viernes, 3 de febrero de 2023
Max y los chatarreros (1971)
miércoles, 11 de enero de 2023
Ella, yo y el otro (1972)
Su César en Ella, yo y el otro (César et Rosalie, 1972) es una de las mejores interpretaciones del icónico Yves Montand, que logra transmitir la humanidad de su personaje sin apenas darnos cuenta de que el actor y cantante está actuando, de qué César no es real, solo la realidad que Montand y Claude Sautet, como máximo responsable del film, logran crear. En la biografía que Hervé Hamon y Patrick Rotman dedicaron al actor, los autores no dudan en señalar que, <<como Montand, César es maligno e ingenuo, egoísta y atractivo, valiente y tímido, entusiasta y colérico, sincero. El público no avisado sentirá la tentación de creer que es más fácil trabajar tan cerca de uno mismo. Al contrario. Lo que es —relativamente— fácil es ser el Mario de El salario del miedo, bien musculado, muy parejo y algo vacío. Lo acrobático es devorarse a sí mismo a fin de darse a los otros completamente desnudo y, sin embargo, nada desplazado: César es casi Montand, y ese casi resume la hazaña.>> Pero Montand, que está soberbio, no es el único del reparto que destaca en esta reconocida tragicomedia de Sautet. Romy Schneider luce igual de esplendorosa en su papel de Rosalie, mujer de mediana edad, madre, amante y una persona también humanamente contradictoria que divide su amor entre dos hombres que sabe y siente opuestos.
El amor, uno de los temas centrales de la obra de Sautet, la idea del amor, la ilusión del amor, la ambigüedad del amor, la crisis del amor, el anhelo del amor, su ausencia y tenencia se citan en Ella, yo y el otro, la tercera pieza de la trilogía protagonizada por la actriz austríaca en la que el cineasta francés aborda las relaciones amorosas complejas, pero ¿qué es el amor? ¿Un sentimiento? ¿Una mentira que en el triángulo protagonista pasa por verdad? ¿Una necesidad psicológica que calma egos y espanta soledades? ¿Una fantasía o una realidad caprichosa y cambiante? Está claro que para César es una necesidad, necesita a Rosalie, pero ¿qué necesita ella? ¿Le importa? ¿Se plantea si ella busca pasión, liberación, independencia? ¿Si ama a dos hombres, por sus diferencias, sin sentir que debe escoger entre uno y otro? La protagonista femenina es un personaje entre dos polos y su complejidad emocional difiere de la que descubrimos en ambos extremos: la aparente racionalidad de David (Samy Frey) y la visceralidad volcánica de César, que primero parece desear el cautiverio de Rosalie, y después, su liberación, para que regrese a él, cuando comprende que ella no es feliz; que está, pero no está, que vive dividida, en la ausencia y la presencia del amor. Aunque en un primer momento César parezca el personaje unidimensional, resulta contradictorio y complejo: se deja arrastrar por los celos, fruto de inseguridades, de la idea de posesión, de su infantilismo, cuando David reaparece en la vida de Rosalie, pero también es quien comprende que ella no es feliz e intenta ofrecerle algo que ella no le ha pedido. En realidad, los tres protagonistas son contradictorios porque el amor y la humanidad, que todos compartimos, resultan contradictorios y en esa contradicción reside su verdad, su esencia, o una parte importante de la misma.
jueves, 28 de julio de 2022
Mi amigo el traidor (1988)
Imagino que si José Giovanni fuese pintor, en lugar de novelista, guionista y cineasta, no habría duda a la hora de afirmar que Mi amigo el traidor (Moi ami le traîte, 1988), su penúltimo largometraje para el cine y, en mi opinión, uno de los mejores de su carrera tras las cámaras, es un Giovanni auténtico, ya no por la firma, que habría que autentificar en el transcurso de las imágenes, sino porque estas mismas nos ofrecen la certeza de que, para bien y para mal, en todo momento estamos viendo una pieza exclusiva suya —aunque en la escritura del guion colaborasen Claude Sautet y Alphonse Boudard— , que nace de sus entrañas, de su relación con el pasado y las experiencias vividas en aquel tiempo que le marcó. <<Mis historias proceden de mi experiencia y ese periodo, en mi opinión continuaba todavía influyéndome, porque las cosas que escribo, las relaciones entre los personajes, siguen viniendo de ese periodo. Las más exactas son Le trou y Mon ami le traîte>>,1 afirmó el escritor. La confirmación de todo lo dicho la encontramos en los no héroes protagonistas de Giovanni; ya que en su cine y en sus novelas no hay cabida para ellos. Hay lugar para hombres como Georges (Thierry Frémont) y mujeres como Louise (Valérie Kaprisky), humanamente imperfectos, ambiguos como el primero, pero también como el espacio por donde se mueven y establecen lazos que, a veces, se ven obligados a traicionar. Más que cine negro o “polar”, el del autor de Le trou se trata de un cine en la sombra, igual convendría decir sombrío, un tanto desilusionado, que apela a la piedad y a la compasión que, al mirar alrededor, parecen estar en peligro de extinción. En el film, se apela a esa piedad por medio de la presencia y voz de Louise, pero los aspectos y acciones humanas que asoman en pantalla vienen definidas por la ambigüedad del entorno gris que se descubre en el periodo recreado: la inmediata liberación de Francia.
La sucesión de fotogramas iniciales y una fecha insertada en la pantalla indican el final de la ocupación alemana, y ese instante, que suele asomar festivo y luminoso —con excepciones magistrales como Hiroshima, mon amour (Alain Resnais, 1959)—, Giovanni lo muestra desde su lado oscuro: el revanchismo y la venganza popular, desatada la ira de quienes han sufrido o se han mantenido pasivos hasta entonces y de quienes quieren hacer sufrir por ambas, y la depuración llevada a cabo por las autoridades que, avanzado el metraje, se desvela como una maquinaria amoral que solo responde a intereses concretos del momento —como sería poner en libertad al criminal colaboracionista que Georges y el comandante Rove (André Dussollier) persiguen, porque los estadounidenses lo quieren para que les ayude contra el comunismo. Las imágenes de Mi amigo el traidor nos sitúan en noviembre de 1944 y la voz de Louise confirma que lo que vernos a continuación es pasado: <<todavía no he olvidado nada de lo que viví con Georges ni nada de lo que me dijo>>. Y ahí, en un tiempo que ya solo existe en la memoria, asoma Georges, huyendo y arrastrando a su hermano herido, durante su fuga del nuevo orden. Se ocultan de los soldados estadounidenses que avanzan por la carretera rumbo a las Ardenas, de los puestos de control y de la resistencia que ha salido de la clandestinidad.
La guerra continúa en el frente, y también en la tierra liberada de la ocupación alemana, pero no del sinsentido y de la violencia de los que Georges y su hermano, que se suicida con una pastilla de cianuro, son víctimas y victimarios. ¿Qué sabemos de ellos? Giovanni va desvelando esto y aquello, flashes como el breve retroceso temporal que muestra a los hermanos en la infancia, sufriendo las burlas del resto de niños —porque François tiene “joroba”—, el reencuentro de Georges con Louise, sus conversaciones, y el posterior encuentro con Rove. Pero, sobre todo, sabemos del personaje en su relación con sus remordimientos por una vida que desea limpiar, un pasado que le persigue y que incluye su colaboración con la gestapo —después de que la policía nazi le liberara de la cárcel, a cambio de sus servicios. Georges se convierte en agente doble y ayuda al comandante Rove a desmantelar grupos nazis que todavía operan en Francia, pero, más allá de la misión, nace la amistad silenciosa que se confirma en la escena en la que el delincuente dispara sobre “La Glisse” (Jean-Pierre Sentier), para evitar que Rove sufra la verdad sobre el asesinato de su mujer y reaccione de igual modo que lo ha hecho su amigo —que de ese modo impide que el oficial traspase una línea sin retorno. En ese instante, Rove solo puede decir <<gracias>>. El lazo entre ambos es evidente, y nada ha ver sospechar la amenaza de su ruptura que se cierne sobre él, en el tramo final del film, un Giovanni auténtico que retrata aquel momento del pasado sin rencor, quizá sí con algo de la aflicción que Louise conserva, pero con la comprensión de que todos han sufrido y la certeza de que pudo haberse hecho mejor.
sábado, 6 de abril de 2019
Las películas de mi vida (2016)
Al despertar el día (Marcel Carné)
No toquéis la pasta (Jacques Becker)












