La caída de la hoja
Por Antonio Pardines
Cuando Michelle (Hélène Vincent) le da las setas a su hija Valérie (Ludivine Sagnier), me viene a la mente la idea de que don Anselmo, el superhéroe motorizado de El cochecito (Marco Ferreri, 1960), envenena a su familia para poder acariciar la felicidad y libertad que se le negaba. Lo hizo para romper su aislamiento, para poder sentir que aún estaba vivo en un entorno familiar, social y político de muertos vivientes. Pero su momento eran los primeros años de la década de 1960, cuando el núcleo familiar era distinto al que domina en la actualidad, que incluso puede ser unidad, como la que forma Michelle consigo misma en su pueblo cerca de Auxerre. Allí, de vez en cuando, recibe la visita de su hija y de su nieto (Garlan Erlos). Con la primera apenas tiene más relación que escuchar su desprecio y pedirle dinero; y con el segundo, la que la libera de una soledad mayor, una que no es aislamiento absoluto gracias a su amistad con Marie-Claude (Josiane Balasko), la vecina con quien ha compartido una amistad que viene del pasado remoto, anterior al nacimiento de Valérie y de Vincent (Pierre Lottin), el hijo de Marie-Claude.
El ex convicto sale del correccional iniciada Cuando cae el otoño (Quand vient l’automne, 2024), después de que Michelle le diese consciente, inconsciente o subconscientemente, las setas venenosas a su hija, cuya reacción tras abandonar el hospital es culparla de haberla intentado asesinar. Así le dice que no volverá a ver a su nieto, pero que le dé quinientos euros porque los necesita. Valérie no hace más que pedirle ayuda material, pero su trato de desprecio genera que el espectador la mire distanciándose de ella. François Ozon busca esa reacción, o al menos eso parece en todo momento, para que la impresión posterior sea mayor. La sensación de saber que tanto Michelle como Marie-Claude sienten haber fracasado como madres. Quizás sí formasen parte de otra película, una más íntima y menos dada a enrarecer una atmósfera de sospecha, se preguntasen qué son los padres y las madres para los hijos y qué son los hijos e hijas para ellas. ¿Son todas las relaciones materno-filiales como las suyas? Obviamente, no, ni siquiera la misma relación lo es. ¿Pero dónde se rompió el cordón umbilical que, en realidad, solo se destruye con la muerte de uno de los cuerpos que simbólicamente une desde el nacimiento?
Hay secretos, mentiras, daño, dolor, tristeza. Hay una muerte y una sospecha que se agranda hasta tocar de lleno no solo a Vincent, quien quiere hacer el bien para quien aprecia, haciendo el mal para quien desprecia o le resulta indiferente. Por eso acude al piso parisino de Michelle, el que le ha dado su madre, y allí le dice que le está haciendo daño. Entonces, uno de los interrogantes, el porqué ella rechaza de ese modo a su madre se resuelve. Valerie odia que su madre haya sido prostituta. No puede olvidarlo ni perdonarla, aunque fuese gracias a ese viejo oficio que ella tuviese acceso a comodidades materiales. ¿Y en lo emocional? ¿Cómo les afectó a ambos? Aunque Vincent parece aceptarlo, y en cierta medida lo hace, también parece que le marcó. Tal vez, le allanase el camino para convertirse en alguien capaz de matar a una persona para liberar a otro ser. Las imágenes en ese apartamento concluyen con la idea que queda en el aire, ya no la de si Vincent empuja por el balcón a Valérie, que fallece, sino la sospecha de si lo hizo porque así creía a ayudar a Michelle o porque esta le pidió que acudiese a ver a su hija. La duda aumenta cuando aquella le dice «quiero que me hagas otro favor», querencia que indica que ya hubo alguno antes. ¿La visita a Valérie? ¿Importa conocer la verdad de este hecho o lo importante reside en la interioridad de personajes que viven en la herida emocional, una herida que en Michelle se calma cuando logra que su nieto viva con ella?

Comentarios
Publicar un comentario