En la década de 1980, un pimpín llamado Ferris lataba a clase y se creía que ya lo había hecho todo en un día, pero seguro que, años después, cuando acudía a la fiesta del veinticinco aniversario de su promoción, sabía que su bandullo cervecero era para toda la vida. Es probable que acudiese allí, sin reconocer muchos de los rostros, del mismo modo que el suyo no sería reconocido por otros tantos; así que habría que leer la etiqueta que colgaba en su chaqueta para saber que era él. Entonces ya no era ningún adolescente que creía comerse el mundo, sin saber en qué consistía eso del “mundo”. A base de trabajar de nueve a cinco, de hipotecarse y de ir al cine y después a la cadena más cercana de comida rápida se dio cuenta de que lo suyo ni siquiera había sido un acto de rebeldía; solo el capricho de un niño que creía que faltar a la escuela era infringir las normas y ser duro. Pero su capricho no implicó ni peligro ni aprendizaje, ni encontrarse a “esto” de la muerte y a “esto otro” de ...