jueves, 26 de enero de 2012

La regla del juego (1939)

Transgredir la regla del juego, sin mostrar ningún tipo de pudor, puede acarrear consecuencias inesperadas que cambian o marcan la vida de los implicados. Para enfatizar este hecho, Jean Renoir presentó a sus jugadores, personas pertenecientes a dos clases sociales alejadas desde un punto de vista económico-social, pero no desde sus deseos y sus pasiones. El aviador André Jurieuex (Roland Toutain) acaba de cruzar el océano Atlántico en un vuelo en solitario, sin embargo, no atiende a los vítores en su honor, como tampoco contesta a las preguntas de la prensa, al menos no como se espera de un héroe. Este enamorado se siente frustrado, porque ni quiere ni puede olvidar la ausencia de Christine (Nora Gregor), a quien deseaba brindar su heroicidad en público, pasando por alto que se trata de una mujer casada. Por su parte, el marqués de Chesnaye (Marcel Dalio) pretende recuperar las atenciones de su esposa y, para lograrlo, debe abandonar su relación con Geneviéve (Mila Parély), una relación amorosa que todos, salvo Christine, conocen. Para completar el tablero de juego, Renoir colocó piezas similares pertenecientes a ambos estratos sociales, entre las que destacan las figuras de Octave (Jean Renoir), Lisette (Paulette Dubost), Schumacher (Gaston Modot) o Marceau (Julian Carette). Estos y otros "peones" se reúnen en la mansión de Chesnaye con la escusa de una partida de caza que permitirá conocer las dudas y las infidelidades que rompen las reglas de conducta del grupo. Para guardar las apariencias, el marqués accede a la petición de Octave e invita a André Jurieuex a la cacería, a pesar de que ambos saben que el aviador persigue a la esposa del primero. Durante la celebración se descubre que Christine duda de sus sentimientos hacia el piloto, porque el carácter inocente de este y su falta de romanticismo no son lo que ella busca en un hombre. Christine sería el personaje con mayor número de dudas, quizá lo único que desea esta mujer casada con Chasnaye sería una mayor atención por parte de su marido, pero, sobre todo, un poco de pasión en una vida que semeja moribunda. Este también sería el deseo de Lisette, su sirvienta, cuando Schumacher, su cónyuge y vigilante de la villa, la descubre en brazos de Marceau, iniciándose de este modo una cacería distinta a la prevista en un primer momento. La mansión se convierte en un sálvese quien pueda cuando los celos del vigilante le impulsan a perseguir, pistola en mano, a ese criado que poco antes se dedicaba a la caza furtiva, oficio que por lo visto no ha abandonado del todo. La reunión adquiere cierto carácter entre cómico y grotesco que parece confirmar que Renoir optaría por realizar una comedia que mostrase las insatisfacciones y el patetismo de un grupo heterogéneo de personas, dentro del cual unos guardan las apariencias, mientras otros no toleran el engaño. Sin embargo los hechos que se descubren hacia el final del film no resultan graciosos, sino trágicos porque los hombres y mujeres que deambulan por La Regla del juego intentan ocultar su falta de ética y de concienciación hacia cuanto les rodea, incluso Octave, quien semeja ajeno a las pasiones, traiciona la confianza y la amistad del marqués y de Jurieuex cuando confiesa a Christine el amor que siente hacia ella. La diferencia entre los aristócratas y aquellos que trabajan para ellos, solo estriba en la actitud con la que los primeros intentan mantener las apariencias, cuestión que entre el servicio brilla por su ausencia (al menos desde que Schumacher siente cierto peso sobre su cabeza), porque ya no existe un límite entre unos y otros. Ante una historia de este tipo se podría haber caído en una comedia simple o en un drama de escaso interés, sin embargo, en manos de un director de la talla de Jean Renoir fue todo lo contrario, pues se sirvió de la comedia, el drama y la tragedia para mostrar aspectos tan humanos como la insatisfacción, el engaño y los caprichos que traspasan los límites establecidos en unas relaciones que ni las apariencias pueden controlar. Aunque su manera de enfocar los hechos, desde la metáfora que fluye desde las mentiras y los engaños, también exponen la ceguera de una clase social que permanecía impasible ante cuanto sucedía a su alrededor, e incluso a aquello que sucedía en su seno, quizá esta manera de reflexionar sobre la apatía y el desinterés de una clase social moribunda no fue comprendida en su momento, incomprensión que acarreó la prohibición de la película durante la Segunda Guerra Mundial, y no sería hasta 1960 cuando se recuperaron los negativos y La regla del juego fue redescubierta y alcanzó el puesto que se merecía entre las grandes producciones francesas de todos los tiempos.

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