martes, 11 de abril de 2023
La comunidad (2000)
miércoles, 8 de marzo de 2023
800 balas (2002)
El cine de Álex de la Iglesia es canalla, festivo, se ríe y disfruta al tiempo que homenajea distorsionando, llevando los géneros al borde del esperpento que ya se descubre y luce en Acción mutante (1992) y alcanza su máxima expresión en la urbanidad nocturna de El día de la bestia (1995), sus dos primeros largometrajes. En 800 balas (2002) también se decide por caricaturizar un género, en este caso el western, que en manos del cineasta vasco y de Jorge Guerricaechevarría, su coguionista, se transforma en otra cosa: en un homenaje y a la vez en un divertimento protagonizado por un grupo de niños grandes (la filmografía de Álex de la Iglesia está repleta de este tipo de personajes) que se niegan a perder el mundo que han construido o heredado en ese desierto donde todavía existe la posibilidad de soñar y fantasear aquel “viejo” cine que ya nadie hace. Cuando el director y el guionista deciden ser gamberros y miran atrás, a las películas y a los géneros que les divierten y que decantaron sus gustos, se da lo mejor de su comunión. Y diría que este esperpento-western es uno de esos casos. Rodada en su práctica totalidad en Almería, 800 balas homenajea al spaghetti western, al especialista, stuntman, como dice Jaime (Sancho Gracia) porque ha trabajado con los estadounidenses, y a ese espacio almeriense que hizo posible duelos y persecuciones en lo que simuló ser el viejo oeste americano. Ahora ese espacio andaluz llamado “Texas Hollywood”, ubicado en el desierto de Tabernas, apenas es visitado por un puñado de turistas que aplauden a Jaime y a su troupe cuando recrean un oeste que solo existió en las películas. Forman un grupo aparte, que resiste las modas y la carestía, haciendo de su entorno un espacio circense —los payasos son inspiración recurrente en la obra del cineasta bilbaíno— que conquista la fantasía de Carlos (Luis Castro), el niño que, engañando a su madre (Carmen Maura), decide conocer a su abuelo Jaime y se traslada en taxi a Almería. Contra lo que aparenta, Carlos es un personaje de mayor madurez que los adultos, aunque se presenta como un consentido que alborota durante la mudanza al chalet de lujo donde su madre está ocupada con sus negocios o discutiendo con su suegra (Terele Pávez). Queda claro que es un entono donde Carlos juega solo y se encuentra solo, soledad que desaparece en cuanto llega al far west ilusionado por su abuelo, pendenciero y un tanto “borrachuzas”, un outsider de los de antes, alguien que se niega a dejar que su “espectáculo” vital lo decidan otros, alguien que presume haber trabajado con los mejores y de su amistad con Clint Eastwood, la “estrella” a quien dobló en la trilogía del dólar de Sergio Leone.
martes, 10 de enero de 2023
El día de la bestia (1995)
Su cortometraje Mirindas asesinas (1990) y Acción mutante (1992), su primer largo, apuntaban lo que corrobora El día de la bestia (1995), que Alex de la Iglesia quería divertirse y divertir haciendo un tipo de cine popular y gamberro en el que mezclar serie B, humor, géneros cinematográficos y gustos cinéfilos. Con dicha mezcla se ganó las simpatías de un público que vio con entusiasmo y risas su segundo largometraje, posiblemente el mejor de los suyos (hasta la fecha) y seguro el más aplaudido y celebrado. Escrita en colaboración de su habitual guionista Jorge Guerricaechevarria, de la Iglesia bromea en El día de la bestia un “villancico” audiovisual, metal, navideño y urbano que arranca en un prólogo donde dos curas hablan del significado del “Apocalipsis” de san Juan. Uno de ellos, el interpretado por Saturnino García, es aplastado por una enorme cruz de piedra mientras que el otro, el personaje a quien dio vida Alex Angulo, viaja a Madrid para hacer todo el mal que pueda. En ese instante, de la Iglesia, inserta los títulos de crédito y presume de “destroyer”. El cineasta seguirá esa senda simbólica y cinematográfica: metálica, satánica, navideña, violenta, para mandar a paseo la corrección, el automatismo, la tele basura, el sensacionalismo, el consumismo; y lo hace con placer, con un estilo entre un Hitchcock pasado de rosca, lo digo por la impagable presencia de la madre represiva y de armas tomar a quien dio vida y mala leche Terele Pávez, el de un exorcista alucinado y el de un cineasta desacomplejado diabólicamente divertido. Pero ese humor irreverente, combinado con la fantasía y el consumo de sustancias psicotrópicas por parte de su trío protagonista, agudiza la mirada alucinada y satírica a la realidad, cuyo reflejo descubrimos en la pantalla en la que somos guiados por tres personajes a las puertas del fin de mundo, el mismo final que el catedrático en teología interpretado por Angulo trata de evitar haciendo el mal, en busca del demonio, para obtener las respuestas que le permitan conocer la ubicación exacta de un nacimiento opuesto al acontecido en Belén dos milenios atrás. Lleva más de veinticinco años estudiando los libros, tiempo más que suficiente para ser un discípulo alucinado de Quijote —también tendrá su Sancho Panza en el “heavy metal” que brindó a Santiago Segura su primer gran éxito en el cine—, y ahora comprende que el fin del reino humano peligra con la llegada del anticristo, aunque, probablemente, la humanidad peligre más por la televisión sensacionalista —en los pasillos del estudio donde trabaja Cavan (Armando de Razza) cuelga un retrato de Berlusconi; Tele 5 empezó a emitir en España en 1989—, por los neofascismos, el racismo, la indiferencia, la pérdida de compasión y la deshumanización, que por el nacimiento de cualquier anticristo de la superstición o del celuloide.






