Aislados en la tormenta
Por Antonio Pardines
La literatura de consumo, aquella que aspira a entretener, por lo tanto a no exigir intelectual y emocionalmente al lector más allá de la superficie, y a convertirse en superventas suele resultar más fácil de llevar a la pantalla precisamente por su falta de pretensiones literarias y reflexivas. Dicha ausencia facilita al adaptador cinematográfico su labor, aunque también existe el riesgo de que el público le critique por alejarse del original sin detenerse a pensar que texto y filme son medios distintos que exigen diferentes soluciones. Pero cómo iba a dedicar un minuto o dos a reflexionar, cuando precisamente la falta de profundidad y de complejidad son claves para que el asunto —sea intriga, melodrama o drama— y las ventas funcionen. Se trata de que los ojos del lector devoren las líneas o se pasmen mirando la pantalla; todo cuanto sea sacarlo de esa situación sería algo así como una derrota para el autor del libro o de la película.
El canadiense Stanley Mann —quien había participado en el guion de las espléndidas El coleccionista (The Collector, William Wyler, 1965) y Viento en las velas (A High Wind in Jamaica, Alexander Mackendrick, 1965)— se encargó de adaptar la novela La isla de las tormentas (1978), que supuso el primer gran éxito de Ken Follett. Y ya al frente del proyecto, Richard Marquand dio imagen y sonido al libreto resultante. El resultado, El ojo de la aguja (Eye of the Needle, 1981), es una intriga sin otra pretensión que entretener, que no disimula los tópicos que emplea ni sus trampas argumentales porque son las que le conducen al clímax. Y cumple para quien no busque más que dejarse guiar por un suspense que juega sobre seguro.
Los primeros minutos sitúan la acción en 1940, en Londres, cuando la capital británica está siendo atacada por la Luftwaffe alemana. Esos instantes son aprovechados por Marquand para presentar a sus antagonistas: Faber (Donald Sutherland), alias el Aguja, un espía alemán que se ha infiltrado en la compañía de ferrocarril, y una mujer, Lucy (Kate Nelligan), que acaba de contraer matrimonio con David (Christopher Cazenove), un piloto de la RAF que no tarda en sufrir el accidente automovilístico que le impedirá participar en la batalla de Inglaterra y volver a andar. Todo está en orden, pues ya comprendemos que el espía alemán es implacable y letal, que no dudará en matar para mantener a salvo su tapadera y su vida; como también sabemos que ese accidente condicionará al matrimonio: lo distanciará, les hará víctimas.
Hechas las presentaciones, la trama avanza cuatro años y unas cuantas millas mar adentro. Es 1944 y el empuje alemán ha dado paso a su defensa de la costa noroccidental del continente europeo. Poco les afecta a Lucy y a David, que viven su drama aislados en Storm Island, una isla escocesa donde, debido al naufragio de su embarcación, también se encuentra el agente alemán, que ha descubierto que el Día D no es lo que parece. En su poder tiene la información que podría cambiar el devenir de la contienda —en realidad, visto el avance soviético por el frente oriental y el de los aliados por la península itálica, solo conseguiría retrasar la derrota del Tercer Reich—, puesto que «el aguja» ha descubierto el engaño llevado a cabo por los aliados: la Operación Fortitude. Esta supone el despliegue de un ejército ficticio al mando de un general divo como Patton, que estaría echando chispas por no ser el elegido para la ofensiva real. Se busca apartar la mirada alemana de Normandía, el lugar elegido para el desembarco de las tropas comandadas por Dwight L. Eisenhower. Pero no serán los profesionales que le persiguen, y que siempre van varios pasos por detrás, quienes desbaraten las intenciones del espía. Sus rivales, aquellos que salvarán al mundo libre de las fieras garras nazis, son el hombre y la mujer a quienes ya conocemos desde los tiempos del Blitz (1940-1941) y con quienes, inevitablemente, se encuentran cuando las tropas aliadas más lo necesitan. Es decir, quienes salvan al mundo no son los millones invertidos, ni la inteligencia aliada, ni el ejército, ni siquiera un héroe a lo James Bond o más pausado como el agente interpretado por Ian Bannen, sino una ama de casa cuyo matrimonio hace aguas y remarca la sensación de aislamiento que ya evidencia el paisaje insular, una mujer que se entrega al extraño porque, guerra mundial aparte, existen conflictos particulares, deseos y amenazas íntimas que hay que resolver.

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