Ir al contenido principal

El crack (1981)



Un bigote duro y melancólico por las sombras de Madrid


Por Antonio Pardines



Mitómano, cinéfilo, nostálgico, José Luis Garci dedica su película a Dashiell Hammett, o quizás sería mejor decir que se la dedica a su gusto por la obra del autor de El hombre delgado. Tras su dedicatoria —y declaración de simpatías—, Garci presenta a su personaje principal como un tío duro y solitario. Para ello, muestra a Germán Areta (Alfredo Landa) cenando solo, sin ponerse nervioso ni perder el apetito ante el atraco de dos asaltantes que ignoran que una de sus cuatro víctimas es un detective de la vieja escuela, la de los Dashiell Hammett y Raymond Chandler, la que representarían en la pantalla tipos bajitos como Humphrey Bogart y Alan Ladd o ya altos como Robert Mitchum. Areta continúa a lo suyo, aunque no deja de observar los movimientos de los delincuentes. Lo tiene todo controlado y su público, nosotros, lo sabemos desde que la pareja irrumpe en el local. Tiene un revólver y la experiencia de quien ha pateado las calles y bastantes traseros. Resuelta la prueba de su habilidad laboral, Garci quiere presentar el lado íntimo del protagonista. Así muestra su soledad en una habitación donde la cámara se detiene en un primer plano de una fotografía en la que el investigador no está solo: el instante lo atrapa cariñoso junto a Carmen (María Casanova) y a su hija Maite (Mónica Emilió).


Su anhelo de familia queda representado en esa instantánea, pero su oficio es lo que acaba siendo familiar. Allí, en su cotidianidad laboral, mantiene su confianza no declarada y traicionada con Cárdenas (Miguel Rellán), su ayudante, su complicidad con Rocky (Manuel Lorenzo), el barbero que le detalla combates de boxeo a los que probablemente no asistió, y con don Ricardo (José Bódalo), el policía con quien guarda distancias y también una relación que viene del pasado —del periodo franquista que empieza a desaparecer de la cotidianidad, aunque la amenaza de su fantasma se alzase el 23 F—. Areta trae consigo a un Alfredo Landa más contenido de lo que era habitual. El actor venía de demostrar en El puente (Juan Antonio Bardem, 1976) que lo suyo con el Landismo ya era historia del cine español. Casi podría decirse que su personaje es lacónico, aunque a veces sus frases lapidarias impiden que sea un hombre silencioso que viva para dentro, imposibilitado por el entorno que transita y donde no encaja, desubicación común entre los detectives y otros personajes del género negro.


El crack (1981) no es ni la primera ni la última pieza del cine negro español, que ya en los años 50 y 60 tuvo un momento de esplendor con algunos títulos que, como Apartado de correos 1001 (Julio Salvador, 1950), Los peces rojos (José Antonio Nieves Conde, 1955) o El ojo de cristal (Antonio Santillán, 1955), considero por encima de este de Garci, pues aquellos dejaban entrever el entorno de una época hermética, mientras que este abusa de los tópicos del género, del homenaje y de la partitura melancólica, insistencia musical que no resulta ajena al cineasta; más bien le es propia. Sin ir más lejos, al año siguiente, en Volver a empezar (1982), la repetición de la composición principal se convertiría en la protagonista absoluta de la sensiblería expuesta en pantalla. Por fortuna, esto no llega a suceder en El crack, que se centra en la cotidianidad de Areta, ejemplo de detective privado que no trae novedad al modelo detectivesco. Y no la trae porque Garci no es original ni aspira a serlo; quiere ser clásico y expresar su admiración y su cinefilia, su gusto por el cine de Hollywood de Jacques Tourneur, Howard Hawks, John Ford, Alfred Hitchcock, Billy Wilder… la música, el deporte —en este título, el boxeo—, la literatura y lugares comunes pero idealizados para ser suyos que, de algún modo, asoman personales en su obra. Y por supuesto en este film que, recordándome la investigación de El sueño eterno (The Big Sleep, Howard Hawks, 1946), la ausencia que pone en marcha la búsqueda de Hardcore (Paul Schrader, 1979) y la querencia del padre de Chinatown (Roman Polanski, 1974), tiene un momento que me quedó grabado:


Germán: […] Tienes que ir hasta Generalísimo.


Ayudante: Paseo de la Castellana.


Ahí, en esas dos frases hay mayor veracidad que en el resto del film; hay un cambio en la historia, no solo en el nombre de las calles. Pero, sobre todo, hay una realidad humana, a Germán le cuesta adaptarse. Él, como tantos atrapados en las sombras, sobrevive dejándose arrastrar por la inercia hasta que otra fuerza de mayor intensidad la contrarreste. No le cuesta por ideología, sino por costumbre.


Imagen de cabecera: Fotograma de El crack (José Luis Garci, 1981) protagonizada por Alfredo Landa. Uso con fines puramente ilustrativos y de crítica cinematográfica.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...