En Bajo aristocrático disfraz (Il signor Max, 1937), una de las primeras películas rodadas en Cinecittà, podemos acompañar a De Sica por partida doble, ya que su personaje se desdobla en Gianni y el señor Max Varaldo, de los Varaldo de alta alcurnia. Esta aristocrática y falsa identidad le permite vivir su fantasía romántica, la cual se inicia en un crucero de lujo donde idealiza a Paola (Rubi D’Alma), la chica de la alta sociedad en quien proyecta su ideal femenino. Pero Gianni, o Max, apenas puede ver más allá de la idealización del soñador romántico e ingenuo que engaña para vivir su sueño. Aunque, justamente, es ingenuo porque se engaña a sí mismo (o se engaña porque es un ingenuo sin remedio). “Soñar, sí, pero no hacia arriba y con limitaciones”, parece que quiere decir el film y la época, puesto que Camerini, el tío Pietro (Mario Casemeggio) y el tono conservador de Bajo aristocrático disfraz se decantan por aceptar el orden de las cosas, representado en una mujer más cercana y sensible, sin la frivolidad de Paola, y que no desmerece respecto a esta (al contrario, puesto que su belleza y el carácter generoso que se le atribuye desvía el sueño del joven desdoblado hacia un ideal más conservador). Se trata de Lauretta (Assia Noris), la doncella, que por oficio y origen corresponde con la clase social de Gianni y con el conservadurismo oficial —no fuese a ser que soñando vertical y no horizontal, cualquier Gianni o Lauretta de turno pudiese ver una situación que al nivel del suelo no lograrían contemplar en su amplitud— o dicho de otro modo: introduce las ideas de matrimonio, familia y tradición qué finalmente el protagonista acepta de buen grado.
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martes, 10 de noviembre de 2020
Bajo aristocrático disfraz (1937)
jueves, 27 de febrero de 2020
Mi hijo profesor (1946)
miércoles, 19 de abril de 2017
Guerra y paz (1956)
<<—¿Por qué va usted a la guerra? —preguntó Pedro.
—¿Por qué? No lo sé. Es necesario. Además, voy porque... —se detuvo—. Voy porque la vida que llevo aquí, esta vida, no me satisface>>.
Esta conversación entre los dos amigos —tomada de la novela de Tolstoi— anuncia la búsqueda existencial no solo de Andrei, también la del resto de protagonistas de Guerra y paz versión Vidor, la cual no necesita describir los rasgos de los personajes —de eso se encargan las imágenes— e inicia su trama en un Moscú pictórico (la práctica totalidad del film semeja una sucesión de pinturas románticas y realistas) atestado de húsares y dragones que desfilan por las calles antes de partir hacia Austria, donde lucharán para evitar el avance de las fuerzas (e ideas) napoleónicas.
La introducción fílmica prescinde de la expuesta en las páginas de la novela, aunque no por ello deja de mostrar las sensaciones y opiniones de los personajes que presenta. Desde la ventana del palacio de los Rostov, Pierre (Henry Fonda) y Natasha (Audrey Hepburn) observan a las tropas antes de introducirse en el interior y unirse a la familia, siempre alegre y generosa, al menos hasta que la guerra amenace su inocencia. Dicha inocencia es uno de los atributos que definen a la joven Natasha, que, al igual que su núcleo familiar, actúa como si nada ni nadie pudiera romper el lazo que los une. Sin embargo, la guerra no entiende de sentimientos, solo provoca emociones encontradas, muerte y soledad, una soledad que formará parte de los tres protagonistas de la historia —Natasha, Pierre y Andrei—, enfrentados a sí mismos y a su visión tanto del conflicto armado como de la vida, la suya propia y la de ese mundo que se derrumba ante ellos. Durante las más de tres horas de metraje, el trío vive su recorrido existencial, que depara encuentros, desencuentros, despedidas..., que van dando forma a la madurez y a las diversas interpretaciones que cada uno de ellos hace de los espacios por los que transitan, sean físicos (salones aristocráticos, el Moscú amenazado por el fuego y el enemigo, en los campos de batalla donde rusos y franceses se enfrentan o en los espacios nevados por donde las tropas napoleónicas caminan en retirada) o espirituales (como los transitados por Pierre en busca de respuestas existenciales acerca de la vida, de la muerte, de la guerra, del amor, de la soledad y también sobre la familia, que él nunca ha tenido al ser hijo natural del conde Bezukhov y que encuentra en el hogar de los Rostov al inicio y al final del film). El empleo que Vidor hizo del color rehuye del realismo predominante en films como ...Y el mundo marcha (The Crowd, 1928) o El pan nuestro de cada día (Our Daily Bread, 1934) para acceder a un terreno de ensoñación y simbolismos —por el que también transita Duelo al sol (Duel in the Sun, 1946)— por el que campa la subjetividad de los personajes. A través de ellos, el público accede a su comprensión de cuanto observan, sufren o viven. Por ello, Guerra y paz no es un film fallido —al menos no aquel que decepcionó a su responsable ni a quienes comparan novelas y películas sin tener en cuenta sus muchas diferencias—, pues posee atractivos suficientes (su tono pictórico, su reinterpretación de Tostoi, la narrativa de Vidor, el uso de la fotografía -a cargo de Jack Cardiff y Aldo Tonti- y de la pantalla ancha o el alejamiento del realismo para adentrarse en la realidad subjetiva de sus protagonistas) para que este título no desmerezca dentro de la imprescindible filmografía de un cineasta humanista y reflexivo que, cansado de Hollywood, no tardaría en poner fin a una carrera profesional que había empezado en su Galveston (Texas) natal en 1913.
Las frases entre comillas han sido extraídas de las memorias de King Vidor, publicadas con el título Un árbol es un árbol (A Tree is a Tree). Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Barcelona, 2003.
martes, 22 de octubre de 2013
Yolanda, la hija del Corsario Negro (1953)
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