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Fragmentos de nada: Y ahí entra Kafka


Fragmentos de nada: Y ahí entra Kafka


Por Antonio Pardines



Allí, dudando si entrar en la autopista o tomar la carretera del pedrón, detuvo su híbrido de caballo y burra. Sabía que introducirse por la carretera de peaje estaba prohibido para su mula, que aceptó el alto y lo aprovechó para rumiar en el arcén, en las inmediaciones de uno de esos árboles que los ayuntamientos suelen plantar para disimular que el asfalto es una jungla de cemento y alquitrán llena de peligros, de rutinas que encadenan y de vidas anónimas que apenas importan más allá de su número fiscal. Dudaba porque se había quedado sin blanca; no tenía ya para pagar un alquiler prohibido y había perdido su automóvil. Y ahora estaba a punto de perder su trabajo porque llevaba varios días sin poder llegar a tiempo.


—La cosa no pinta bien —se dijo—. ¿Cuánto dinero habré dejado en esta autopista? —se preguntó—. ¿Y para qué? ¿Para ir de un lugar a otro, sin ir a ninguna parte? —añadió.


Los últimos veinte años los había pasado yendo a diario por un tramo de aquel eje que unía el país de norte a sur y de sur a norte. En no pocos de sus tramos ni siquiera era una buena carretera, pues había momentos en los que las curvas ganaban por goleada a las rectas.


—Cuestión del terreno —recordó haber escuchado en más de una ocasión.


Aun así, más de veinticinco mil vehículos la transitaban a diario por alguno de sus tramos. En la radio que llevaba en la alforja hablaban de que dicho peaje aumentaba en un uno por ciento anual acumulativo. Escuchaba a la locutora decir que «debido a un acuerdo ofrecido por un gobierno de izquierdas, para no tener que pagar las obras de puente que cruzaba la ría». Otro de los contertulios, hizo un sonido extraño, como si fuese el de una pedorreta, pero el conductor no quiso creer que eso fuese posible entre colegas. Pero el de la pedorreta pronto se dignó a hablar y dijo algo así como que la empresa llevaba gestionando el servicio desde el 2000, año en el que un gobierno de derechas se la había concedido sin concurso durante casi medio siglo. Remarcó esto varias veces, lo que supuso una insistencia que no pasó desapercibida para el conductor.


Pensando en lo que acababa de escuchar, aquella concesión primero le pareció una tomadura de pelo, después una eternidad temporal y finalmente la sintió como una tumba, pues dudaba si viviría para ver el día en el que aquel lucrativo negocio concluyese y la carretera se liberara. Ni más ni menos, tendría que seguir pagando de por vida, si quería transitarla. Los invitados continuaban largando, en una parrafada desordenada y crispada de la que solo sacó en claro que la empresa continuaría ingresando más de doscientos treinta millones de euros anuales a cambio de nada, aunque hubiera entregado más de mil millones a cambio de la concesión y su compromiso a pagar de su bolsillo el mantenimiento y las obras de arreglo como las del periférico que circundaba la capital. Nada, porque tenía tiempo de sobra para recuperar treinta veces lo invertido. 


La mula hizo sus necesidades, el conductor las recogió con un guante de acero, el único recuerdo del esplendor familiar, y las introdujo en un saco de patatas. Buscó a su alrededor un contenedor de mierda, mas todavía no había ninguno y decidió echarlo al orgánico. Se creía un tipo cívico, cumplidor con las normas. De haberle preguntado, se habría definido como un ciudadano corriente que respeta los espacios comunes, aunque nunca hubiese votado a un partido político, pues estos, según creía, eran particulares.


—Buenos son todos, que nunca ponen sus cartas sobre la mesa. Nos toman por tontos con sus mutuos ataques circenses y superficiales… Solo cada cuatro años presumen que nos respetan, ¡ja! —respondía cuando le preguntaban por qué no simpatizaba con ninguno.


Pero, allí, delante del cartel que indicaba la entrada a la autopista, comprendió que estaba atrapado en lo que decidiesen aquellos actores que ocultaban sus verdaderas intenciones. Sus discursos, sus rostros y sus poses públicos desviaban la atención de los intereses propios y del mercado, los de las empresas que, como la gestora de la carretera, eran el alfa y el omega del sistema. Ahora, se dijo, ya monta tanto Isabel como Fernando. Sabía que gigantes como esta miraban exclusivamente los beneficios a repartir entre su accionariado. Mas nada podía hacer, tampoco para recuperar lo perdido tras lo de su coche.


Aquel espacio supuestamente era de todos los habitantes del país, más la realidad señalaba que no, que era de una multinacional que lo alquilaba. Presumía que si llevabas en el vehículo un aparato «regalado» por el banco, te descontaban íntegramente el viaje de regreso. Eso sí, si regresabas en el mismo día. Pero no te explicaba que esa gratuidad corría a cargo del gobierno de turno. Entonces, el conductor pensó en lo que había escuchado decir a un vecino:


—De gratis nada, Josef, que sale de nuestros bolsillos.


«Chatara, chatara. Se recoge todo tipo de charara. Lavadoras, cocinas, baterías de coche malo. Chatara, chatara…», escuchó repetidas veces en la distancia que se acortaba. Aquella voz con acento que supo marroquí se buscaba la vida como buenamente podía. Provenía del altavoz de una vieja furgoneta que se acercaba sin prisa. Sonrió, no pudo evitarlo, ante aquella aparición que le develaba otra realidad urbana. Aunque distinta, su imagen le recordaba la de su viejo automóvil, que se había muerto de viejo. Era un coche malo que no pudo sanar. Y sin poder asumir el coste de uno nuevo, aunque fuese de segunda o tercera mano, le llegó el desahucio y posteriormente la pérdida de su bienestar. Todo, la gran mentira, se reducía a un simple vehículo y a unas monedas que a diario entregaba en el peaje. Era un ritual laboral, pero también el de la sumisión a un sistema que, vendiéndole libertad, le oprimía, lo exprimía y decidía por él.


Y ahora, la pequeña radio que sonaba en su alforja explicaba que la Gran Comunidad declaraba ilegal lo que aquel gobierno había hecho veintiséis años atrás; porque la acusación señalaba que no hubo concurso sino cesión a dedo. Pero no se explicaba que demostrar esa ilegalidad, y poner fin al negocio de la empresa, no iba a beneficiar a los conductores ni al vecindario al completo, sino a la empresa que ganase el concurso, incluso puede que lo ganase la misma empresa a la que habría que indemnizar del bolsillo del ciudadano, si ponían fin a su negocio. Pensar en aquello le hizo rascarse la cabeza, no por incomprensión, sino porque notó la tomadura de pelo que significaba todo aquello, puesto que fuese cual fuese el resultado, el coste lo asumiría el ciudadano de a pie, tuviese o no vehículo.


—Es curioso, hay ilegalidad, pero no habrá responsable penal —parecía hablar con su mula, que continuaba buscando hierba alrededor de aquel árbol tan delgado que casi parecía una vara de escoba—. Si es que a la Comunidad solo le interesa la imagen de que hace justicia, aunque dicha justicia vaya en contra de quienes dice defender sus derechos… —dudó un instante antes de concluir—, sea como sea el ciudadano está perdido en un laberinto de intereses, usos y abusos del que nunca podrá salir.


«Chatara, Chatara. Se recoge todo tipo de Chatara. Lavadoras, cocinas, baterías de coche malo. Chatara, chatara…». La voz metálica se alejaba tomando la vieja carretera que conducía al pedrón, la misma que decidió tomar para llegar al trabajo. Lo haría con retraso, pero a quien le importaba salvo a él, que era autónomo y el dinero que entraba ya no daba para cubrir gastos…


Montó en su mula y le susurró:


—Vamos Kafka, entra por ahí, que la autopista no es para ti ni para mí.

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