Detrás de lo aparente
Por Antonio Pardines
En el cine «nada es lo que parece», que es el tópico que al inicio de Amenaza en la sombra (Don’t Look Now, 1973) expresa John (Donald Sutherland) a Laura (Julie Christie), su mujer. Ni siquiera la lluvia que cae en los primeros compases de la película resulta de un fenómeno atmosférico, sino del uso de las mangueras que quedan fuera de la pantalla y permiten crear la ilusión de fuerte chaparrón. El cine vive de y en la apariencia, por lo que nada es lo que parece e invita a buscar tras su imagen, fuera de ella o, mismamente, dentro de la misma. En realidad, me pregunto qué queda si se le despoja del artificio, que no siempre ha de ser o sonar artificioso cuando su uso no solo obedece a entretener ni a impactar, sino a habitar la mente del público, a quien «obliga» a formar parte del momento mismo en el que se cuenta.
Nicolas Roeg logra eso en Amenaza en la sombra: consigue que la apariencia funcione y que el impacto de perder a un ser querido se convierta en fantasma interno de la pareja protagonista y, al tiempo, en el espectro de dolor que el espectador capta sin necesidad de poseer un sexto sentido. El matrimonio protagonista, que supondré avenido y de tranquila existencia hasta que se produce el accidente mortal que cambia sus vidas, vive en la campiña inglesa donde Roeg inicia este transitar fílmico de fantasmas. En ese instante, la sensación de observar un espacio amenazante se establece en quien mira la película, que se sostiene sobre el tópico arriba aludido y, además, por la inquietante atmósfera que el director inglés logra al conjuntar el espacio, la música, la iluminación, el montaje fragmentado y las interpretaciones, tanto las de Julie Christie y Donald Sutherland, como las de Hilary Mason y Clelia Matania, quienes dan vida a dos hermanas que viven entre dos mundos: el aparente y el que se esconde tras dicha apariencia.
También la pareja vive entre ambos espacios, solo que en el matrimonio existe el conflicto, el trauma y la amenaza de distanciarse. Laura representa la aceptación de que existe un más allá y John se aferra a la negación del mismo, pero el sí y el no viven en convergencia silenciosa, en busca de llenar el vacío y de superar el dolor que implica la pérdida de su hija; la niña que la vidente dice ver junto a ellos, como si hubiera regresado para advertirles de un peligro inminente. Dicho peligro se antoja más emocional que físico, puesto que la amenaza parece apuntar a la incomunicación que se cierne sobre ellos y a la quiebra de la unidad racional-irracional humana —los fantasmas que las generan y que Dauphne du Maurier, la autora que Roeg adapta, trata en otras de sus obras, por ejemplo: Rebeca—. La culpabilidad es otra de las sensaciones que flota en ese ambiente espectral que, tras la apariencia lograda por Roeg, remite directamente a la intimidad de los personajes.

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