miércoles, 29 de julio de 2026

El crack (1981)



Un bigote duro y melancólico por las sombras de Madrid


Por Antonio Pardines



Mitómano, cinéfilo, nostálgico, José Luis Garci dedica su película a Dashiell Hammett, o quizás sería mejor decir que se la dedica a su gusto por la obra del autor de El hombre delgado. Tras su dedicatoria —y declaración de simpatías—, Garci presenta a su personaje principal como un tío duro y solitario. Para ello, muestra a Germán Areta (Alfredo Landa) cenando solo, sin ponerse nervioso ni perder el apetito ante el atraco de dos asaltantes que ignoran que una de sus cuatro víctimas es un detective de la vieja escuela, la de los Dashiell Hammett y Raymond Chandler, la que representarían en la pantalla tipos bajitos como Humphrey Bogart y Alan Ladd o ya altos como Robert Mitchum. Areta continúa a lo suyo, aunque no deja de observar los movimientos de los delincuentes. Lo tiene todo controlado y su público, nosotros, lo sabemos desde que la pareja irrumpe en el local. Tiene un revólver y la experiencia de quien ha pateado las calles y bastantes traseros. Resuelta la prueba de su habilidad laboral, Garci quiere presentar el lado íntimo del protagonista. Así muestra su soledad en una habitación donde la cámara se detiene en un primer plano de una fotografía en la que el investigador no está solo: el instante lo atrapa cariñoso junto a Carmen (María Casanova) y a su hija Maite (Mónica Emilió).


Su anhelo de familia queda representado en esa instantánea, pero su oficio es lo que acaba siendo familiar. Allí, en su cotidianidad laboral, mantiene su confianza no declarada y traicionada con Cárdenas (Miguel Rellán), su ayudante, su complicidad con Rocky (Manuel Lorenzo), el barbero que le detalla combates de boxeo a los que probablemente no asistió, y con don Ricardo (José Bódalo), el policía con quien guarda distancias y también una relación que viene del pasado —del periodo franquista que empieza a desaparecer de la cotidianidad, aunque la amenaza de su fantasma se alzase el 23 F—. Areta trae consigo a un Alfredo Landa más contenido de lo que era habitual; casi podría decirse que lacónico, aunque a veces sus frases lapidarias impiden que sea un hombre silencioso que viva para dentro, imposibilitado por el entorno que transita y donde no encaja —desubicación común en los detectives y otros personajes del género negro—.


El crack (1981) no es ni la primera ni la última pieza del cine negro español, que ya en los años 50 y 60 tuvo un momento de esplendor con algunos títulos que, como Apartado de correos 1001 (Julio Salvador, 1950), Los peces rojos (José Antonio Nieves Conde, 1955) o El ojo de cristal (Antonio Santillán, 1955), considero por encima de este de Garci, pues aquellos dejaban entrever el entorno de una época hermética, mientras que este abusa de los tópicos del género, del homenaje y de la partitura melancólica, insistencia musical que no resulta ajena al cineasta; más bien le es propia. Sin ir más lejos, al año siguiente, en Volver a empezar (1982), la repetición de la composición principal se convertiría en la protagonista absoluta de la sensiblería expuesta en pantalla. Por fortuna, esto no llega a suceder en El crack, que se centra en la cotidianidad de Areta, ejemplo de detective privado que no trae novedad al modelo detectivesco. Y no la trae porque Garci no es original ni aspira a serlo; quiere ser clásico y expresar su admiración y su cinefilia, su gusto por el cine de Hollywood de Jacques Tourneur, Howard Hawks, John Ford, Alfred Hitchcock, Billy Wilder… la música, el deporte —en este título, el boxeo—, la literatura y lugares comunes pero idealizados para ser suyos que, de algún modo, asoman personales en su obra. Y por supuesto en este film que, recordándome la investigación de El sueño eterno (The Big Sleep, Howard Hawks, 1946), la ausencia que pone en marcha la búsqueda de Hardcore (Paul Schrader, 1979) y la querencia del padre de Chinatown (Roman Polanski, 1974), tiene un momento que me quedó grabado:


Germán: […] Tienes que ir hasta Generalísimo.


Ayudante: Paseo de la Castellana.


Ahí, en esas dos frases hay mayor veracidad que en el resto del film; hay un cambio en la historia, no solo en el nombre de las calles. Pero, sobre todo, hay una realidad humana, a Germán le cuesta adaptarse. Él, como tantos atrapados en las sombras, sobrevive dejándose arrastrar por la inercia hasta que otra fuerza de mayor intensidad la contrarreste. No le cuesta por ideología, sino por costumbre.


Imagen de cabecera: Fotograma de El crack (José Luis Garci, 1981) protagonizada por Alfredo Landa. Uso con fines puramente ilustrativos y de crítica cinematográfica.

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