta vienés aprovechó para experimentar con sonidos y con su ausencia, con las luces y las sombras, creando una atmósfera pesimista, turbia y angustiosa que sería el reflejo social de su época. Si a esto se le añade que fue el único film que realizó con total libertad, es fácil de entender que se refiriera a M como la película de la que se sentía más orgulloso. Para alcanzar el realismo que se observa a lo largo del metraje, Lang investigó a conciencia, visitó centros psiquiátricos, mantuvo entrevistas con la policía y estudió el caso real en el que se basó el guión, escrito por él mismo y por su esposa por aquel tiempo, Thea von HarbouDesde el primer momento se descubre un estilo sobrio, casi documental, que expone el estado de ansiedad que domina a la población de Düsseldorf, aterrorizada ante la imposibilidad de atrapar a un asesino de niñas de quien nada saben, salvo que podría ser cualquiera. La presentación del psicópata desconocido es una de las mejor desarrolladas de la historia del cine. Hans Beckert (Peter Lorre) se da a conocer de un modo soberbio gracias al ingenio de Fritz Lang, pues éste empleó una sombra del cuerpo del asesino antes de que cometa el asesinato de la pequeña Elsie, un crimen que se omite, al igual que el resto de escenas que implican violencia física, sin embargo, dicha omisión es sustituida por pequeños detalles (el silbido del criminal, las escaleras vacías, la inquietud de la madre, la pelota de Elise que se desliza sin su dueña o el globo atrapado entre los cables) que dan a conocer los hechos desde una perspectiva más tensa, inquietante y terrorífica. Tras ese impactante arranque la acción se traslada hacia otros puntos de interés, una serie de escenas y planos que se ven dominados por las luces y las sombras, así como el constante humo de tabaco que enrarece la atmósfera, creando un ambiente de ansiedad y desubicación. Esa misma desorientación se observa en los esfuerzos de las fuerzas del orden incapaces de detener al culpable; sin pistas y sin testigos, la única alternativa que encuentran es la de aumentar las redadas en los bajos fondos. Las patrullas se apoderan de las calles, sin embargo, los resultados continúan siendo los mismos. El fracaso evidencia la impotencia de las autoridades, incapaces de zanjar una situación que ha provocado que cada ciudadano vea en su vecino a un posible sospechoso, nadie se fía de nadie, y todos se delatan, hecho que aumenta la sensación de violencia e intolerancia. El celo policial choca con los intereses de la Organización Criminal, que ve en la implacable e infructuosa labor de los agentes la ruina de sus actividades delictivas; ellos son los primeros en sufrir los acechos policiales, y ésto, muy a su pesar, conlleva la inmediata disminución de ingresos al no tener vía libre para realizar sus atropellos. Dicha constante provoca que los hampones convoquen una reunión (magníficamente desarrollada en paralelo con otra no menos espléndida, la policial) durante la cual deciden realizar una investigación paralela a la oficial, con la intención de encontrar y destruir a la fuente de sus problemas. M resulta una verdadera maravilla en cuanto a los detalles que se muestran y los que no, su agilidad narrativa rompe esquemas previos, así como su montaje no permite concesiones rítmicas. La cámara de Lang viaja de un lugar a otro mostrando las situaciones que se producen en los diferentes frentes que ha abierto: se muestran los preparativos y el inicio de las pesquisas, así como se evidencia el temor que impera en la urbe, bien sea por esas niñas en peligro o porque la economía sumergida del mundo del hampa se ve seriamente amenazada por la constante intervención policial, o, hacia la mitad de la película, muestran al criminal convertido en una presa acorralada, perseguido por varios mendigos que le marcan con la M de asesino que da título a esta descomunal obra maestra. Fritz Lang presentó unas imágenes opresivas, significativas y sugestivas, que confieren esa sensación de angustia psicológica que domina en buena parte del film, al tiempo que recalcó el estado por el que atraviesa la población, en la que el miedo forma parte de su existencia. Tampoco se olvidó de señalar la incompetencia y pérdida de credibilidad de las autoridades, incapaces de hacer frente a un estado de paranoia que deriva en la violencia contenida que se descubre cuando se juzga al personaje magistralmente interpretado por Peter Lorre, un enfermo cuya disfunción psíquica le obliga a cometer los terribles crímenes que el tribunal constituido por delincuentes profesionales pretenden castigar para así poder regresar a sus actividades ilícitas. En definitiva, muchas décadas después de su rodaje, se puede asegurar que M es una magistral lección de cine policíaco, pero es mucho más, es una joya cinematográfica que se posiciona contra la violencia, del mismo modo que ofrece una sensación de imposibilidad y de amenaza que podría ser el reflejo de la sombría realidad de su época.

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