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martes, 11 de abril de 2023

La comunidad (2000)


El héroe y la heroína de La comunidad (2000) no son el colectivo, ni miembros del mismo, son dos marginados oprimidos por la mayoría que asume el beneficio común como eslogan; tras el que se oculta un rostro comunitario para nada solidario. Son en singular, son el individuo aislado y amenazado por el grupo. La heroína y el héroe del film de Álex de la Iglesia, de una de sus mejores películas, en la que logra una atractiva y claustrofóbica mezcla de tensión, humor, violencia y tipos extraños, pero no tanto, pues resultan comunes, son una mujer (Carmen Maura) que se aferra a una maleta llena de billetes, aunque en realidad se aferra a la promesa de una nueva vida, al sueño de una nueva existencia de opulencia que la aleje del enfermizo derrotismo que ya ha infectado a su marido (Jesús Bonilla), y un niño grande (Eduardo Antuña) que luce máscara de villano de “space opera”. Charly, que así le llaman, se oculta bajo su disfraz, aguanta a su madre (Kiti Manver), controladora cual caricatura de las caricaturas de las madres que asoman en el cine de Hitchcock, y pasa por idiota a ojos del vecindario. Y quizá por esa misma idiotez, que le atribuyen porque su comportamiento y sus intereses difieren a los comunes y tolerados, sobrevive cual Claudio en las primeras décadas de la Roma imperial. Nadie del vecindario ni del público parece reparar en que es más que el tonto del edificio o que ese adulto infantil que vive bajo el yugo materno y que se disfraza de Darth Vader para fantasear (y así quizá liberarse) que está en una galaxia lejana, a años luz de la cotidianidad de la que quiere escapar. Pero Charly poco tiene de villano de ciencia-ficción; es alguien más cercano al James Stewart pasivo y mirón de La ventana indiscreta (The Rear Window, 1958). Es quien vigila a Julia, su nueva vecina, la mujer cuyo cuerpo le enciende y hace funcionar su espada láser. Julia es Carmen Maura, cuyo brillante protagonismo ilumina más si cabe este humorísticamente oscuro encierro en un viejo edificio céntrico madrileño donde Álex de la Iglesia da rienda suelta al esperpento, al humor negro, al suspense y a la violencia desatada por un puñado de pesetas.


En realidad son los trescientos millones de la quiniela acertada por uno de los vecinos, cuyo cuerpo sin vida se descubre tiempo después de su muerte, cuando Julia se encuentra en el edificio intentando vender el piso del que apenas podrá salir. Dicho premio, escondido en la casa del fallecido, es el tesoro que la vecindad desea repartirse, al menos así lo creen y dicen sus miembros, que ya han creado una sociedad para ello, y que Julia encuentra y pretende quedarse para ella. Es su vía de escape a una vida de privación y de sometimiento a una cotidianidad insatisfactoria. Más o menos, esta es la trama de La comunidad, como ya apunto arriba uno de los films más logrados y vibrantes del cineasta vasco, que encuentra su tesoro en las actuaciones de un reparto que borda la “locura del oro” y en el espacio cerrado que usa de modo espléndido, quizá tomando como referencia a Roman Polanski, pienso en La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, 1968) y El quimérico inquilino (The Tenant, 1976), y seguro que a Hitchcock. El encierro en el inmueble, salvo al inicio y al final de La comunidad, ocupa la práctica totalidad del nudo narrativo, en el que el vecindario al pleno vigila y acosa a esa extraña que se hace con el botín que las vecinas y los vecinos desean para ellos. Es su obsesión desde que el fallecido acertó la quiniela y guardó el premio en su piso. Desde entonces, Emilio (Emilio Gutiérrez Caba) y compañía solo viven para soñar repartirse el tesoro, quimera en la que ya se ven, como expresan los premiados de la lotería, “tapando agujeros” o permitiéndose aquellos caprichos que no están a tiro de sus bolsillos.



miércoles, 8 de marzo de 2023

800 balas (2002)

El cine de Álex de la Iglesia es canalla, festivo, se ríe y disfruta al tiempo que homenajea distorsionando, llevando los géneros al borde del esperpento que ya se descubre y luce en Acción mutante (1992) y alcanza su máxima expresión en la urbanidad nocturna de El día de la bestia (1995), sus dos primeros largometrajes. En 800 balas (2002) también se decide por caricaturizar un género, en este caso el western, que en manos del cineasta vasco y de Jorge Guerricaechevarría, su coguionista, se transforma en otra cosa: en un homenaje y a la vez en un divertimento protagonizado por un grupo de niños grandes (la filmografía de Álex de la Iglesia está repleta de este tipo de personajes) que se niegan a perder el mundo que han construido o heredado en ese desierto donde todavía existe la posibilidad de soñar y fantasear aquel “viejo” cine que ya nadie hace. Cuando el director y el guionista deciden ser gamberros y miran atrás, a las películas y a los géneros que les divierten y que decantaron sus gustos, se da lo mejor de su comunión. Y diría que este esperpento-western es uno de esos casos. Rodada en su práctica totalidad en Almería, 800 balas homenajea al spaghetti western, al especialista, stuntman, como dice Jaime (Sancho Gracia) porque ha trabajado con los estadounidenses, y a ese espacio almeriense que hizo posible duelos y persecuciones en lo que simuló ser el viejo oeste americano. Ahora ese espacio andaluz llamado “Texas Hollywood”, ubicado en el desierto de Tabernas, apenas es visitado por un puñado de turistas que aplauden a Jaime y a su troupe cuando recrean un oeste que solo existió en las películas. Forman un grupo aparte, que resiste las modas y la carestía, haciendo de su entorno un espacio circense —los payasos son inspiración recurrente en la obra del cineasta bilbaíno— que conquista la fantasía de Carlos (Luis Castro), el niño que, engañando a su madre (Carmen Maura), decide conocer a su abuelo Jaime y se traslada en taxi a Almería. Contra lo que aparenta, Carlos es un personaje de mayor madurez que los adultos, aunque se presenta como un consentido que alborota durante la mudanza al chalet de lujo donde su madre está ocupada con sus negocios o discutiendo con su suegra (Terele Pávez). Queda claro que es un entono donde Carlos juega solo y se encuentra solo, soledad que desaparece en cuanto llega al far west ilusionado por su abuelo, pendenciero y un tanto “borrachuzas”, un outsider de los de antes, alguien que se niega a dejar que su “espectáculo” vital lo decidan otros, alguien que presume haber trabajado con los mejores y de su amistad con Clint Eastwood, la “estrella” a quien dobló en la trilogía del dólar de Sergio Leone.



martes, 10 de enero de 2023

El día de la bestia (1995)

Su cortometraje Mirindas asesinas (1990) y Acción mutante (1992), su primer largo, apuntaban lo que corrobora El día de la bestia (1995), que Alex de la Iglesia quería divertirse y divertir haciendo un tipo de cine popular y gamberro en el que mezclar serie B, humor, géneros cinematográficos y gustos cinéfilos. Con dicha mezcla se ganó las simpatías de un público que vio con entusiasmo y risas su segundo largometraje, posiblemente el mejor de los suyos (hasta la fecha) y seguro el más aplaudido y celebrado. Escrita en colaboración de su habitual guionista Jorge Guerricaechevarria, de la Iglesia bromea en El día de la bestia un “villancico” audiovisual, metal, navideño y urbano que arranca en un prólogo donde dos curas hablan del significado del “Apocalipsis” de san Juan. Uno de ellos, el interpretado por Saturnino García, es aplastado por una enorme cruz de piedra mientras que el otro, el personaje a quien dio vida Alex Angulo, viaja a Madrid para hacer todo el mal que pueda. En ese instante, de la Iglesia, inserta los títulos de crédito y presume de “destroyer”. El cineasta seguirá esa senda simbólica y cinematográfica: metálica, satánica, navideña, violenta, para mandar a paseo la corrección, el automatismo, la tele basura, el sensacionalismo, el consumismo; y lo hace con placer, con un estilo entre un Hitchcock pasado de rosca, lo digo por la impagable presencia de la madre represiva y de armas tomar a quien dio vida y mala leche Terele Pávez, el de un exorcista alucinado y el de un cineasta desacomplejado diabólicamente divertido. Pero ese humor irreverente, combinado con la fantasía y el consumo de sustancias psicotrópicas por parte de su trío protagonista, agudiza la mirada alucinada y satírica a la realidad, cuyo reflejo descubrimos en la pantalla en la que somos guiados por tres personajes a las puertas del fin de mundo, el mismo final que el catedrático en teología interpretado por Angulo trata de evitar haciendo el mal, en busca del demonio, para obtener las respuestas que le permitan conocer la ubicación exacta de un nacimiento opuesto al acontecido en Belén dos milenios atrás. Lleva más de veinticinco años estudiando los libros, tiempo más que suficiente para ser un discípulo alucinado de Quijote —también tendrá su Sancho Panza en el “heavy metal” que brindó a Santiago Segura su primer gran éxito en el cine—, y ahora comprende que el fin del reino humano peligra con la llegada del anticristo, aunque, probablemente, la humanidad peligre más por la televisión sensacionalista —en los pasillos del estudio donde trabaja Cavan (Armando de Razza) cuelga un retrato de Berlusconi; Tele 5 empezó a emitir en España en 1989—, por los neofascismos, el racismo, la indiferencia, la pérdida de compasión y la deshumanización, que por el nacimiento de cualquier anticristo de la superstición o del celuloide.